Trinoceronte

Porque 140 caracteres a veces no son suficientes

La Opinión de los Científicos

Hay un dicho popular que afirma que las opiniones son como las nalgas: todos tienen una.  Pues los científicos, como todos los demás, también tenemos “nalgas”

“Yo creo que la mejor definición de un buen seguidor mío [en twitter] es la de alguien que admite que los científicos también tenemos opinión” 
Septiembre 20 de 2013
http://bit.ly/trino-cientificos-opinion

Soy de esas personas que en twitter, a veces muy a menudo, “escribe antes de pensar”.  Este “defecto” me ha valido un par de vaciadas (algunas  veces, bien merecidas) especialmente cuando expreso fuertes opiniones sobre política, sociedad y religión.  Lo curioso es que de manera sistemática, quienes me han criticado fuertemente por mis opiniones (incluso por aquellas que no son necesariamente producto del calor del momento), comienzan siempre diciendo (palabras más, palabras menos) “yo que lo creía a usted un gran científico”.  Podría, incluso, apostar que una buena fracción de los que reprochan esas mismas opiniones, pero que no manifiestan explícitamente su sentir, piensan en lo mismo mientras presionan el botón de “unfollow”.

Mi respuesta para todos aquellos que ven con recelo que manifieste publicamente mis posiciones sobre la sociedad o la religión es siempre la misma: los científicos también tenemos una opinión y a veces es tan o mas fuerte que la que expresan profesionales de otras áreas.  El hecho de que los hombres de ciencia raramente expresemos en público nuestras opiniones sobre la vida cotidiana, la política o la religión (¡no todos ciertamente!) o que nos restrinjamos a veces solo a temas científicos, incluso dentro de nuestra especialidad particular, no significa que seamos, en temas de opinión, muy diferentes a médicos, periodistas, artistas o abogados para quienes pareciera existir una licencia implícita que les permite manifestar abiertamente sus inclinaciones y preferencias sin que su ocupación sea por ello un inconveniente.

Sorprenderse por el hecho de que un hombre de ciencia exponga una opinión sobre un tema ajeno a su especialidad, refleja, para mí, un prejuicio según el cuál los científicos deberíamos ser ciudadanos apolíticos, irreligiosos o asociales y que por tanto deberíamos mantener la boca cerrada frente a temas supuestamente no científicos.  Esta actitud puede ser también el resultado de la falsa expectativa de que las opiniones de una persona con un alto nivel educativo o una formación científica, deberían mantenerse lejos de terrenos fangosos para la ciencia.  Cualquiera sea la razón, demeritar o criticar la opinión de un científico, solo por su profesión o formación, es casi tan malo como impedir que ponga su conocimiento al servicio de otras áreas de la ciencia en las que su especialidad puede ser de utilidad.

Personalmente no conozco al primer colega Astrónomo o Físico (que son mis áreas de actuación) que no me haya expresado, en privado durante un “coffee break” en un congreso o en un rato de esparcimiento al final de un día agotador, fuertes convicciones de todo tipo; opiniones diversas sobre lo que pasa en el mundo a su alrededor y a veces, incluso, soluciones ingeniosas a problemas de los que otros discuten públicamente.  Todo, otra vez, en privado.

En lugar de reprochar a los pocos científicos que opinamos, nuestras sociedades deberían reclamar que muchos otros lo hagan.  Que opinen sobre casi todo, desde las decisiones gubernamentales hasta las políticas económicas o sociales.  Es más, en las pocas ocasiones en las que se han escuchado públicamente las opiniones de los científicos, la gente ha prestado atención, en especial aquellos que toman las decisiones.

En la otra cara de la moneda esta el hecho de que la figura del científico, aún si es uno joven, despierta en la mayoría una reverencia especial.  Incluso en sociedades en las que su rol es casi mitológico (Colombia es un caso prototípico) tener un doctorado o haber hecho uno o dos posdocs en cualquier disciplina de las ciencias, lo hace a uno una especie de gurú capaz de dar respuestas a preguntas insondables.  Esa extraña posibilidad de obtener la atención de la gente, es justamente la que debería animar a muchos más científicos a hablar de lo sagrado y lo terreno.  No muchos “opinadores” pueden darse el lujo de recibir tanta atención.

Es obvio, sin embargo, que ser científico tampoco hace de tus opiniones verdades absolutas.  Como todo buen hombre de ciencia sabe, para que una idea prospere y se convierta tal vez en parte de la solución a un problema, debe pasar un riguroso e implacable proceso de revisión y crítica por pares.  Las opiniones no son la excepción (aunque los mecanismos para que una opinión sea revisada antes de ver la luz son muy diferentes).  De otro lado es importante reconocer el hecho, también obvio, de que los científicos somos seres humanos sujetos a errores, prejuicios y vicios que pueden afectar la validez de nuestras posiciones.  Una cosa es la ciencia y otra el científico.  No hay que creer tampoco que por ser hombres de ciencia nos hace un dechado de virtudes morales.  Pero hay cosas interesantes que distinguen a científicos de otros profesionales, al menos en lo que respecta al uso de la razón e incluso de la intuición, y que hacen que sus opiniones tengan un valor diferente y muy significativo para la sociedad.

Parafraseando a Einstein (si es que él alguna vez pronuncio la mitad de los aforismos de los que lo acusan), estudiar ciencias no es llenarse la cabeza con conocimientos sino aprender a usar esa misma cabeza para pensar bien.  Son pocos los colegas que conozco que no sean capaces de razonar limpiamente frente a problemas de una complejidad increíble.  La mayoría de los científicos son analíticos, altamente escépticos (inclusos con sus propias ideas), respetuosos de la realidad y muy observadores.  ¿Por qué no usar como sociedad esas mismas habilidades, no para resolver los problemas de ciencia en los que ya están embarcados, sino también para buscar la solución a problemas sociales, educativos o económicos?

¿Qué tendrán los Físicos, por ejemplo, para opinar sobre la legalización de las drogas? ¿Qué dicen los astrónomos sobre el problema del desequilibrio ambiental producto de la industrialización progresiva de las sociedades humanas? Los biólogos ¿qué podrían decir sobre el proceso de paz en Colombia? ¿Podrán los químicos expresarnos sus opiniones sobre la guerra de poderes públicos en el país? o bien ¿tendrán los matemáticos algo para decir sobre la pobre infraestructura vial de Colombia?

Para opinar sobre cualquiera de los temas anteriores no se necesita un doctorado en ciencias naturales (y tampoco, creo yo, uno en sociología, medicina, economía o derecho)  Lo único que requiere el arte de opinar es estar debidamente informado (sí, los científicos también leemos la prensa, hablamos con otros profesionales y vemos los noticieros) y contar con una mente que funcione muy bien.  Respecto a este último punto no hay que olvidar que los científicos son probablemente los profesionales que han pasado más tiempo que nadie en “gimnasios cerebrales”.

De modo que yo recomendaría a los científicos que opinaran más y que lo hicieran abiertamente y sin esconder su condición de profesionales de las ciencias (y ojalá a la vista de los tomadores de decisiones).  A todos los demás ciudadanos, incluyendo los mismos científicos, les recomendaría que la próxima vez que escucharan a un científico opinar, prestaran mucha atención.  No tenemos que estar todos de acuerdo con lo que dicen.  Su opinión, como la de muchos otros profesionales, puede ser también producto de inclinaciones irracionales o prejuicios subjetivos.  Pero no deberíamos subestimar experiencias de una o dos décadas resolviendo problemas y defendiendo sus ideas ante otros pares.

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