Trinoceronte

Porque 140 caracteres a veces no son suficientes

Un lugar para la intuición

¿Habrá alguna fuerza intelectual más poderosa que la intuición? Posiblemente no.  Aún así nos esforzamos por mantenerla lo más lejos que podemos de las aulas de clase o de cualquier otra actividad académica o de entrenamiento intelectual.  Si diéramos a la intuición el lugar que se merece en la academia, de la misma que lo hacen otras actividades que requieren entrenamiento como las artes o el deporte, estoy seguro que tendríamos niños, jóvenes y adultos produciendo buenas ideas desde lo alto de una gran autoestima.  Pero, ¿cómo lograrlo? ¿cómo “entrenar” o al menos abrir un campito a la intuición en las aulas de clase y otras actividades académicas?

“Un genio es una persona que cuando adivina acierta casi todo el tiempo. Si no dejamos a los niños adivinar ¿cuándo descibriran que son genios?
Marzo 9 de 2014
http://bit.ly/trino-genios-adivinando

Es claro que ser racional o razonable es la característica más importante de un buen académico.  Es también un rasgo que cultivamos en estudiantes y aprendices en todo tipo de actividades intelectuales de alto nivel tales como la ciencia o la técnica.  Sin embargo, a veces muy a menudo, se nos pasa por alto que en realidad los momentos más importantes en el desarrollo de buenas ideas o de su transformación en cosas que funcionan, son aquellos en los que no razonamos.  Momentos de lucidez gratuita en las que las ideas más increíbles (y a veces también las más alocadas) se nos vienen a la cabeza sin estar precedidas por un razonamiento: suposición, hipótesis, tesis, demostración, …  ¿Quién habla en nombre de nosotros (y lo hace a veces de forma tan brillante) en esos momentos? Pues no es otra que nuestra maravillosa intuición.

Yo la llamo el “pensamiento de los intestinos”.  Pensar con el estomago, le dirán otros (aunque este es más bien el caso de lo que uno hace cuando va al mercado con hambre).  Creatividad, la llaman otros, aunque aquí la comparación es injusta (la creatividad es algo mucho más complejo).  En otras palabras, la intuición es lo que hace el cerebro cuando no lo están acosando.

Creo que para nadie es ya un secreto que el cerebro hace cosas que no siempre pasan por el control de nuestra mente consciente y mucho menos de nuestra mente “lingüistica”.  Esa que le pone palabras, sintaxis y gramática a algunos de los pensamientos más complejos y que no puede con otros aún más interesantes cuando están en gestación.  No hay duda de que el cerebro hace mucho más que controlar nuestros movimientos, mantener funcionando nuestros sistemas orgánicos, almacenar lo que percibimos o pensamos e incluso razonar.  A veces el cerebro hace cosas que sencillamente no podríamos encajar en ninguna de las categorías anteriores por mucho que intentáramos buscar un modelo para que lo hicieran.  Pero la intuición no es tampoco aquellas cosas que hacemos por reflejo o por el entrenamiento sofisticado de nuestro sistema motor capaz de completar complejos cálculos físicos por ejemplo para golpear una bola de billar en el lugar exacto de modo que realicé piruetas impensables.

Entre esa “materia oscura” de la actividad cerebral esta la intuición.  La misma que le permitió a Einstein imaginarse que la gravedad era un fenómeno geométrico aunque ninguna ecuación matemática en su época se lo dijera; o la que hizo que Alan Guth y otros cosmólogos de su época imaginaran la teoría inflacionaria en un tiempo en el que no había ninguna evidencia que la antecediera.  La intuición es la que produce aquel apunte certero justo en medio de una pregunta que hacemos en una conferencia.  La que hace a un buen conferencista (uno con una intuición poderosa) ser un gran conferencista.  La que te hace contradecir a un grupo de “genios” dotados de una tonelada de evidencia “racional” en favor de algo, de que lo que quieren hacer no va a funcionar.

Pues bien: aún con todas esas propiedades asombrosas de la intuición y su rol fundamental en la creación de nuevas ideas, hay un único lugar donde la intuición es sistemáticamente excluida: en un aula de clase.

La intuición esta intimamente relacionada con dos primas cercanas: la adivinanza y el error.  Nadie quiere enseñar a un niño o a un joven a adivinar la respuesta a una pregunta o un problema.  El error es duramente sancionado, incluso en contextos donde debería ser sistemáticamente promovido.  Estas dos fuerzas han mantenido a la intuición lejos de los estudiantes y del proceso de enseñanza aprendizaje por mucho tiempo.  Aún así hay un “lugar” en la academia en el que la intuición sigue teniendo un (secreto) papel: las evaluaciones.  Allí, en la intimidad del cerebro del aprendiz, la intuición a veces es la única herramienta disponible para la solución de un problema.  El que no es tímido la usa sistemáticamente pero nunca sin un cierto sentimiento de culpa.  Adivinar parece impúdico en un examen.  Equivocarse es sencillamente fatal.  Las dos cosas son terribles para el aprendizaje.

Si a este punto puede reconocer la verdad siquiera de una parte de lo que digo, posiblemente se esté formulando también la pregunta ¿cómo hacer para darle un lugar explícito a la intuición y el error en la educación?

Mi experiencia docente en los últimos años me ha enseñado que si dejas que los estudiantes adivinan es mucho mejor que si los obligas a “razonar” o a “recordar” (que es casi lo mismo) todas las respuestas.  Mi lema en clase es que “si después de 5 segundos de pensar no tienes la respuesta, pues adivínala”.  Si bien no he hecho medidas rigurosas del resultado de esta bienvenida explícita a la intuición, he visto la cara de satisfacción de muchos cuando descubren que “adivinaron” correctamente ante una pregunta difícil.  Más positiva es la experiencia cuando les explico que es difícil que el cerebro realmente “adivine” cualquier cosa.  La mayoría de las acciones o pensamientos que producimos en un contexto dado tienen un origen concreto en nuestra compleja red de recuerdos y pensamientos no estructurados, que forman el fondo de nuestra consciencia.  No existe en realidad casi nada de aleatorio en “adivinar”.  Cuando lo hacemos lo que realmente estamos es dándole un espacio a la intuición.

¿Y si se equivocan adivinando? Siempre hay una manera de profundizar para entender porque la “intuición” o la “voz de los intestinos” de un estudiante, no fue capaz de acertar ante una pregunta.  En este sentido podría ser aún mas educativo no acertar en una adivinanza que hacerlo.  Al final solo hay una gran ganadora: la autoestima.  Como reza el trino que abre esta entrada, ¿qué es ser un genio sino adivinar sistemáticamente y acertar casi todo el tiempo? ¿cómo esperamos que nuestros estudiantes descubran que son verdaderos genios o simplemente muy buenos en algo si no los dejamos adivinar? 

Es obvio que no en todo se puede adivinar.  Solo en lo importante.

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