Trinoceronte

Porque 140 caracteres a veces no son suficientes

Un nuevo optimismo

En una era de calentamiento global, falta de privacidad en Internet, polución evidente de los oceanos, sobre población, entre muchos otros “males” de la modernidad, tener una visión optimista sobre el futuro parece un completo sin sentido.  Aún así, la historia reciente de nuestra especie nos ha enseñado que aún ante los panoramas más desoladores emergen cosas inesperadas, ocurren cambios globales en el comportamiento y en las reglas de nuestra sociedades que son capaces de enderezar el curso de un progreso en el que es cada vez más difícil creer.  Personalmente soy optimista.  No todo será perfecto en el futuro pero lo mejor esta todavía por pasar.

“Hay solo dos cosas seguras sobre el futuro de nuestra especie: que es completamente incierto y que será mejor
Mayo 18 de 2014
http://bit.ly/trino-optimismo

Todas nuestras visiones apocalípticas del futuro comienzan en el mismo punto: el planeta se esta calentando paulatinamente y si se proyecta en el futuro las tendencias observadas y nada nuevo (natural o cultural) ocurre, la Tierra no será en unas décadas un lugar comodo para que vivan más de 8,000 millones de humanos.  O bien nos tenemos que morir la mitad o bien nos tendremos que adaptar a un planeta dominado por el hambre, la escasez y las guerras por recursos naturales otrora abundantes (agua y aire limpio).

Lo que desconocen esta y otras visiones “apocalípticas” sobre el futuro de nuestro planeta, es que el mundo en el que vivimos es mucho más complejo de lo que siquiera alcanzamos a imaginar.  Y cuando me refiero a complejo aquí, no hago referencia al hecho de que es cada vez más difícil de entender y abarcar en modelos simplificados (de la sociedad o la atmósfera).  La complejidad de la que hablo se refiere a que el planeta, la vida en general y en particular nuestra especie con sus múltiples formas de interacción, tiene un potencial increíble para que de ella emerjan propiedades inesperadas, impredecibles y en la mayoría de los casos benéficas.

Permítanme darles unos ejemplos no muy preparados para ilustrar este punto.  Hace poco se descubrió que los oceanos estaban empezando a exhibir una capacidad inesperada para “deshacerse” de parte del exceso de calor que están recibiendo de una atmósfera cada vez más caliente.  Las erupciones volcánicas de los últimos años han mostrado un interesante potencial para hacer más reflectiva la atmósfera y contribuir a reducir sutilmente las temperaturas en aumento.  En el terreno social un par de fenómenos culturales impensables en países reprimidos por décadas, han logrado derrocar regímenes criminales.  Twitter, cuya existencia nadie hubiera predicho en los 90, es hoy una herramienta social y política casi tan poderosa como otros mecanismos tradicionales y de menos acceso para los individuos de a pie.

Algunas de las cosas mencionadas arriba surgieron como fenómenos inesperados.  Propiedades emergentes de un sistema increíblemente complejo pero en el fondo regido por reglas muy simples (“si algo te molesta, trina”, “si la temperatura aumenta, las reacciones químicas en los oceanos y en la atmósfera se modifican”, etc.)

Si bien hasta ahora solo he mencionado cosas que eran completamente inesperadas, también existen aquellas propiedades que surgen de forma planeada y consensuada o que son precisamente respuesta a las crisis existentes.  Basta pensar en la historia de la casi inminente destrucción de la capa de Ozono, para darnos cuenta de que aunque es posible que gobiernos individuales, personas o facciones de la sociedad se comporten de forma imbécil ante riesgos graves, a la larga la sociedad humana y su complejidad inherente, termina encontrando la salida aún a los retos más difíciles y como resultado crea un mundo aún mejor para sus individuos.

Y es que el progreso no solo es una utopía intelectual.  Es una condición de permanencia o supervivencia.  El complejo sistema de nuestras sociedades toma a la larga las medidas necesarias para garantizar su permanencia y al hacerlo garantiza el progreso.  Si no fuera así no podríamos contar esta historia.

Se me vienen a la cabeza otros ejemplos.  Piensen en los casos de ciudades como Londrés y París.  ¿Acaso no eran ellas en los 1700 y 1800 cloacas contaminadas, poco habitables, llenas de crímenes, desigualdad social y enfermedad? ¿Qué son ahora?  Dos fantásticas ciudades, limpias hasta los tuétanos, socialmente avanzadas, el sueño de inmigrantes de todas las latitudes.  Ciudades con parques, excelsos sistemas de transporte y dónde casi todo el mundo vive bien.   Es cierto que esta descripción parece exagerada y desconocedora de las realidades más crudas que viven esas metrópolis, pero no creo que alguien ponga en duda que la Londrés y el Paris del 2014 son infinitamente superiores a sus respectivas versiones de 1800.  Piensen en lo que un parisino o un londinense pensaban del futuro de sus ciudades en ese entonces.  Así o peor pensamos sobre el futuro de nuestro planeta en pleno siglo XXI.

Ahora bien.  Soy consciente de que el pesimismo es un mecanismo evolutivo supremamente poderoso.  Es solo a través de reportes a veces exagerados sobre el futuro (o también realistas, aunque inconscientes de la naturaleza contingente y variable de los sistemas complejos) que logramos que esas propiedades emergentes aparezcan y modifiquen el curso de la historia.  Si no fuera por los movimientos ambientalistas de los 80 y 90 muchas especies se hubieran extinguido.  Hoy, aunque una inmensa cantidad de ellas desaparecieron, otras se salvaron de la extinción y conviven más o menos en equilibrio con una humanidad cada vez más grande.   Si no fuera por las historias apocalípticas sobre un planeta sin capa de ozono, tal vez no habríamos detenido el retroceso gradual de su extensión.  Es cierto que se produjo un daño permanente y posiblemente irreparable, pero el planeta sigue siendo habitable.

Pero hay pesimismos de pesimismos.  Hay un pesimismo a ultranza que lo único que busca es vender libros, ganar adeptos a causas supersticiosas o simplemente demostrar lo malos que somos los seres humanos para justificar tal vez nuestra autodestrucción.  Así o peor.

Yo soy optimista.  La Selva del Amazonas no va a desaparecer.  Algo detendrá la continua deforestación observada o la cambiará por métodos más amigables (por qué todo hay que decirlo, buena madera seguiremos necesitando siempre).  Las costas no se van a inundar.  Llevan diciendo eso de Venecia, Londrés y Amsterdan en el último siglo y ahí siguen.  Obras civiles monumentales podrían reemplazar las barreras naturales que ofrece la geografía.  El avance tecnológico en materiales y técnicas de construcción dice cada vez más sobre nuestra capacidad de construir cosas que compiten con fuerzas geológicas y geofísicas.  La temperatura de la Tierra no volverá a ser la misma del triásico.  Es más, no creo que la Tierra vuelva a vivir siquiera una glaciación jamás a pesar de los poderosos ciclos astronómicos que las hacen casi obligatorias.  El agua dulce potable no se va a acabar sencillamente porque la “potabilidad” es una propiedad que podemos modificar a nuestro antojo con tecnologías cada vez más accesibles.  Mientras haya agua en la Tierra nuestros cuerpos podrán nutrirse de ella.  El océano no se volverá una cloaca llena de islas de basura así como Londrés, ni París se convirtieron en Chernobyl por culpa de los excrementos humanos y las ratas.  El futuro verá a los oceanos convertidos o bien en “reservas naturales” intocables, tan limpias como lo eran hace miles de años o en sitios adecuados para vivir y a la gente no nos gusta vivir entre basura.  Todas las bacterias serán resistentes a los antibióticos.  Pero los antibióticos serán cosa del pasado.  Puede sonar a ciencia ficción pero creo que falta mucho por ver en cuanto a lo que la ciencia hará para ayudar a nuestros primitivos sistemas inmunes.  Infartos, Cáncer, HIV serán cosas del pasado.  Otras enfermedades emergerán y matarán al principio a millones o miles de millones solo para ser vencidas después.

Me siento feliz por estar vivo justo en este momento de la historia.  Viendo desde la tribuna (y espero también, desde el campo de juego) los fantásticos progresos que se están produciendo para hacer de la Tierra un mejor vividero.  Creo en un futuro de progreso ininterrumpido.  Con dificultades, conflictos y retos por resolver, obviamente, pero a la larga, un futuro siempre mejor.

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Un pensamiento en “Un nuevo optimismo

  1. nnn en dijo:

    Saludos.
    Se me vienen a la mente la idea del “mejor de los mundos posibles” de Leibniz y el “Cándido, o el optimismo” de Voltaire, 1714 y 1759 respectivamente.

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