Trinoceronte

Porque 140 caracteres a veces no son suficientes

Los límites imaginarios de la vida

Si la física y la astronomía me dejarán algún tiempo no podría trabajar en otra cosa distinta que en biología.  Y es que no hemos conocido hasta ahora en el Universo un fenómeno físico más fantástico, rico y complejo que la vida.  Bueno, hasta ahora.  Entre más avanza nuestra comprensión del Universo, mayor dominio tenemos de sus leyes y mejor nos va manipulándolas de formas creativas, mas nos inclinamos también a pensar que entre la vida que conocemos en nuestro planeta y el orden, por ejemplo, de los átomos en un metal,  podría existir un continuo de complejidad, una infinidad de fenómenos sorprendentes que merecerían ser también celebrados.   De ser así, intentar encasillar a la vida en una categoría separada podría ser un despropósito que nos impediría gozar de ese vasto cosmos de complejidad desconocido.  He aquí un llamado para que dejemos de intentar definir lo indefinible y nos ocupemos, en su lugar, de celebrar la riqueza que esconde un Universo tan vasto en extensión como en posibilidades.

“Definir la vida es como definir la diversión: donde quiera que pongas un límite le estas arruinando la fiesta a alguien
Junio 4 de 2014
http://bit.ly/trino-vida

Captura de pantalla 2014-06-08 a la(s) 17.32.11¿Qué es la vida?  Cuántos sabios, académicos y aprendices se han perdido en esa pregunta.  Cuántas páginas se han escrito tratando de esclarecer las fronteras borrosas entre lo vivo y lo no vivo.  Cuántos libros, cuántos artículos especializados, cuántos seminarios, cursos…

Intentar definir la vida es como tratar de definir que es la diversión o la felicidad.  Las definiciones imponen límites, definen compartimentos (la mayoría de las veces ficticios).   Pero la vida, como la diversión o la felicidad, se resisten a ser encasilladas.  O por lo menos hacerlo es arruinar las posibilidades fantásticas que hay fuera de las fronteras ficticias de los idiomas o la ciencia.

En 2011 ofrecí la que ha sido posiblemente la más corta conferencia de divulgación que me han obligado a dictar.  Se trató de una conferencia en el marco del TEDxMedellín (abajo incluyo el video de la charla).  Cuando empece a pensar en qué podría contarse en esos miserables 12 minutos que la organización del evento me daría, la respuesta no demoró en llegar: tenía que hablar de la vida pero siendo un astrónomo debía hacerlo en un contexto universal.  Debía ser algo “sencillo”, un mensaje directo, fácil de entender.  Nada de explicaciones técnicas, ni de diagramas explicativos, ni historias o personajes.  Algo con el que otras mentes pudieran estar de acuerdo inmediatamente u oponerse vehementemente.

La tesis que presente como mejor pude en esa charla, se venía gestando desde hacía algunos meses en el seno de un grupo fantástico que comparto con unos amigos en Medellín (un grupo de “marihuaneros” como los llame cariñosamente en el video).  Estoy hablando de AMEBA (Asociación de Estudios en Biología y Astrobiología), un club de revistas que fundamos en Medellín en 2009 después de la Segunda Escuela de Posgrado de Astrobiología que tuvo lugar en Montevideo, Uruguay ese mismo año.

Después de leer muchos papers con mis amigos de AMEBA, de escuchar a biólogos y astrobiólogos discutir las ideas más extrañas de sus respectivas disciplinas, la conclusión a la que llegamos no podría ser otra: la vida no tiene fronteras.  En su lugar podría existir más bien un continuo de complejidad en el largo camino que separa a un átomo de la asamblea de las naciones unidas.  A ese paisaje fantástico de la complejidad en el Universo, que en algún rincón incluye a la vida en la Tierra, deberíamos llamarlo la “Complexife”.

A medida que pasan los años y conocemos mejor la vida en la Tierra, pero también a medida descubrimos otros fenómenos fantásticos o inventamos los nuestros propios, la tesis de AMEBA se reafirma en mi cabeza.  Todas las definiciones de vida que he leído son increíblemente razonables y aún así no parecen ser suficientes para dar cabida a la fascinante complejidad que observamos en la naturaleza.

¿Están los virus vivos? ¿llegaremos alguna vez a catalogar a un programa avanzado de computador, como un organismo vivo o inteligente? ¿es el planeta como un todo un organismo vivo? Todas estas preguntas que flotan por ahí cuando hablamos de poner límites a la vida son la mejor demostración que poner fronteras en este caso, contrario a ayudarnos evita que celebremos por anticipado lo que también es fantástico.

Ante este panorama se me ocurre proponer una definición operativa que podría acomodarse mejor al concepto más amplio de la “complexife” que conjeturamos aquí.  Imaginemos que alguien tiene en una caja algo que asegura esta “vivo” o por lo menos que cree no debería considerarse simplemente “muerto”.  Los biologos, sin embargo le han demostrado una y otra vez que lo que hay ahí no cumple ninguna de las definiciones existentes sobre aquello que mejor conocen.  Escéptico, nuestro personaje reúne en una sala a expertos de distintas disciplinas científicas y técnicas, físicos, químicos, matemáticos e ingenieros. La caja finalmente es “abierta” y ante ellos se presenta un fenómeno extraño, nunca antes visto por ninguno de ellos, ni descrito en sus disciplinas.  Estudian el fenómeno por horas, días, años.  Lo analizan desde sus áreas y no logran explicar o “reducir” las propiedades que observan a las propiedades fundamentales de la materia de la que esta hecho.  Todos están extasiados y los que no lo están son simplemente escépticos.  Pero ¿hay reproducción, evolución u homeostasis en la caja?  No necesariamente.  ¿Proteínas, RNA u otras formas complejas de química o materia? tal vez.  Lo que tienen ante sus ojos es un fenómeno complejo completamente nuevo e irreducible a las leyes simples de su disciplina.  No hay duda que lo que tienen delante suyo es una forma de “complexife”, o simplemente de “vida” si se quiere, en esta visión ampliada del concepto.

La Vida o la Complexife sería entonces, según esta definición operativa, cualquier fenómeno que al ser investigado por un grupo diverso de especialistas genera en ellos un sentimiento unánime de asombro.

¿Pero no es esto equivalente admitir que casi todo podría estar vivo o equivalentemente ser una forma de complexife?  Sí y no.  No, en el sentido que no todos lo que vemos en el Universo exhibe propiedades inesperadas o emergentes, propiedades capaces de sorprender a una comunidad suficientemente amplia de expertos.  Las estrellas, por ejemplo, eran un misterio hace 100 años, pero hoy sabemos que todas sus propiedades pueden ser predichas con física relativamente básica.  Ningún físico encontraría a las estrellas extrañas o impredecibles si las investiga lo suficiente.  Las estrellas no están vivas ni son una forma de complexife.  Por otro lado, los virus siguen siendo misteriosamente sorprendentes, aún para los mejores químicos.  Hoy nadie los considera rigurosamente, vivos.

Por otro lado, reconocer los límites borrosos de la vida nos permitiría disfrutar o celebrar fenómenos que de otra manera serían hallazgos simplemente “interesantes”, escalones adicionales en nuestra búsqueda del verdadero santo grial: la vida afuera de nuestro planeta.  Piensen por ejemplo lo que pasaría si penetráramos el oscuro interior de Europa y en lugar de descubrir ballenas jovianas o micro algas extraterrestres, encontráramos un oceano de una complejidad química jamás vista.  Ni una sola célula y en cambio complejos remolinos producidos por el flujo y reflujo del agua salada propulsada por las mareas y la actividad geológica del corazón de la luna.  Unos cuantos expertos lo disfrutarían, se escribirían una miríada de artículos de ciencia, pero las botellas de Champagne se quedarían en el refrigerador y las ganas de descubrir que no “estamos solos” deberían archivarse nuevamente.  ¡Una verdadera lástima!

Como dicen en mi tierra ¡dejémonos de pendejadas! Disfrutemos las sorpresas que el Universo nos da a todas las escalas.  No busquemos más lo que parece pertenecer a una categoría imaginaria cuyas fronteras son cada vez más borrosas.  Gocemos con la creación de máquinas capaces de sostener una conversación.  No temamos llamarlos “organismos vivos”.  Demos a los virus su merecido lugar en el continuo fantástico de la complexife.  No nos neguemos a la posibilidad incluso de descubrir emergencias “biológicas” incluso en escalas inesperadas, una nube de gas interestelar, un cúmulo de galaxias o el Universo en su totalidad.  Todas estas cosas son divertidas y nadie se ha atrevido a definir la diversión.

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