Trinoceronte

Porque 140 caracteres a veces no son suficientes

Cuestión de Estrategia

Como dice la sabiduría (im)popular (y si no dice, debería) “A veces no hay mejor amigo que aquel que siempre te han dicho podría ser tu peor enemigo“.  Pues bien, yo creo que ese parece ser el caso de los Científicos y los Militares en Colombia, o al menos así debería ser en países como el nuestro, en los que la inversión real en ciencia de parte del estado, apenas si llega a ser un saludo a la bandera.  Y es que todo hay que decirlo (y así lo digo en los trinos abajo): en una sociedad como esta, llena de “humanistas” y políticos, parece ser que los únicos que saben que para ganar (o al menos para competir) hay que prepararse, son los militares.  La historia esta llena de casos que parecen demostrar esta afirmación.  En Colombia hemos empezado a notar (o tal vez no) como las fuerzas militares están dando muestras de saber, mejor que los supuestos organismos de promoción y financiación de la ciencia, “por dónde es que va el agua al molino” cuando de hacer apuestas atrevidas en desarrollo científico y tecnológico del país se trata.   Les presento aquí algunas reflexiones sobre este “estratégico” asunto.

“En cuestiones del desarrollo científico Colombiano siempre ha sido mejor hablar con Militares que con Políticos ¡ellos si saben de estrategia!
Febrero 20 de 2015
http://bit.ly/trino-militares1

“Un militar es alguien que sabe que para ganar hay que estar preparado. Un político es alguien que tiene que ganar para prepararse”
Febrero 20 de 2015
http://bit.ly/trino-militares2

Fotografía de la exitosa primera misión a la Antartida realizada por la Armada Colombiana en los últimos meses (2014-2015)

Fotografía de la exitosa primera misión a la Antartida realizada por la Armada Colombiana en los últimos meses (2014-2015)

¿Se acuerdan ustedes de ese tétrico personaje que hacía de supuesto villano en la película “Mi Pobre Angelito”? ¿un señor entrado en años, con cara de pocos amigos, que andaba siempre con las botas de nieve desamarradas y con una pala en la mano?

Si no lo recuerda o tiene el buen gusto (e intolerancia al mal cine) para no haberla visto, les cuento que el supuesto villano resulto ser, al final, quien salvo la vida del muchachito y además se convirtió en su mejor amigo.

Yo sé que una referencia al que tal vez parece un mensaje muy trillado, en una película tal vez muy popular, puede no ser la mejor manera de hablar de un tema tan serio; pero es que no se me ocurre una manera más “didáctica” para ilustrar mi punto central aquí.

¿A quién se le puede siquiera ocurrir en estos tiempos proponer una relación explícita entre la ciencia y los militares?” “¡desalmado!”, resuenan en mi oído los reproches de mis amigos humanistas imaginarios (y otros no tan humanistas, pero igual de sensibles).

Para nadie es un secreto la estrecha relación que el desarrollo científico y tecnológico han tenido a lo largo de toda la historia con la institución castrense (o la “guerra” como preferirían llamarla la mayoría).

Sería una miopía no reconocer por ejemplo que la Astronomía o la Física no habrían alcanzado a ser lo que son hoy sin las decididas (y multibillonarias) inversiones militares realizadas entre los años 40s y 90s.  Inversiones que nos permitieron desde entender como funciona el interior de las estrellas, construir telescopios espaciales de rayos X, ir a la Luna y traer 400 kilogramos de rocas de otro mundo, hasta entender mejor el funcionamiento de las fuerzas y las partículas elementales o saber que le pasa al cuerpo en microgravedad.

Esta bien que tampoco se puede estar uno sintiendo orgulloso por el número de bajas humanas que algunos de los proyectos militares que derivaron en los anteriores logros científicos, tienen en su haber.   Eso lo admite cualquiera.  Pero de ahí a “satanizar” el valor que la mentalidad e intuición militar podrían tener en la ciencia, especialmente en momentos en que los que deberían financiarla y ayudar a impulsarla están ocupados en otras cosas “más pertinentes”, hay mucho trecho.

Acaba de concluir la primera misión realizada por un equipo científico colombiano a la Antartida.  Después de más de 50 años de presencia de más de 40 países en el continente blanco, Colombia visita oficialmente por vez primera este importante puesto de avanzada para la ciencia mundial.  Los artífices de este importante logro no podrían ser otros en Colombia que los militares: la Armada Nacional.  Si bien a la mayoría nos parece un logro maravilloso (aunque no entendamos cabalmente sus implicaciones), no ha faltado el “periodista humanista” que salto a preguntar en un popular medio radial colombiano hace un par de días “¿y eso para qué?”; una pregunta que seguramente se hicieron los muchos otros “humanistas” en el Congreso de la República o peor aquellos que están haciendo fila para gobernar.

No digo que los civiles no hubiéramos podido conseguir esto sin la ayuda de barcos o personal militar.  Pero les aseguro que si un equipo de científicos colombianos, suficientemente numeroso, todos miembros de distinguido Grupos A1, como le gusta llamarlos a Colciencias, le hubieran pedido a esta última institución dinero para construir, comprar o alquilar, da igual, un buen barco de investigación para llevar a cabo este logro, la respuesta habría sido un rotundo… … “Su proyecto esta ahora en la lista de elegibles.  Espero otro año para que le demos el no definitivo”.

Mi relación con los militares es escasa.   Debo confesar que tuve la suerte de no prestar el servicio militar por la (menos afortunada) condición de salir del bachillerato en un tiempo y una zona del país en el que los militares no veían con buenos ojos ayudar a entrenar al creciente ejercito de Pablo Escobar (!).  No tengo familiares en el ejercito, la armada o la fuerza aérea.  Ni contratos o proyectos en curso (lamentablemente) con ninguna de sus fuerzas.

Sin embargo, he tenido la fortuna de toparme con un par de ejemplos similares al que nos demuestra claramente ahora el caso de la misión a la Antartida.  En medio de mis andanzas promoviendo el desarrollo de la Astronomía o participando de los foros sobre el desarrollo espacial colombiano, he conocido a un par de oficiales de alto rango, en los que siempre he encontrado lo que para mí como científico, es una extraña actitud positiva hacia las que normalmente son consideradas ideas locas e impertinentes en este país lleno de necesidades. Tal vez sea un efecto de selección.  No todos los militares son como los que yo he conocido.  Tal vez.

Esta experiencia es abiertamente contraria a lo que he tenido (casi siempre) cuando tengo la mala suerte de hablar con políticos; siempre se presentan esquivos, demagógicos e ignorantes de los temas científicos; eso sí con muy contadas excepciones (la verdad solo he conocido un político diferente a este respecto, después les cuento quién fue).  Los militares al contrario de los políticos, parecen exhibir una actitud distinta hacia la ciencia y sobre todo parecen saber al menos un poquito sobre el tema.  Esto último no es extraño en tanto, a diferencia de muchos oficiales que pueden ser ingenieros e incluso científicos, la mayoría de los políticos vienen de carreras de Ciencias Humanas, que en el país del sagrado corazón de Jesús no ven una sola cátedra de ciencias en toda su formación profesional.

De nuevo, es posible que este generalizando o viendo patrones donde no los hay (¿quién no lo hace? en especial cuando se trata de sus cosas más queridas), pero cuando lo examino con cuidado se me ocurre realmente muy natural.  ¿Quiénes mejores para entender que para ganar, por ejemplo los espacios que otros podrían ocupar o reducir las ventajas frente a los competidores, hay que prepararse adecuadamente, que los mismos militares?.

También sería miope no reconocer que es muy fácil pensar apoyar cualquier iniciativa por loca que parezca cuando tienes de tu lado el 4 o 15% del PIB (inversión militar) en lugar del 0.4% (inversión en ciencia y tecnología).  Pero esto, en lugar de desanimarme a profundizar en este argumento, al contrario se convierte en combustible para continuar por este camino.

Pocos proyectos en la Ciencia pueden realmente alcanzar algo relevante en menos de 20 o 30 años de esfuerzo continuo.  En Colombia el proyecto de investigación más largo dura 7 años.  Los Gobiernos duran a los sumo 8 (y eso que a regañadientes) y cuando cambian, frente a la ausencia de verdaderas políticas de estado en temas estratégicos, echan al traste cualquier iniciativa de largo aliento.

No pasa lo mismo en las fuerzas militares.  Es cierto que debe existir una relación estrecha entre los más altos mandos del ejercito con el (muy volátil) comandante de todos ellos: el Presidente de la República. Pero también hay que decir que si algo hay que le sobrevive a los vaivenes políticos de nuestro país y de otros como el nuestro, es la estructura y estrategia de las fuerzas militares.

En países como Alemania o Estados Unidos, donde en su momento la investigación militar fue posiblemente la única fuente posible de financiación de la ciencia mas seria, la relación entre desarrollo científico y militar se ha mantenido.  Sin embargo el reconocimiento de la ciencia como tema estratégico ha trascendido las esferas militares para convertirse en un tema civil de primera línea.  Allá pueden “regodearse” (falsamente) de que la ciencia se desarrolla al margen de la “guerra” o de quienes están listos para hacerla (dirían mis amigos humanistas).

No es el caso sin embargo de nuestro país.

Mi propuesta es entonces sencilla: “cerremos filas” contra la desfinanciación de la ciencia y empecemos a buscar a las instituciones que crean en nuestras locuras, sea que estas se reviertan o no en beneficios en 30 o 50 años.  Si Colombia comienza, tal vez con la ayuda decidida de las Fuerzas Militares, un plan serio de inversión en Ciencia y Tecnología que trascienda los gobiernos de turno, podremos soñar con ganar las “guerras” del futuro, pero no contra los vecinos belicosos o los rebeldes de izquierda y derecha que azotan los campos, sino contra el atraso y la dependencia científica y tecnológica que nos aqueja desde hace décadas.

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