Trinoceronte

Porque 140 caracteres a veces no son suficientes

Un falso dilema

¿Qué debería estudiar en la Universidad?.  Esta es la pregunta que se hacen miles de jóvenes y adultos cada 6 meses o un año, cuando las Universidades y otros institutos de educación superior abren inscripciones en sus programas.  La respuesta a esta pregunta es casi tan diversa como aspirantes tienen esas mismas instituciones. Aún así, existe una tendencia generalizada, que todos conocemos bastante bien y que consiste en responder de forma “simplona” a esta trascendental cuestión: estudie algo en lo se consiga trabajo.  Como fundador y promotor de uno de los programas universitarios más sui generis de Colombia (el programa de pregrado en Astronomía de la Universidad de Antioquia) les presentó aquí mis propias reflexiones sobre este espinoso asunto.

“No escoja una carrera. Deje que la carrera lo escoja a usted #ReglasDeLaVida
Abril 30 de 2017
http://bit.ly/trino-carrera

Hay dos preguntas que me repiten cada semestre padres de familia, aspirantes y estudiantes nuevos del programa de astronomía por igual: 1) cuando yo (mi hij@) sea astronom@ ¿en qué voy (va) a trabajar? y 2) ¿es verdad que si uno estudia astronomía se vuelve ateo?.

La respuesta a la segunda pregunta ameritaría por si misma una entrada completa de Trinoceronte; me bastará con decirles que mi respuesta corta para esos devotos jóvenes y padres de familia es: “si entiende, sí”.

La respuesta a la primera, sin embargo, no se puede resumir en una sola frase.  Y no es que sea, al menos para mí, igual de sencilla que la anterior.  El problema es que la pregunta en si misma envuelve confusiones aún más profundas.  Confusiones que están íntimamente relacionadas con la pregunta que abre esta entrada: ¿qué debería estudiar en la Universidad?.

Comencemos diciendo que una persona que todavía se hace esta pregunta cuando esta a punto de matricularse o iniciar un programa de educación superior, o como decimos en Colombia “de meterse en esa vaca loca”, tiene un serio problema: no se conoce a sí misma o tuvo una educación realmente deficiente.

No sé si estarán de acuerdo conmigo, pero uno de los objetivos de la educación básica (primaria y secundaria) debería ser que los niños y los jóvenes descubran para qué son realmente buenos.

Yo, personalmente, tuve una buena educación (incluso en un tiempo en el que los estudiantes de mi colegio en Medellín – Colombia éramos considerados sicarios en potencia).  En los últimos dos años del bachillerato me enseñaron más ciencias naturales y matemáticas que cualquier otra cosa (termine mi bachillerato en un sistema que desapareció y que se llamaba “educación diversificada”; yo, por ejemplo, me gradúe en la modalidad de ciencias naturales).

Al finalizar mi educación básica estaba convencido de que esa era mi vocación.  No lo era ni la literatura, ni el dibujo, ni la ingeniería (que siempre me atrajeron también). Estaba convencido de que no podía ser otra cosa sino un científico (en particular un astrónomo).

Muchos de mis compañeros de colegio en la misma modalidad de ciencias naturales, descubrieron al contrario que no querían ser científicos. Esa experiencia les mostró que lo que querían era ser músicos y abogados.  Si bien, para ellos, esos dos últimos años de colegio fueron difíciles porque tuvieron que asistir a 4 clases de física a la semana (en lugar de 1 sola como la mayoría), lo cierto es que esa situación les ayudo también a ser lo que son hoy.

Todo esto es para decir que uno solo debe estudiar lo que quiere estudiar.  No hay alternativa. Esto implica, sin embargo, que antes de elegir o comenzar una carrera, se debe saber que se quiere hacer en la vida (o por lo menos tener una idea básica).

Los padres pueden ayudar.  A veces, sin embargo, ayudan demasiado: ponen a sus hijos a asistir a cursos de música, inglés, patinaje, natación y si les queda tiempo los obligan a participar de olimpiadas de baile, química, matemáticas y ortografía (creando a veces el resultado contrario, una aversión por el conocimiento o el arte).  Aún así el resultado parece seguir siendo el mismo: jóvenes confundidos que no están seguros sobre cuál es la carrera que deben elegir.

El dilema entonces de “¿qué carrera estudiar?” es entonces, un falso dilema. Se debe estudiar lo que uno quiere o para lo que uno es realmente bueno.  O debería por lo menos serlo sino existiera un segundo (y muy extraño) factor: el deseo de tener éxito económico sin hacer casi nada.

Todo hay que decirlo.  La mayoría, aún sabiendo para que son buenos, eligen estudiar una carrera pensando en el éxito que personas que conocen (o creen conocer) de esa profesión han tenido en el pasado o están teniendo actualmente.  ¡Una extraña idea!.

Es como si quisieras ser músico y para elegir en qué genero musical hacer tus propias contribuciones creativas te sentarás a escuchar la radio en busca de lo que mas suena.  ¡Realmente ridículo! (los que son músicos de corazón entenderán cabalmente lo que digo).  Si así funcionará el arte, todos los músicos en Latinoamérica (y no solo los genios del mercadeo) estarían haciendo Reguetón y Vallenato.

Pero no me crean ingenuo.  Es obvio que existen profesiones que garantizan una vinculación laboral casi inmediata.  En Colombia ¿el derecho? ¿la administración? ¿la contaduría?.  Lo que no tienen en cuenta quiénes eligen esas profesiones con “salida asegurada” es que estas son disciplinas tan difíciles como la Astronomía, la Sociología o la Filosofía.  El hecho de que haya más trabajo para abogados no significa que el derecho sea una carrera menos difícil o al “gusto de cualquier comensal”.

Quién estudia derecho porque va a tener trabajo, sin saber si tiene aptitudes para la filosofía, el lenguaje y el pensamiento analítico, esta, como decimos en Colombia “miando fuera del tiesto”.  Peor aún, el padre de familia, adulto responsable, experimentado, amoroso, que le exige a un hijo suyo escoger su profesión por la salida laboral esta jugando un peligroso juego: la “ruleta rusa” de la frustración profesional.

Y es que no hay peor fracaso profesional que tener cartones de algo que no te gusta o en lo que no usas el máximo de tu potencial.

Véanlo así: es mejor sentir un poco de envidia por el que tiene aptitudes naturales por carreras con salida profesional asegurada, que intentar ser como ellos.

Si lo que quiere un joven en la vida es ser violonchelista, no hay nada que hacer.  El padre de familia podrá lamentar en la intimidad de su craneo que su hij@ no haya nacido con las aptitudes naturales para la cirugía plástica (que le aseguraría un salario de 7 cifras o más de por vida), pero no tiene porque restregárselo, especialmente cuando esta comenzando su carrera musical.

También es cierto que otros padres de familia nos lamentamos (en la intimidad de nuestro craneo) porque nuestros hijos no son más altos, más atléticos o más bonitos, pero para casi todos es obvio que ninguno saldría a hacerle una cirugía plástica a sus hijos para ajustar sus características biológicas a nuestras expectativas (¡aunque no falta la bestia!).

Antes estas ideas, que contradicen creo yo el saber popular, se podría esgrimir otro argumento (y así lo hacen muchos padres y jóvenes al elegir su carrera).  Una persona realmente inteligente (que es lo que creemos casi todos los padres de familia sobre nuestros hijos) puede adaptarse a cualquier profesión.  “Que empiece a estudiar medicina aunque no le guste mucho”, dirán algunos, “como es tan inteligente, con el tiempo le cogerá amor y finalmente se convertirá en el médico de la familia”.  ¡Craso error!

¿Para que tener un médico más en la familia si podrías tener un Premio Nobel de física?  Si un joven es realmente inteligente, estudiar lo que quiere es la mejor manera de asegurar que será el mejor en su disciplina y no otro profesional frustrado mas (eso sí, frustrado pero inteligente).

En este punto aparece otro asunto espinoso.  ¿Deben las universidades e instituciones de educación superior solo ofrecer programas académicos que tengan una salida laboral “asegurada”?.  Técnicamente si.

Parte de los requisitos para que un programa reciba el registro calificado (al menos en Colombia) es argumentar la función que esos profesionales tendrán en la sociedad (los trabajos en los que se desempeñaran).  No puedes proponer un programa nuevo diciendo “no me importa si hay trabajo para estos profesionales”.  Nadie lo aceptará.

En términos reales, sin embargo, las instituciones de educación superior (y en especial las universidades) no pueden, ni deben convertirse en agencias laborales.  Tampoco pueden basar sus currículos y tener un discurso, orientado al trabajo.  Nada que distraiga más de la función y objetivos de la educación universitaria, que estar pensando en cuál será el salario de un profesional.

Aquí lanzo una conjetura (tan atrevida quizás como muchas de las opiniones aquí expresadas): los profesionales más exitosos (si quieren, los que tienen los mejores trabajos) son los que menos pensaron en cuál sería su salario mientras estudiaban.  Los “empeliculados”, los que se gozaron su carrera, los que estudiaron por el placer de conocer y de aprender sobre lo que más le gustaba en la vida.

A la gente que genuinamente ama su carrera, se le nota.  Los empleadores saben (o sabemos) lo importante que es esa pasión genuina y prefieren (preferimos) emplear a gente así.

El que es realmente bueno, tendrá empleo, independientemente del cartón.  Punto.

Ahora bien.  Decir todas estas cosas es fácil cuando haces lo que te gusta, cuando tienes un trabajo estable ejerciendo la profesión que escogiste, cuando naciste en una época con menos competencia (un tonto argumento que se escucha por ahí).  Ese podría ser mi caso, por ejemplo.

Pero no se engañen.  Yo no obtuve por ejemplo mi trabajo actual (profesor asociado en una Universidad grande) por que abundará en Colombia trabajos para físicos o astrónomos.  Lo obtuve porque sabía de computación (le di un valor agregado a mi profesión).  No me fue fácil.  Pero tampoco perdí la esperanza, las ganas profundas de hacer lo que me gusta hacer.  Nunca renegué por no haber estudiado una carrera distinta aún sabiendo que mi primo médico ya era “rico” antes siquiera de que yo empezará a escribir mi tesis de maestría.

Una vez obtuve el trabajo que tengo, trabaje duro para modificarlo, para, por decirlo de alguna manera, “ascender” al punto de hacer lo que siempre quise hacer: investigar y enseñar astronomía. Recuerdo siempre que mi padre intento en su momento hacerme estudiar ingeniería y no lo logro.  ¡Que suerte tuve yo y que suerte tuvo él que hoy se enorgullece de mi trabajo!

A los padres de familia y aspirantes que quieren estudiar astronomía y que preguntan “¿qué hace un astrónomo al graduarse?” les respondo sin dudar: “si el astrónomo es realmente bueno, hará lo que le de la gana”.

(aplica para otras profesiones supuestamente “inútiles”)

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Un pensamiento en “Un falso dilema

  1. Alejandro Quiros en dijo:

    Excelente artículo!, recuerdo que cuando tuve que tomar esa desición me llamó la atención el pregrado que estudié, pero siempre me apasionó haber podido presentarme a un pregrado de astrofísica o astronomía (el cual ofertaron cuando ya tenía varios semestres avanzados en la nacho, una pena absoluta!). Un saludo

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