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Una Selección Inteligente

Después de ver lo que hemos hecho a gatos, perros y especies vegetales por igual con la denominada “selección artificial”, que escoge en ellos rasgos a veces bastante absurdos por las razones más diversas, me preguntó ¿por qué no hemos hecho lo mismo con un propósito aún más interesante? por ejemplo, comunicarnos con nuestros primos más cercanos en el árbol de la vida: Chimpancés, Gorilas y Orangutanes.

“Después de estar hoy en una exposición de gatos y de ver el Amanecer del Planeta de los Simios me preguntó: ¿por que no hemos usado selección artificial con monos de la misma manera que con gatos y perros?
Agosto 2 de 2014
http://bit.ly/trino-seleccion-artificial

 

Acabo de llegar de ver la última película del Planeta de los Simios.  Confieso que no me he perdido ninguna de las películas de la franquicia (ni siquiera la del 68 que la vi como “enlatado gringo de semana santa” en los años 80).  Me declaro un fan de la historia que desde el principio me atrajo, primero por el tema de los viajes espaciales con consecuencias temporales y después por la idea fascinante de que nuestros primos más cercanos en el árbol de la vida, los chimpancés, los gorilas y los orangutanes, pudieran heredar un Planeta que hemos sistemáticamente despreciado.

Aunque normalmente no escribo nada que no este directamente relacionado con mi profesión (física y astronomía) o con las vicisitudes de ser científico en una república bananera, me voy a atrever a presentarles aquí una idea que me ha venido rondando la cabeza desde hace algún tiempo y de la que mis colegas biólogos, primatólogos y hasta antropólogos con los que he conversado del asunto, no me han ofrecido una explicación realmente satisfactoria.  Al tratarse de un tema técnico de otra especialidad (biología) es posible que mi perorata este llena de imprecisiones científicas o técnicas.  Les pido perdón por adelantado a mis amigos biólogos.  Aún así creo que la cuestión merece una discusión y que mejor momento para hacerla que en estos días que se estrena la nueva película de esta fantástica franquicia.

Casualmente hoy también tuve la oportunidad de asistir a una exposición gatuna y de sorprenderme con lo que los seres humanos hemos hecho a esta pobre especie (y a otras más que como ellos llenan los vacíos emocionales de niños y solterones de todo el planeta).  Comienzo pues preguntando a ustedes ¿qué tienen en común los 3 “bichos” que muestro en la siguiente imagen?

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No, no es que la comida de gatos y de perros se haga hoy con maíz, como se hace también la miel, los huevos y la carne.  Estos “bichos” tienen en común que no existirían en la Tierra si no fuera por las necesidades nutricionales o emocionales de los humanos.  También tienen en común que ninguno de los que gozan de la mala suerte de portar el juego de genes de estas “razas”, sobreviviría un mes sin que tuviera un esclavo humano a su servicio, bien sea para ahuyentar los bichos que se los comerían en un abrir o cerrar de ojos, para cargarlos en unas escaleras o para aplicarles dosis casi mortales de medicamentos para la sinusitis.

Los organismos mostrados arriba han aparecido y prosperado gracias a una técnica conocida como “selección artificial”.  Por medio de esta técnica un grupo humano (y hasta un solo individuo) se encarga de que ciertos individuos de una especie dada se reproduzcan exitosamente solo si nacen con ciertos rasgos deseados (un cuerpo rechoncho casi carente de piernas, una braquicefalia pronunciada o semillas de un tamaño exagerado).  La técnica funciona mejor si la reproducción se produce entre individuos con rasgos similares.  Con el tiempo se empiezan a decantar los genes que crean esos rasgos y finalmente se crea una “subespecie” nueva.  La práctica existe mucho antes de que Darwin explicará como un fenómeno similar, aunque mucho más espontáneo, da cuenta de la diversidad de la vida en la Tierra e incluso de que los biólogos supieran algo sobre la herencia y el ADN.

Sobra insistir en este punto que no soy un simpatizante de esta práctica o al menos no de sus versiones más “superficiales”.  Mantener viva una raza de perros o de gatos que sufren problemas de salud impensables (problemas respiratorios, oculares, de control de la temperatura, de movilidad y hasta con sus sentidos más preciados), solo porque los coleccionistas los encuentran exóticos y dignos de exposición o porque a ciertos niños les inspira ternura, es sencillamente horroroso.  A mí los únicos perros que me gustan son los que se parecen a sus antepasados más cercanos, los lobos y de los gatos ni hablar: si no tienen trompa o pelo es mejor que les apliquen la eutanasia o que al menos no los dejen tener gaticos ¡pobres animales!

¿Y todo esto que tiene que ver con el Planeta de los Simios?.  Curiosamente el único experimento de selección artificial que no hemos hecho es justamente el más interesante y es sugerido por la película.  Con nuestras casi infinitas habilidades de criadores de animales en cautiverio me preguntó yo ¿por qué nunca hemos intentado crear “razas” de monos que tengan el rasgo más deseable de un animal, es decir que puedan comunicarse con nosotros usando gestos, palabras o símbolos?.

Es cierto que ni chimpancés, ni orangutanes, ni gorila, son como gatos, perros o maíz, es decir especies domesticadas.  Pero también es cierto que el número de ellos que viven en cautiverio desde hace décadas y que tienen una relación con los humanos casi tan intima como la que debieron tener esos primeros lobos de los que descienden todos los perros, ha crecido sin parar desde hace ya muchas décadas.  Habríamos tenido posiblemente tiempo de sobra para el experimento de selección artificial más fantástico de la historia.

Y no me vengan a decir que el riesgo es que se subleven y terminemos viendo enterrada la estatua de la Libertad hasta la cintura.  Si conocen algo de la película recordarán que fueron los mismos seres humanos los que convertimos a la Tierra en el lugar que termino dominado por simios inteligentes.  No, no es el miedo a perder el control de un planeta sobre el que parece ya perdimos el control de cualquier manera.  La razones deben ser otras y yo no he podido encontrar ninguna completamente satisfactoria.

Es cierto que algunos monos han sido entrenados para comunicarse alcanzando en algunos casos niveles excepcionales.  Este es el caso por ejemplo de Ayumu un Chimpance capaz de realizar complejas operaciones matemáticas superiores a la que niños y adultos humanos realizarían con mucho entrenamiento.  O Natasha una chimpancé que parece tener una intuición “muy humana” y que le ha valido el sonado mote de “genio chimpancé”.

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¿Qué están entonces esperando los investigadores para cruzar natural o artificialmente los genes de estos dos genios y así asegurar una prole que esperamos herede aunque sea parcialmente sus dotes naturales?

Podría argumentarse también que el tiempo es el obstáculo.  Mientras que un gato vive en promedio 15-20 años de modo que en lapso de vida de un criador profesional pueden nacer, crecer y reproducirse más de 5 generaciones, un Chimpancé, que tiene un tiempo de vida promedio comparable al de un ser humano en un país del tercer mundo (40-60 años), es más difícil de cruzar buscando la selección de rasgos específicos.  Lo cierto sin embargo es que tiempo hemos tenido de sobra desde que empezamos a criarlos en cautiverio para que a la fecha tuviéramos ya una especie de “Mensa Primate”.

Otros, por supuesto, esbozarán el argumento ético, con el que ni más faltaba estoy completamente de acuerdo.  Jugar con la vida de organismos que seguramente tienen sentimientos parecidos a los nuestros y una vida interior posiblemente tan rica como la humana, es cruel y bajo.  Pero también es cierto que en algunos casos su protección pasa inevitablemente por la cría de algunos de ellos en cautiverio.  Un experimento de selección artificial con chimpancés u orangutanes podría pensarse como algo cercano a un sistema de citas por Internet, donde la gente se empareja de acuerdo a rasgos comunes.  En este caso podríamos facilitar las condiciones para que grupos de Chimpancés con habilidades intelectuales superiores se criaran juntos y tuvieran una descendencia que eventualmente incrementará las posibilidades de que esos rasgos prosperaran y se desarrollaran.  Cero crueldad animal: “Señor Chimpancé: encuentre su pareja perfecta”.

¿Y el propósito? ¿No sería igualmente superficial criar Chimpancés inteligentes (que trabajarían probablemente en circos televisivos o mediáticos) que criar un gato sin pelo o un perro con un tamaño justo para caber en un bolso de mano Louis Vuitton?.  No.  La selección de rasgos intelectuales en distintas especies podría ser justificada por una batería de buenas razones incluyendo la conservación.

En primer lugar y tal vez la la justificación más importante para mí, un experimento de selección artificial en este caso nos permitiría acercarnos al misterioso mundo interior de otra especie.  ¿Qué piensan? ¿qué sienten? ¿cómo son sus sueños? ¿cómo nos ven? ¿serían algunos de ellos capaces de hazañas intelectuales como nuestra especia? ¿serán creativos? ¿creerán en lo sobrenatural? ¿tendrán modelos y teorías sobre el funcionamiento del mundo?.  Es cierto que la cola y la cabeza de un perro inteligente a veces dice mucho sobre estas cosas, pero no nos digamos mentiras: si el perro pudiera hablar si que nos ahorraría mucha fatiga.

Conocer mejor a Chimpancés, Gorilas, Orangutanes y otros primates nos permitiría también incrementar la conciencia entre la población de lo cercanos que ellos están a nosotros.  Sería un “poquitiquitico” más difícil que un cazador furtivo acabará con la vida de un individuo de otra especie si sabe que piensa y siente como nosotros aunque no pueda comunicarse.  De allí extender el resultado ballenas, delfines, pájaros, etc. no sería una tarea tan difícil al menos para las generaciones por venir.

En síntesis, lo que propongo aquí (que seguramente no debe ser original como muchos seguramente habrán adivinado) es que utilicemos esas habilidades de criadores expertos de animales para, en lugar de seleccionar rasgos inútiles en nuestros animales domésticos, que los hacen propensos a enfermedades y reducen su calidad de vida, empecemos el experimento animal más importante de la historia: criar una raza de simios con los que podamos hablar y compartir tal vez nuestras preocupaciones sobre el planeta.

Cuando lo hagamos, tal vez dejemos de sentirnos solos en el Universo.

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Los límites imaginarios de la vida

Si la física y la astronomía me dejarán algún tiempo no podría trabajar en otra cosa distinta que en biología.  Y es que no hemos conocido hasta ahora en el Universo un fenómeno físico más fantástico, rico y complejo que la vida.  Bueno, hasta ahora.  Entre más avanza nuestra comprensión del Universo, mayor dominio tenemos de sus leyes y mejor nos va manipulándolas de formas creativas, mas nos inclinamos también a pensar que entre la vida que conocemos en nuestro planeta y el orden, por ejemplo, de los átomos en un metal,  podría existir un continuo de complejidad, una infinidad de fenómenos sorprendentes que merecerían ser también celebrados.   De ser así, intentar encasillar a la vida en una categoría separada podría ser un despropósito que nos impediría gozar de ese vasto cosmos de complejidad desconocido.  He aquí un llamado para que dejemos de intentar definir lo indefinible y nos ocupemos, en su lugar, de celebrar la riqueza que esconde un Universo tan vasto en extensión como en posibilidades.

“Definir la vida es como definir la diversión: donde quiera que pongas un límite le estas arruinando la fiesta a alguien
Junio 4 de 2014
http://bit.ly/trino-vida

Captura de pantalla 2014-06-08 a la(s) 17.32.11¿Qué es la vida?  Cuántos sabios, académicos y aprendices se han perdido en esa pregunta.  Cuántas páginas se han escrito tratando de esclarecer las fronteras borrosas entre lo vivo y lo no vivo.  Cuántos libros, cuántos artículos especializados, cuántos seminarios, cursos…

Intentar definir la vida es como tratar de definir que es la diversión o la felicidad.  Las definiciones imponen límites, definen compartimentos (la mayoría de las veces ficticios).   Pero la vida, como la diversión o la felicidad, se resisten a ser encasilladas.  O por lo menos hacerlo es arruinar las posibilidades fantásticas que hay fuera de las fronteras ficticias de los idiomas o la ciencia.

En 2011 ofrecí la que ha sido posiblemente la más corta conferencia de divulgación que me han obligado a dictar.  Se trató de una conferencia en el marco del TEDxMedellín (abajo incluyo el video de la charla).  Cuando empece a pensar en qué podría contarse en esos miserables 12 minutos que la organización del evento me daría, la respuesta no demoró en llegar: tenía que hablar de la vida pero siendo un astrónomo debía hacerlo en un contexto universal.  Debía ser algo “sencillo”, un mensaje directo, fácil de entender.  Nada de explicaciones técnicas, ni de diagramas explicativos, ni historias o personajes.  Algo con el que otras mentes pudieran estar de acuerdo inmediatamente u oponerse vehementemente.

La tesis que presente como mejor pude en esa charla, se venía gestando desde hacía algunos meses en el seno de un grupo fantástico que comparto con unos amigos en Medellín (un grupo de “marihuaneros” como los llame cariñosamente en el video).  Estoy hablando de AMEBA (Asociación de Estudios en Biología y Astrobiología), un club de revistas que fundamos en Medellín en 2009 después de la Segunda Escuela de Posgrado de Astrobiología que tuvo lugar en Montevideo, Uruguay ese mismo año.

Después de leer muchos papers con mis amigos de AMEBA, de escuchar a biólogos y astrobiólogos discutir las ideas más extrañas de sus respectivas disciplinas, la conclusión a la que llegamos no podría ser otra: la vida no tiene fronteras.  En su lugar podría existir más bien un continuo de complejidad en el largo camino que separa a un átomo de la asamblea de las naciones unidas.  A ese paisaje fantástico de la complejidad en el Universo, que en algún rincón incluye a la vida en la Tierra, deberíamos llamarlo la “Complexife”.

A medida que pasan los años y conocemos mejor la vida en la Tierra, pero también a medida descubrimos otros fenómenos fantásticos o inventamos los nuestros propios, la tesis de AMEBA se reafirma en mi cabeza.  Todas las definiciones de vida que he leído son increíblemente razonables y aún así no parecen ser suficientes para dar cabida a la fascinante complejidad que observamos en la naturaleza.

¿Están los virus vivos? ¿llegaremos alguna vez a catalogar a un programa avanzado de computador, como un organismo vivo o inteligente? ¿es el planeta como un todo un organismo vivo? Todas estas preguntas que flotan por ahí cuando hablamos de poner límites a la vida son la mejor demostración que poner fronteras en este caso, contrario a ayudarnos evita que celebremos por anticipado lo que también es fantástico.

Ante este panorama se me ocurre proponer una definición operativa que podría acomodarse mejor al concepto más amplio de la “complexife” que conjeturamos aquí.  Imaginemos que alguien tiene en una caja algo que asegura esta “vivo” o por lo menos que cree no debería considerarse simplemente “muerto”.  Los biologos, sin embargo le han demostrado una y otra vez que lo que hay ahí no cumple ninguna de las definiciones existentes sobre aquello que mejor conocen.  Escéptico, nuestro personaje reúne en una sala a expertos de distintas disciplinas científicas y técnicas, físicos, químicos, matemáticos e ingenieros. La caja finalmente es “abierta” y ante ellos se presenta un fenómeno extraño, nunca antes visto por ninguno de ellos, ni descrito en sus disciplinas.  Estudian el fenómeno por horas, días, años.  Lo analizan desde sus áreas y no logran explicar o “reducir” las propiedades que observan a las propiedades fundamentales de la materia de la que esta hecho.  Todos están extasiados y los que no lo están son simplemente escépticos.  Pero ¿hay reproducción, evolución u homeostasis en la caja?  No necesariamente.  ¿Proteínas, RNA u otras formas complejas de química o materia? tal vez.  Lo que tienen ante sus ojos es un fenómeno complejo completamente nuevo e irreducible a las leyes simples de su disciplina.  No hay duda que lo que tienen delante suyo es una forma de “complexife”, o simplemente de “vida” si se quiere, en esta visión ampliada del concepto.

La Vida o la Complexife sería entonces, según esta definición operativa, cualquier fenómeno que al ser investigado por un grupo diverso de especialistas genera en ellos un sentimiento unánime de asombro.

¿Pero no es esto equivalente admitir que casi todo podría estar vivo o equivalentemente ser una forma de complexife?  Sí y no.  No, en el sentido que no todos lo que vemos en el Universo exhibe propiedades inesperadas o emergentes, propiedades capaces de sorprender a una comunidad suficientemente amplia de expertos.  Las estrellas, por ejemplo, eran un misterio hace 100 años, pero hoy sabemos que todas sus propiedades pueden ser predichas con física relativamente básica.  Ningún físico encontraría a las estrellas extrañas o impredecibles si las investiga lo suficiente.  Las estrellas no están vivas ni son una forma de complexife.  Por otro lado, los virus siguen siendo misteriosamente sorprendentes, aún para los mejores químicos.  Hoy nadie los considera rigurosamente, vivos.

Por otro lado, reconocer los límites borrosos de la vida nos permitiría disfrutar o celebrar fenómenos que de otra manera serían hallazgos simplemente “interesantes”, escalones adicionales en nuestra búsqueda del verdadero santo grial: la vida afuera de nuestro planeta.  Piensen por ejemplo lo que pasaría si penetráramos el oscuro interior de Europa y en lugar de descubrir ballenas jovianas o micro algas extraterrestres, encontráramos un oceano de una complejidad química jamás vista.  Ni una sola célula y en cambio complejos remolinos producidos por el flujo y reflujo del agua salada propulsada por las mareas y la actividad geológica del corazón de la luna.  Unos cuantos expertos lo disfrutarían, se escribirían una miríada de artículos de ciencia, pero las botellas de Champagne se quedarían en el refrigerador y las ganas de descubrir que no “estamos solos” deberían archivarse nuevamente.  ¡Una verdadera lástima!

Como dicen en mi tierra ¡dejémonos de pendejadas! Disfrutemos las sorpresas que el Universo nos da a todas las escalas.  No busquemos más lo que parece pertenecer a una categoría imaginaria cuyas fronteras son cada vez más borrosas.  Gocemos con la creación de máquinas capaces de sostener una conversación.  No temamos llamarlos “organismos vivos”.  Demos a los virus su merecido lugar en el continuo fantástico de la complexife.  No nos neguemos a la posibilidad incluso de descubrir emergencias “biológicas” incluso en escalas inesperadas, una nube de gas interestelar, un cúmulo de galaxias o el Universo en su totalidad.  Todas estas cosas son divertidas y nadie se ha atrevido a definir la diversión.

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