Trinoceronte

Porque 140 caracteres a veces no son suficientes

Archivar en la categoría “Ciencia”

Cuestión de Estrategia

Como dice la sabiduría (im)popular (y si no dice, debería) “A veces no hay mejor amigo que aquel que siempre te han dicho podría ser tu peor enemigo“.  Pues bien, yo creo que ese parece ser el caso de los Científicos y los Militares en Colombia, o al menos así debería ser en países como el nuestro, en los que la inversión real en ciencia de parte del estado, apenas si llega a ser un saludo a la bandera.  Y es que todo hay que decirlo (y así lo digo en los trinos abajo): en una sociedad como esta, llena de “humanistas” y políticos, parece ser que los únicos que saben que para ganar (o al menos para competir) hay que prepararse, son los militares.  La historia esta llena de casos que parecen demostrar esta afirmación.  En Colombia hemos empezado a notar (o tal vez no) como las fuerzas militares están dando muestras de saber, mejor que los supuestos organismos de promoción y financiación de la ciencia, “por dónde es que va el agua al molino” cuando de hacer apuestas atrevidas en desarrollo científico y tecnológico del país se trata.   Les presento aquí algunas reflexiones sobre este “estratégico” asunto.

“En cuestiones del desarrollo científico Colombiano siempre ha sido mejor hablar con Militares que con Políticos ¡ellos si saben de estrategia!
Febrero 20 de 2015
http://bit.ly/trino-militares1

“Un militar es alguien que sabe que para ganar hay que estar preparado. Un político es alguien que tiene que ganar para prepararse”
Febrero 20 de 2015
http://bit.ly/trino-militares2

Fotografía de la exitosa primera misión a la Antartida realizada por la Armada Colombiana en los últimos meses (2014-2015)

Fotografía de la exitosa primera misión a la Antartida realizada por la Armada Colombiana en los últimos meses (2014-2015)

¿Se acuerdan ustedes de ese tétrico personaje que hacía de supuesto villano en la película “Mi Pobre Angelito”? ¿un señor entrado en años, con cara de pocos amigos, que andaba siempre con las botas de nieve desamarradas y con una pala en la mano?

Si no lo recuerda o tiene el buen gusto (e intolerancia al mal cine) para no haberla visto, les cuento que el supuesto villano resulto ser, al final, quien salvo la vida del muchachito y además se convirtió en su mejor amigo.

Yo sé que una referencia al que tal vez parece un mensaje muy trillado, en una película tal vez muy popular, puede no ser la mejor manera de hablar de un tema tan serio; pero es que no se me ocurre una manera más “didáctica” para ilustrar mi punto central aquí.

¿A quién se le puede siquiera ocurrir en estos tiempos proponer una relación explícita entre la ciencia y los militares?” “¡desalmado!”, resuenan en mi oído los reproches de mis amigos humanistas imaginarios (y otros no tan humanistas, pero igual de sensibles).

Para nadie es un secreto la estrecha relación que el desarrollo científico y tecnológico han tenido a lo largo de toda la historia con la institución castrense (o la “guerra” como preferirían llamarla la mayoría).

Sería una miopía no reconocer por ejemplo que la Astronomía o la Física no habrían alcanzado a ser lo que son hoy sin las decididas (y multibillonarias) inversiones militares realizadas entre los años 40s y 90s.  Inversiones que nos permitieron desde entender como funciona el interior de las estrellas, construir telescopios espaciales de rayos X, ir a la Luna y traer 400 kilogramos de rocas de otro mundo, hasta entender mejor el funcionamiento de las fuerzas y las partículas elementales o saber que le pasa al cuerpo en microgravedad.

Esta bien que tampoco se puede estar uno sintiendo orgulloso por el número de bajas humanas que algunos de los proyectos militares que derivaron en los anteriores logros científicos, tienen en su haber.   Eso lo admite cualquiera.  Pero de ahí a “satanizar” el valor que la mentalidad e intuición militar podrían tener en la ciencia, especialmente en momentos en que los que deberían financiarla y ayudar a impulsarla están ocupados en otras cosas “más pertinentes”, hay mucho trecho.

Acaba de concluir la primera misión realizada por un equipo científico colombiano a la Antartida.  Después de más de 50 años de presencia de más de 40 países en el continente blanco, Colombia visita oficialmente por vez primera este importante puesto de avanzada para la ciencia mundial.  Los artífices de este importante logro no podrían ser otros en Colombia que los militares: la Armada Nacional.  Si bien a la mayoría nos parece un logro maravilloso (aunque no entendamos cabalmente sus implicaciones), no ha faltado el “periodista humanista” que salto a preguntar en un popular medio radial colombiano hace un par de días “¿y eso para qué?”; una pregunta que seguramente se hicieron los muchos otros “humanistas” en el Congreso de la República o peor aquellos que están haciendo fila para gobernar.

No digo que los civiles no hubiéramos podido conseguir esto sin la ayuda de barcos o personal militar.  Pero les aseguro que si un equipo de científicos colombianos, suficientemente numeroso, todos miembros de distinguido Grupos A1, como le gusta llamarlos a Colciencias, le hubieran pedido a esta última institución dinero para construir, comprar o alquilar, da igual, un buen barco de investigación para llevar a cabo este logro, la respuesta habría sido un rotundo… … “Su proyecto esta ahora en la lista de elegibles.  Espero otro año para que le demos el no definitivo”.

Mi relación con los militares es escasa.   Debo confesar que tuve la suerte de no prestar el servicio militar por la (menos afortunada) condición de salir del bachillerato en un tiempo y una zona del país en el que los militares no veían con buenos ojos ayudar a entrenar al creciente ejercito de Pablo Escobar (!).  No tengo familiares en el ejercito, la armada o la fuerza aérea.  Ni contratos o proyectos en curso (lamentablemente) con ninguna de sus fuerzas.

Sin embargo, he tenido la fortuna de toparme con un par de ejemplos similares al que nos demuestra claramente ahora el caso de la misión a la Antartida.  En medio de mis andanzas promoviendo el desarrollo de la Astronomía o participando de los foros sobre el desarrollo espacial colombiano, he conocido a un par de oficiales de alto rango, en los que siempre he encontrado lo que para mí como científico, es una extraña actitud positiva hacia las que normalmente son consideradas ideas locas e impertinentes en este país lleno de necesidades. Tal vez sea un efecto de selección.  No todos los militares son como los que yo he conocido.  Tal vez.

Esta experiencia es abiertamente contraria a lo que he tenido (casi siempre) cuando tengo la mala suerte de hablar con políticos; siempre se presentan esquivos, demagógicos e ignorantes de los temas científicos; eso sí con muy contadas excepciones (la verdad solo he conocido un político diferente a este respecto, después les cuento quién fue).  Los militares al contrario de los políticos, parecen exhibir una actitud distinta hacia la ciencia y sobre todo parecen saber al menos un poquito sobre el tema.  Esto último no es extraño en tanto, a diferencia de muchos oficiales que pueden ser ingenieros e incluso científicos, la mayoría de los políticos vienen de carreras de Ciencias Humanas, que en el país del sagrado corazón de Jesús no ven una sola cátedra de ciencias en toda su formación profesional.

De nuevo, es posible que este generalizando o viendo patrones donde no los hay (¿quién no lo hace? en especial cuando se trata de sus cosas más queridas), pero cuando lo examino con cuidado se me ocurre realmente muy natural.  ¿Quiénes mejores para entender que para ganar, por ejemplo los espacios que otros podrían ocupar o reducir las ventajas frente a los competidores, hay que prepararse adecuadamente, que los mismos militares?.

También sería miope no reconocer que es muy fácil pensar apoyar cualquier iniciativa por loca que parezca cuando tienes de tu lado el 4 o 15% del PIB (inversión militar) en lugar del 0.4% (inversión en ciencia y tecnología).  Pero esto, en lugar de desanimarme a profundizar en este argumento, al contrario se convierte en combustible para continuar por este camino.

Pocos proyectos en la Ciencia pueden realmente alcanzar algo relevante en menos de 20 o 30 años de esfuerzo continuo.  En Colombia el proyecto de investigación más largo dura 7 años.  Los Gobiernos duran a los sumo 8 (y eso que a regañadientes) y cuando cambian, frente a la ausencia de verdaderas políticas de estado en temas estratégicos, echan al traste cualquier iniciativa de largo aliento.

No pasa lo mismo en las fuerzas militares.  Es cierto que debe existir una relación estrecha entre los más altos mandos del ejercito con el (muy volátil) comandante de todos ellos: el Presidente de la República. Pero también hay que decir que si algo hay que le sobrevive a los vaivenes políticos de nuestro país y de otros como el nuestro, es la estructura y estrategia de las fuerzas militares.

En países como Alemania o Estados Unidos, donde en su momento la investigación militar fue posiblemente la única fuente posible de financiación de la ciencia mas seria, la relación entre desarrollo científico y militar se ha mantenido.  Sin embargo el reconocimiento de la ciencia como tema estratégico ha trascendido las esferas militares para convertirse en un tema civil de primera línea.  Allá pueden “regodearse” (falsamente) de que la ciencia se desarrolla al margen de la “guerra” o de quienes están listos para hacerla (dirían mis amigos humanistas).

No es el caso sin embargo de nuestro país.

Mi propuesta es entonces sencilla: “cerremos filas” contra la desfinanciación de la ciencia y empecemos a buscar a las instituciones que crean en nuestras locuras, sea que estas se reviertan o no en beneficios en 30 o 50 años.  Si Colombia comienza, tal vez con la ayuda decidida de las Fuerzas Militares, un plan serio de inversión en Ciencia y Tecnología que trascienda los gobiernos de turno, podremos soñar con ganar las “guerras” del futuro, pero no contra los vecinos belicosos o los rebeldes de izquierda y derecha que azotan los campos, sino contra el atraso y la dependencia científica y tecnológica que nos aqueja desde hace décadas.

Anuncios

¿Básica o Aplicada? Esa no es la cuestión

Si la Ciencia Básica no es Aplicada entonces ¿para qué?  Si la Ciencia Aplicada no es Básica entonces ¿qué es?  La división entre Ciencia Básica y Aplicada es un embeleco cultural.  Una excusa, tal vez, para no repartir la plata como debería entre líneas de investigación que se adelantan décadas en el futuro.  Toda inversión en “ciencia aplicada” en nuestros países en desarrollo es en realidad una inversión en la aplicación de ciencia básica extranjera (con giro directo a los dueños alemanes y japoneses de las patentes respectivas)  Hay que acabar con este mito y defender a la ciencia en su totalidad unificando las que podrían ser, simplemente, aspectos administrativos o culturales del mismo fenómeno.

“No hay rigurosamente ciencia básica y aplicada. Lo que hay es científicos mal administrados e ingenieros que no saben de ciencia
Marzo 5 de 2014
http://bit.ly/trino-ciencia-aplicada

¿Ciencia Aplicada? Adaptado de http://bit.ly/1ostU9o

¿Ciencia Aplicada? Adaptado de http://bit.ly/1ostU9o

En mi último Trinoceronte plantee una reflexión acerca de la calidad y pertinencia de la formación en ingeniería en Colombia.  Como lo predije precisamente allí, las reacciones no se hicieron esperar.

Ingenieros conscientes de los defectos que tiene la formación profesional en sus disciplinas en el país, reconocieron parcialmente algunas de mis críticas, aunque naturalmente no estuvieron de acuerdo con todas mis apreciaciones (definitivamente no me escogerían como Ministro).

A otros, creo yo, les pudo la crudeza de mis palabras o la manera como formule allí el problema y hoy estoy lejos de engrosar la lista de sus mejores amigos.

Con el temor de parecer un “mono” temático o de empeñarme en acabar con mis últimas amistades en el gremio de la ingeniería (lo que creo es difícil porque los buenos amigos que tengo allí me conocen bien y saben que cuando de la ciencia se trata la diplomacia pasa a un segundo lugar) quiero plantearles aquí otra discusión relacionada con la anterior, o tal vez no,  pero definitivamente igual de importante para lo que será el futuro del desarrollo científico de nuestro país.

Se trata del embeleco de la división entre Ciencia Básica y Ciencia Aplicada, una discusión que también adelantaba en mi entrada sobre la Ingeniería.  Si bien en primera instancia la idea de que el conocimiento o el quehacer científico se pueden dividir en una componente que persigue aumentar nuestro conocimiento del Universo, conocimiento por el conocimiento y en otra que pretende aplicar esos conocimientos para la solución a los (mal llamados) “problemas reales” o de la (supuesta) “vida cotidiana”, un análisis más profundo del asunto deja sin piso una separación como esta, ni siquiera en el nivel semántico.

Dejémoslo bien claro desde el principio: toda Ciencia es básica y al mismo tiempo y “de la misma forma” aplicada.

Creer que hay conocimiento científico que “no sirve” para propósitos “prácticos” tiene dos defectos evidentes.

Primero, desconoce lo que “servir” realmente significa.  No hay ningún desarrollo científico que se persiga sin un propósito, es decir sin servir para un fin concreto.  Si no fuera así, sería prácticamente imposible convencer a cualquier institución, por “alcahueta” que sea, de pagarle a uno para hacer ciencia.  Lo primero que se debe declarar en un proyecto de investigación de ciencia “básica” es para qué diantres van a servir los resultados del proyecto.

Decir que la ciencia “básica” (como la llaman todos esos “yuppies tecnológicos” que hay por ahí), no sirve, es tan injusto como reclamarle a la mamá porque lo regaño a uno cuando estaba chiquito.  Nadie que este vivo y tenga más de 10 años (de edad física o mental) podría contar el cuento sino fuera gracias a la que en algún momento fue “ciencia básica inservible”.

El segundo defecto es pensar que la ciencia no es “práctica”.   Conozco científicos realmente raros.  “Geeks” que gozan con cosas extrañas, algunas tal y como lo vemos en las caricaturas que hacen de ellos en el cine y en la televisión.  Sin embargo, si algo caracteriza a los buenos científicos (los realmente buenos) es su pragmatismo.  Y no es para menos.  ¿De qué le serviría a un personaje que vive de “hackear la realidad” perseguir “pajaritos en el aire”? ¿para qué autoengañarse, como lo hacen… no sé… la teología, la religión, la filosofía o la política, si esto lo va a alejar a largo plazo del objeto último que es entender (lo mejor que puede) la realidad?

Obviamente no todos los científicos somos pragmáticos.  Pero ese es otro problema.  Un problema de educación y formación profesional.  Les aseguro que los científicos que están bien educados o son genuinamente buenos, no se andan con pendejadas.

Si es así, preguntan la mayoría de los “yuppies”, ¿cómo es que se gastan una millonada construyendo un acelerador de partículas para buscar disque la “materia oscura”? A todos quienes se formulan esta importante preguntan día a día les tengo una noticia que les va a permitir conciliar el sueño esta noche: buscar y sobre todo, encontrar la materia oscura, ES MUY IMPORTANTE.  El problema es que para entender este hecho elemental hace falta justamente aquello de lo que adolecen nuestras sociedades: educación científica de calidad.  Solo quién conoce, así sea por cultura general, el contexto general en el que se desarrollan los más grandes proyectos de la ciencia, quién sabe un poco sobre la historia del conocimiento científico, sea porque ha leído o porque ha visto suficiente televisión por cable, sabe que la ciencia es una niña precoz.

Una de las características fundamentales del conocimiento científico (de todo él) y que es quizá la razón más importante para invertir la mayor cantidad de recursos públicos y privados en su desarrollo, es que siempre se anticipa;  los problemas que resuelve se ponen de moda a veces varias décadas después de estar consignados en paper frescos e incomprensibles.  Podríamos decir, en términos coloquiales que “la ciencia básica, inservible e impráctica, de hoy es lo que te mantendrá vivo mañana” Una frase, palabra por palabra, sostenida por sólida evidencia empírica e histórica.

Voy a darles un ejemplo que descaradamente robaré a uno de mis maestros, el Profesor Jorge Mahecha de la Universidad de Antioquia (uno de esos científicos verdaderamente prácticos de los que hablaba arriba).  Se trata de la denominada “magnetoresistencia gigante“.  Este fenómeno, descubierto por un grupo de “geeks” en los años 60s y descrito teóricamente por científicos “puros” en los 80s (científicos básicos, no ingenieros, ni científicos “aplicados”) solo pudo ser utilizado para construir dispositivos cotidianos a finales de los 90s (una hazaña lograda también por científicos puros… pero esta vez pagados por compañías tecnológicas).  En otras palabras, un fenómeno emergente de la materia, solo explicable por la otrora “inservible” mecánica cuántica, permite que todos los yuppies babosos del planeta puedan tener discos duros de varios Giga Bytes en lugar de unos cientos de Mega Bytes.

Otros ejemplos bonitos pueden encontrarse entre las fascinantes páginas del libro El Mundo y sus Demonios, de otro de los científico más prácticos de la historia: Carl Sagan (tan práctico que hasta una celebridad televisiva se volvió)

De modo que me pregunto ¿qué es lo que todo el mundo llama con tanta certeza “ciencia aplicada”? Pues no es más que la misma ciencia, la misma mecánica cuántica, la misma genética, la misma mecánica de fluidos, simplemente puesta en un contexto particular.  Pero hasta donde yo sé, poner en un contexto diferente a una cosa, no lo hace completamente diferente.  En términos muy coloquiales sería como si una arepa puesta al lado de una taza de chocolate fuera diferente fundamentalmente de otra puesta sobre arroz en un plato de comida.

Dejemos de “pendejiar”, pero sobre todo, dejemos de desorientar mas a la gente que administra los recursos que necesitamos los científicos para trabajar.  Todos los científicos.  Hay que recordar que la mayoría de las personas que manejan esos mismos recursos en países como el nuestro poco o nada saben de ciencia (con contadas excepciones) de modo que se creerán cualquier cosa que les digan especialmente si suena a que podrán invertir su dinero en las cosas que les dictan los grandes emporios económicos.

Dejemos de presentar la ciencia que solo nosotros hacemos (la ciencia aplicada, la ciencia para los problemas reales, la ciencia para la gente) cómo la única que realmente sirve y en contraposición con la que hacen esos “marihuaneros del bloque 6”.  Ese no es un juego justo y sobre todo es una mentira rampante.

Volviendo sobre la ingeniería.  Señor estudiante de ingeniería: no deje que le vendan su profesión como una de ciencia “aplicada” con la excusa de no enseñarle casi nada sobre la denominada “ciencia básica”.  Usted esencialmente se esta formando como un científico a secas.  Bueno, esta bien, un científico formado en un contexto diferente, con una sensibilidad diferente por la sociedad; pero al fin y al cabo un científico más.  No se deje quitar lo único que lo hace realmente bueno como profesional, la ciencia y la capacidad que le da para resolver prácticamente cualquier problema.  Exija a sus profesores el más alto nivel académico.  Por algo esta pagando lo que paga (o le paga el gobierno).

Para terminar y abusando de la confianza de un amigo tuitero que me hizo un comentario al Trinoceronte anterior, les cito una frase muy escuchada en los pasillos de las Facultades de “Ciencias Aplicadas” en Colombia: “En la Faculta de ciencias básicas le enseñan qué es, de dónde viene, con qué se come y cómo se demuestra el teorema de pitágoras.  En esta Facultad le vamos a enseñar es para qué sirve ese teorema de verdad”.  La verdad es que si un científico no sabe para que sirve el teorema de Pitagoras, entonces es un mediocre mal educado.  Pero si un ingeniero no sabe “qué es, de dónde viene, con qué se come y cómo se demuestra” el teorema de Pitagoras, sencillamente le robaron la platica en la Universidad.

El Fetiche de la Ingeniería

La “ingeniería” se ha apoderado de nuestras sociedades académicas y educativas.  En países como los nuestros, que consumen conocimiento en lugar de producirlo, el número de “ingenieros” supera por un factor muy grande al número de científicos.  Es más probable que un joven con aptitudes técnicas y matemáticas termine estudiando ingeniería, muchas veces por culpa de un imaginario cultural, presiones sociales o familiares a que estudie física, matemáticas o química.  Mientras eso siga pasando y continuemos promoviendo ese “fetichismo por la ingeniería” seguiremos detrás de aquellos países donde saben que los problemas hay que resolverlos y no solo administrarlos.

“Colombia necesita muchos mas pensadores (científicos, filosofos y artistas) y menos administradores de problemas (ingenieros y contadores)
Marzo 2 de 2014
http://bit.ly/trino-pensadores-y-administradores

Antes de comenzar quiero aclarar que no tengo nada en contra de las Universidades, Facultades y personas que ofrecen y promueven la formación en ingeniería aquí o en cualquier parte en el mundo.  Tengo muy buenos amigos ingenieros y con algunos inclusive buenas relaciones científicas.  Aunque sé que mis opiniones un poco extremas sobre este tema me pueden granjear algunas enemistades espero también que puedan contribuir un poco a una discusión que tenemos que dar para mejorar justamente el nivel de los profesionales en áreas científicas en nuestros países.

Comencemos pues por las definiciones ¿Qué es en Colombia un Ingeniero de Sistemas? Un científico de la computación que se vio obligado a aprender administración de proyectos, estándares y metodologías en Ingeniería cuando debería haber estudiado teoría de números y estadística matemática.  ¿Y un ingeniero electrónico? Un físico del estado sólido al que nunca le dieron un curso de semiconductores decente y que perdió un cuarto de su carrera haciendo lo que un tecnólogo del SENA hace a la perfección: programar microcontroladores, diseñar circuitos y pegar resistencias.  ¿Un ingeniero de alimentos? Un químico formado a medias porque su currículo incluía algunas asignaturas inútiles que lo desviaron del propósito fundamental de su profesión: utilizar la ciencia para mejorar lo que comemos.

Si esta descripción les parece muy cruda, olviden por un momento que soy científico y que obviamente tengo un sesgo profesional, y piensen si en verdad estoy muy lejos de la realidad académica de las ingenierías en Colombia.  Dudo seriamente que quienes sean ingenieros y estén leyendo esta entrada después de haber hecho un posgrado en Ingeniería en Alemania o en Japón, pongan en duda que la formación en ingeniería en Colombia parece un chiste.  Y es que en todo el mundo desarrollado un ingeniero con una alta formación académica es indistinguible de un científico.  Así veo yo a los colegas jóvenes que están llegandos desde hace unos años a las mejores Facultades de Ingeniería de las universidades colombianas.  Pero la formación en posgrado para un ingeniero colombiano, especialmente si es en el exterior, es esencialmente un curso remedial en ciencias, dirigido fundamentalmente a darles el nivel que necesitan para resolver realmente problemas científicos y técnicos.

Pero, ¿se le puede creer a alguien que no es ingeniero, juicios como estos sobre una profesión que no conoce?  A pesar de que mi formación es de científico, desempeñarme en un país con un fetichismo tan avanzado hacia la ingeniería, me ha hecho vivir de cerca lo que es la formación de los ingenieros.  Fui hasta hace un par de años profesor de medio tiempo en ingeniería y estuve involucrado en el desarrollo de programas de pregrado y posgrado en el área en algunas universidades privadas.  Es esa experiencia justamente la que me motiva para hacer esta reflexión.

El primer hecho delicado: a los ingenieros en Colombia se les enseña ciencias prácticamente “por no dejar”.  Los estudiantes odian esa parte de su formación y a muchos directivos les parece que es algo con lo que los currículos simplemente tienen que cumplir.  Si el nivel de exigencia  científica de un profesor de física, matemáticas o química en un programa de ingeniería se excede un poco sobre la media o bien termina siendo vetado por los estudiantes o son los directivos los que le recuerdan que no les esta enseñando a científicos o a matemáticos ¡craso error!  

Si bien las generalizaciones son odiosas y hay que reconocer que existen buenas Facultades de Ingeniería en Colombia, el Fetiche de la Ingeniería en nuestro país y en el mundo en general ha hecho que pululen Universidades dispuestas a graduar ingenieros bajo esas mediocres condiciones de formación científica.  Es justamente por eso que los ingenieros abundan (y se quedan sin trabajo) en Colombia.  Miles de personas con poco talento científico, sin madera para la academia y la ciencia que pasan raspando cursos de matemáticas y física pero que les va divinamente pegando resistencias o en cursos de metodología de la investigación, administración y normatividad en ingeniería.

Si no es sobre la ciencia sobre lo que tratan las ingenierías (al menos por estos lados del mundo) ¿cuál es el fuerte de estas profesiones por aquí?  La respuesta es simple.  A los ingenieros en Colombia los forman para ser excelentes administradores.  Y no me refiero a la administración en el sentido tradicional de la palabra (que también se ha vuelto muy importante para la formación de los ingenieros criollos). Me refiero a manejar, gerenciar el conocimiento que otros han producido.  La organización de los procesos, las metodologías, el trabajo con estándares, cosas todas que son son fundamentales para el buen desarrollo de los grandes proyectos científicos y tecnológicos, pero que están lejos de ser la solución misma a los problemas para los que supuestamente deberían estar formados.

Esta es la formación que necesitan los jefes, los líderes de los proyectos.  Cuando se ve a un grupo de ingenieros colombianos trabajando juntos, esencialmente lo que uno ve es a un montón de “caciques” y ni a un solo “indio”.  Frente a un verdadero problema, uno que jamás hayan visto, que no este incluído en los software de multi física que les enseñaron a manejar o sobre el que no haya manuales escritos por científicos e ingenieros alemanes y japoneses, no hay entre ellos nadie que tenga la formación científica y matemática requerida para enfrentar la realidad.  Todos son expertos en formular proyectos, diseñar cronogramas, leer manuales y hacerlo todo estrictamente siguiendo juiciosos estándares de ingeniería.  Pero ninguno ha resuelto un verdadero problema de física, ni se ha enfrentado a demostrar un teorema en matemáticas avanzadas o ha descubierto o sintetizado una nueva sustancia.  Según nuestras universidades, ninguna de esas habilidades es importante para los ingenieros.  “Dejemos eso a los científicos”, dicen los directivos.  Insisto en que no debemos generalizar.  Hay muy buenos ingenieros en Colombia hoy, verdaderos científicos, pero la inmensa mayoría lamentablemente se aleja poco de la descripción anterior.

Si estuviera en mi definir una política de educación superior para Colombia yo eliminaría los programas y facultades de ingeniería.  Pero no se asusten.  Reformaría también profundamente los programas y facultades de ciencias.  En su lugar crearía grandes Facultades de Ciencias que combinarán la formación e investigación en Ciencias Básicas (ciencia por la ciencia, por la comprensión del funcionamiento del universo) y en las mal llamadas Ciencias Aplicadas (que definiré aquí como ciencia orientada a la solución de problemas tecnológicos y sociales).  Los programas de ingeniería industrial, electrónica, mecánica y civil serían absorbidos en fuertes departamentos de física.  Los que hoy se forman en esas disciplinas se graduarían en un primer momento como físicos.  No habrían ingenieros civiles sino físicos expertos en estructuras civiles.  La ingeniería de sistemas y telecomunicaciones se unificarían en el departamento de matemáticas y estadística.  A la biología y a la química les adosaría todos los profesores y estudiantes de los programas de ingeniería de alimentos, bioingeniería e ingeniería ambiental.  Todo sin mencionar la creación de grandes departamentos de geociencias y astronomía en los que se ofrecería lo que por ejemplo hoy llamamos ingeniería de petróleos.

Pero si todos nos volvemos científicos ¿quiénes aplicarían los estándares, diseñarían los procesos o gerenciarian los equipos de trabajo?  En cada profesión científica, crearíamos líneas de profundización en esos aspectos de la gestión del conocimiento científico para los que hoy se forman TODOS los ingenieros.  Los estudiantes que mostrarán habilidades e intereses en la gestión y la administración se convertirían en científicos-ingenieros.  Ellos serían los jefes en los proyectos que ahora tendrían como mano de obra otros científicos formados profundamente en sus disciplinas y capaces de resolver problemas abiertos, problemas nuevos.  La proporción de “científicos-ingenieros” a científicos ya no sería de miles a 1 (muchos caciques y pocos indios) sino de 1 a muchos.

Los beneficios de esta utopía socio-académica serían diversos.  Científicos aplicados, con una formación rigurosa en ciencias y matemáticas, ocuparían el lugar de los ingenieros.  Los obreros de la creatividad técnica tendrían el más alto perfil y creo yo la mejor preparación para resolver problemas diversos y complejos.  Los nuevos ingenieros, científicos-ingenieros, tendrían una verdadera formación profesional en ciencias pero harían un trabajo de gerencia de nuestro propio conocimiento y soluciones.  No les exigiríamos una especialidad científica o técnica específica y de la misma manera ellos no se esforzarían por demostrarla usando o copiando aquella obtenida por científicos en otros lugares del mundo.

Aunque sé que pocos de ustedes votarían por un presidente que pensará en mi como Ministro de Educación, espero que la presentación de esta dura realidad en los términos igualmente duros que los he expuesto aquí sirva para pensar que existen maneras diferentes de abordar y tal vez resolver el problema de la formación científica y técnica en países como los nuestros.

Actualización (Mayo 22 de 2014).  Como podrán notar de los abundantes y largos comentarios abajo, esta entrada tuvo justamente la reacción que predecía al principio.  No es para menos.  Sé que fui atrevido, pero también sé que alguien tiene que lanzar la piedra en el estanque para que la cosa se mueva (no quiero tampoco dármela de mesías).  Las aguas estancadas huelen maluco.  Les recomiendo de manera muy especial los comentarios contrarios al punto en este artículo en especial aquellos que tuvieron la paciencia de escribir argumentaciones muy “científicas” como @_vonrichthofen, Alfredo, Francisco Beltrán y Alvaro Monterroza (que hasta bibliografía puso).   Me alegra que buenos científicos hayan leído y criticado la entrada.    No lean esta entrada sin leerlos a ellos (y seguramente a muchos otros que llegarán)

Un Libro por una Camiseta

Ahora resulta que los científicos y estudiantes de ciencias de los países en desarrollo tenemos que ponernos felices cada que algún editor ambicioso nos ofrece una pequeña muestra de lo que nos estamos perdiendo por ser pobres y no tener con qué pagar suscripciones millonarias a revistas científicas o los absurdos costos de los libros de texto con los que se forman nuestros estudiantes.

“La ciencia es “Copyleft” por definición.  No se entiende por qué tenemos que seguir pagando por libros y artículos especializados #EpicFAIL”
Febrero 6 de 2014
http://bit.ly/trino-ciencia-copyleft

En la India el libro de Sakurai de Mecánica Cuántica cuesta a los estudiantes USD$5.  En Amazon.com a un Colombiano le puede costar hasta USD$120

En la India el libro de Sakurai de Mecánica Cuántica cuesta a los estudiantes USD$5. En Amazon.com a un Colombiano le puede costar hasta USD$120. Yo tuve la suerte de cambiar uno de estos por una camiseta a un Bengalés que conocí en Italia.

El Instituto Tecnológico de California, CALTECH, ha liberado recientemente los textos completos de las famosas Clases de Física de Feynman, mejor conocidas por su nombre en inglés “The Feynman Lectures on Physics” (para los interesados, el sitio con los textos lo pueden encontrar en este enlace)  Lo que debería ser para mí motivo de alegría, ha terminado por convertirse en una fuente de una amargura profunda.  Algunos pueden pensar que estoy reaccionando exageradamente, pero espero explicar aquí la razón por la que me estoy sintiendo de esta manera.

Tuve mi primer contacto con las “Lecturas de Feynman” (como se las llama incorrectamente por aquí) desde muy temprano en mis estudios de pregrado (a mediados de los años 90s)  Las conocí a través de una fotocopia del texto (por supuesto ilegal) que tenía algún compañero “privilegiado” de mi generación.  Solo después de un par de años de ese primer contacto, pude ver una copia del libro original comprada por un amigo (también privilegiado) en alguna librería en la ciudad de Bogotá.  Debo confesar que en lo personal nunca tuve los medios para comprar los 3 tomos de la colección, que además tampoco podían conseguirse por aquel entonces (¡ni ahora!) en las librerías de Medellín.

Hoy que se hacen públicas y las liberan finalmente del “embargo editorial” que hizo ilegal por décadas que estudiantes de todo el mundo tuvieran el libro en fotocopias o (más tarde) en versiones escaneadas ¿para qué sirve? ¿cuántas generaciones de físicos en el tercer mundo o el mundo en desarrollo, nos perdimos de ser educados con las lecciones impartidas por uno de los físicos más originales del siglo XX?

No estoy diciendo que no tengan valor ahora.  La física no ha cambiado mucho desde que el daba sus clases en Caltech en los 60s (¿o sí?)  También estoy seguro que una nueva generación de físicos y astrónomos se deleitaran estudiándolas.  Lo que es realmente injusto, en lo que respecta a la tardía liberación de estas notas, es que unas leyes inventadas para proteger otro tipo de “propiedad” (la de los inventos que hacen ricas a las empresas o las fantasías literarias que se les ocurren a unos privilegiados) estén obligando a confiscar el conocimiento científico para distribuirlo a cuenta gotas entre quienes pueden pagar por él.

No quiero sonar muy “comunista” con esto, pero creo que la mayoría estará de acuerdo conmigo en que el conocimiento científico no debería estar sometido a las mismas reglas de protección de otras ideas.  Si nos ponemos a pensar y a echar cuentas, estas leyes de protección han hecho que el conocimiento científico sea hoy extremadamente costoso.  Y no me refiero precisamente a producirlo, me refiero a consumir el que ya se conoce.

Les doy un ejemplo: acaba de publicarse un interesante artículo en una revista especializada que estudia la relación que existe entre los procesos que ocurren en el interior de un planeta y las condiciones de ese mismo planeta para soportar vida superficial.  Las ideas en el artículo son interesantes y enriquecen una discusión que ya va completando casi un siglo.  El futuro de la búsqueda de vida en el Universo depende de esas ideas como de otras tantas que se publican semanalmente en Journals Especializados de Astronomía y Astrobiología.  ¿Cuál es el problema?  El problema es que para leer las ideas de estos colegas debemos pagar los demás como mínimo unos USD$35 a la revista.  Les digo la verdad: yo tengo los 35 dólares y podría pagar por el pdf; pero no lo haría ni porque contuvieran la clave para encontrar la vida en el Universo.

Algunos podrán aducir que seguramente el artículo que les menciono, fue publicado también en alguno de los cada vez más populares sitios de “preprints”, donde autores de todo el mundo, con un interés genuino por divulgar sus ideas, ponen sin ningún costo, versiones preliminares de sus artículos (preprints) y a veces incluso las versiones ya casi completamente cocinadas de los mismos.  Pero no.  Ese, como muchos otros artículos, no fue subido a ninguno de estos sitios abiertos.  Yo no pude descargar el artículo porque como es obvio mi Universidad no tiene suscripción a esa revista.  Este fenómeno es cada vez más raro: casi todos los científicos están haciendo públicos sus trabajos por distintos medios; pero eventualmente ocurre y lo hace cuando más necesitas del trabajo (¡te odio Murphy!)

Pero ¿quién soy yo para venir a teorizar en un blog sobre la bondad o perversidad de los sistema de “paywalls” que nos impiden acceder a la literatura científica, especialmente a los científicos de los países en desarrollo? En realidad cientos de buenos científicos en el mundo y editores sin ambiciones desmedidas están dado ya una discusión muy completa sobre como deberá cambiar en el futuro cercano la “industria” editorial de los Journals especializados.  Dejemos entonces esa discusión a la gente que entiende mejor este asunto.

Lo que me preocupa y entristece es que poco o nada parece estar discutiéndose sobre los libros de texto científicos.  A diferencia de los “papers”, que supuestamente leemos por decenas (según estadísticas recientemente publicadas) científicos activos de todo el mundo, los libros científicos son mayoritariamente utilizados por estudiantes de pregrado y posgrado para empaparse de la cada vez más basta erudición en sus propias disciplinas científica.  Estos textos son nada más y nada menos que su puerta de entrada al fascinante mundo de la ciencia.  Allí no los abruman con citas bibliográficas, ni asumen que lo conocen todo en el área hasta el día en el que fueron escritos.  Los textos contienen cálculos al detalle, ilustraciones que costaría demasiado incluir en un paper (poner un gráfico a color en algunos Journals impresos puede costar más de USD$400) pero más importante, los textos contienen problemas académicos que les a prepararse para lo desconocido resolviendo situaciones tipo controladas.

El problema: cuestan muchísimo.  Hace poco compre un libro que necesitaba para una pasante alemana de pregrado que tuve la suerte de tener en mi grupo.  El libro costaba (puesto en Estados Unidos) la medio bicoca de USD$140.  Traerlo a Colombia me costo otros USD$40.  Habría sido imposible para cualquier estudiante colombiano (como lo fue para mi estudiante alemana con beca del DAAD incluída) comprar el texto para su uso personal.  ¿Qué sentido tiene esto?

¿Quién se enriquece con el dinero de estos libros? ¿los autores?  ¡No creo!  Si bien la única manera que uno pensaría tendría un académico o un científico activo de sacar tiempo para escribir un buen libro de texto (que es mucho más difícil de escribir que otra literatura científica) es ciertamente que le prometieran una buena recompensa económica, estoy seguro que la mayoría lo hace como parte de su trabajo profesional.  En general para un científico es un honor que le pidan escribir un libro y el honor es muy importante en la ciencia.

Todo hay que decirlo aquí.  Uno puede volverse multi millonario escribiendo libritos de fantasía que pueden leer personas con una educación mínima; pero un libro de texto de Mecánica Cuántica o Astrofísica Relativistica no es para leer en el metro y no creo que enriquezca a ningún autor.  Puede que el señor Stephen Hawking se haya vuelto rico con su “Historia del Tiempo” pero dudo que el patrimonio de Steven Weinberg venga de las regalías de sus famosos libros de Teoría Cuántica de Campos (¿o sí?)

Las editoriales en el mundo se están volviendo ricas a costillas de los autores y con el dinero de “estudiantes pobres” de todo el mundo (pero sobre todo de bibliotecas ricas de unos pocos países desarrollados)  Mientras tanto el FBI y sus sucursales en el mundo en desarrollo (disfrazadas de legislación contra la violación a los derechos de autor, que más bien deberían llamarse “derechos de editor”) persiguen a todos los que osen tener una copia “ilegal” (electrónica o en papel) de un libro que explica como calcular la curva de rotación de la Galaxia; un conocimiento que debería ser enteramente público.

En una brillante analogía, Olga, mi esposa, me decía hoy al escuchar mi lamento, que el asunto del Libro de Feynman era parecido al perdón retardado de la iglesia a Galileo y a Bruno (guardadas obviamente las proporciones temporales) ¿De qué nos sirve que los perdonen ahora? Analogamente ¿de qué nos sirvió a tantas generaciones de físicos en el mundo en desarrollo que las notas de Feynman fueran prohibidas por tanto tiempo y liberadas solo ahora? Liberen ya pero los volumenes de la colección de Teoría Cuántica de Campos de Weinberg (publicadas por la editorial Cambridge University Press) antes que se vuelvan anticuadas.  Esa si sería una acción loable.

Como los lectores asiduos de este blog (es decir usted y aquel otro) saben bastante bien, mi estilo sin embargo no es solo el de quejarme por quejarme.  ¿Qué soluciones (aunque fueran locales) se podrían proponer ante una situación tan lamentable como esta?

Una anécdota que me gusta contar al respecto es la de aquella vez que cambie en Italia, con un Bengalés, una camiseta de Venecia por el libro de Mecánica Cuántica de Sakurai (un clásico que en Amazon cuesta USD$120)  La camiseta me había costado EUR$5 en la calle.  El libro le había costado al Bengalés USD$5 en el mercado de libros universitario de la India ¿Cómo podía ser esto posible?  Al tener el libro en mis manos me dí cuenta lo que pasaba.  El libro era un original pero las hojas eran muy delgadas, la calidad de la impresión era la mínima y las ilustraciones y diagramas tampoco eran excelsos (como los que tiene el texto original que cuesta más de cien dólares)  Me contaba mi amigo Bengalés que en la India hay arreglos con las editoriales para hacer copias muy baratas de los textos de estudio de modo que se pueda garantizar que los estudiantes puedan tenerlos durante su formación.

Algo parecido podríamos intentar en Colombia.  Tal vez es un sueño y quizás fracasemos en los primeros 3 intentos, pero quién quita que eventualmente al menos un texto de gran circulación empezará a costar no USD$120 sino COP$30.  ¿Se imaginan por ejemplo que el libro de Arfken (Mathematical Methods for Physicists) se consiguiera en una librería Colombiana por la modica cifra de COP$50 en lugar de los 0.5 SMMLV (salarios mínimos mensuales legales vigentes) que cuesta actualmente?

Pero los muchachos de ahora (y hay que decirlo también, los profesores) poco leen ya en papel.  En realidad el mercado importante esta es en los libros electrónicos.  Allí no hay mayor y menor calidad, no hay el paper-back o el hard-cover.  ¿Por qué no hacer un trato con las editoriales para que permitan una circulación menos restringida de copias electrónica más crudas de textos científicos importantes?   Estoy seguro que incluso si cobrarán una cifra simbólica por adquirir el derecho a tener un libro completo, sin sentirse uno un delincuente observado por el FBI, estudiantes y profesores por igual pagaríamos para tener nuestros amados textos.

Mientras este no sea el caso, miles de estudiantes y científicos del mundo desarrollado seguiremos sufriendo esta terrible desigualdad frente a aquellos colegas que trabajan y estudian en países donde los libros, costando lo mismo, pueden ser adquiridos con facilidad al tener niveles superiores de ingreso y mejores facilidades en el transporte y entrega de mercancias.

Como están las cosas ahora, estudiantes y científicos criollos no solo tenemos que hacer un esfuerzo monumental para que nuestra ciencia sea tomada en serio por los señores del “mainstream”, sino que además debemos preparar lo mejor que podemos a nuestros estudiantes mientras el FBI y sus sucursales nos respiran en el cuello esperando a que cometamos el error de recurrir a una fotocopia no autorizada o a un PDF pirata y todo para que esos estudiantes tengan tan buenas oportunidades como las de otros en el mundo.

Como dice el Mexicano ¡No manches güey!

Actualización, Febrero 8 de 2014.  Quiero aclarar que mi posición en favor de que los textos científicos cuesten menos para estudiantes del mundo en desarrollo y que eventualmente no cuesten nada para nadie (siempre y cuando este eso establecido por ley o lo hagan directamente las editoriales), no implica que este de acuerdo o apoye que otros se beneficien económicamente con obras intelectuales ajenas (especialmente si son científicas).  Ese es justamente el problema: beneficiarse con obras científicas, no importa si un editor de rancio abolengo o un negociante criollo.  Ni lo uno, ni lo otro.  Insisto: el punto es que el modelo de “negocio” que existe actualmente nos obliga a pagar a quienes poco tenemos, elevadas sumas que van MUCHÍSIMO más allá de lo que cuesta efectivamente contratar a un autor, editarle su obra, imprimirla, reproducirla y divulgarla (cosas que de por sí son muy costosas, lo reconozco).  Existen muchos en el mundo dispuestos a pagar esos costos excesivos (yo incluído, al menos en el caso de los libros) pero hay MUCHOS más que no pueden hacerlo y los necesitan de verdad porque están en un proceso de formación.

Otra idea: que los que podemos pagar por los libros, paguemos una cifra “simbólica” adicional que permita ofrecer algunos volumenes de forma gratuita o muy barata a estudiantes.

Una idea final: que las grandes agencias de ciencia en el mundo, de la misma manera que financian la creación de ciencia de frontera que finalmente va a parar a journal especializados (con y sin paywalls) paguen a autores por escribir textos académicos y cubran por ahí derecho lo que cuesta editarlos e imprimir una tirada decente.  Eso sí, una vez el libro este listo que sea disponible para todos o se distribuya “al costo”.

Los Parásitos de la Ciencia

En relación con la ciencia, en el mundo hay tres tipos de personas: los que saben que la ciencia esta ahí y es importante, aunque no participen de su desarrollo pero tampoco lo obstaculicen (estos son la mayoría); los que hacen ciencia (lamentablemente una minoría); y aquellos que gozan de sus beneficios (como todos los anteriores) y que aún así la consideran un fenómeno intelectual y cultural tan arbitrario como la superstición o el mito (por suerte estos son una gran minoría).  A estos últimos, los llamaré aquí los “Parásitos de la Ciencia”

“Es por esto (http://bit.ly/columna-religion-ciencia) que hay que empezar a enseñar Ciencias Naturales en las Facultades de Humanidades en Colombia”
Enero 31 de 2014
http://bit.ly/trino-ciencias-fac-humanidades

El primer transistor construído en los Laboratorios Bell en 1947. Muchos Parásitos de la Ciencia hoy que hubieran vivido en aquel entonces habrían rechazado la cuantiosa inversión económica destinada a estudiar una tecnología inútil como esa

El primer transistor construído en los Laboratorios Bell en 1947. Muchos “Parásitos de la Ciencia” de hoy habrían seguramente rechazado en su momento la cuantiosa inversión económica destinada a estudiar una tecnología inútil como esta. Hoy la posibilidad que esos mismos parásitos tienen de comunicarse se debe a la ciencia inútil de ese pasado

La ciencia es uno de los proyectos sociales más fascinantes y prolijos en toda la historia de nuestra especie (y posiblemente de la vida en la Tierra como un todo).

Con apenas unos siglos de existencia, el pensamiento científico ha reducido a casi cero la mortalidad infantil en casi todo el planeta; nos ha dado la calidad de vida que necesitamos para explorar el Universo (tanto el exterior como el personal); y ha provisto los mecanismos necesarios para mantenernos en contacto con seres humanos en todo el planeta.  Entre muchos otros beneficios cotidianos, cuyo origen a veces olvidamos.

Ante la evidente realidad de que la ciencia ha sido parte fundamental del progreso de nuestra especie en los últimos cuatro siglos, no se entiende cómo todavía es posible encontrar a personas, supuestamente “cultas” y educadas, que tienen la osadía intelectual de sugerir que la ciencia, como aproximación al entendimiento del mundo, es tan o mas arbitraria que la superstición o el mito.

Solo se me ocurre una explicación para este absurdo: la educación científica, si bien es parte de la formación básica de casi todos los seres humanos (por lo menos de los que pueden pasar por una escuela), esta misteriosamente excluída de los programas profesionales de abogados, periodistas, artistas, administradores, entre otras profesiones que en Colombia y en países con un desarrollo similar, llevan las riendas del estado o son los líderes de la opinión pública.

Mientras que los programas de ciencias e ingeniería tienen que incluir por ley una dosis de formación humanística (lo que es absolutamente indispensable para formar profesionales integrales – un ideal, que como todos, no se logra siempre, al menos es mandado por ley), a un estudiante de Derecho, Comunicación Social o Periodismo o a uno de Artes Plásticas o Música, difícilmente se les enseña (y menos por mandato de la ley) principios elementales de biología, física, química o astronomía.  Para obtener sus “cartones” ninguno tiene que saber, más allá de lo que aprendió en la secundaria, como se organiza y funciona el mundo en el que viven (la mayoría, si son verdaderamente cultos, lo aprenderán por su cuenta)

Como resultado de esto, algunos importantes políticos, dirigentes y periodistas a duras penas entienden que es la ciencia y en casos extremos (como el documentado abajo) inclusive llegan a renegar de ella.  Eso sí, sin dejar por ejemplo de tomarse su “pastillita” matinal para la presión, es decir, de gozar de los beneficios de la ciencia que ignoran.

La semana pasada se publicó en un importante diario en Colombia una columna de opinión en la que uno de esos profesionales de las humanidades (confieso que desconozco su profesión aunque dudo que se haya graduado de un programa de ciencias naturales) argumentaba como las religiones y sus vicios sociales (muy criticados en estos días en nuestro país) eran tan arbitrarios como los de la “sacrosanta” ciencia.  En un reconocido estilo “posmodernista” (como se llaman ellos mismos en círculos académicos) el personaje, que se apoda a sí mismo “Atalaya” (dejo a todos sacar sus conclusiones sobre su afiliación ideológica), afirma que la ciencia no es más que una religión más y que los científicos (y otros intelectuales sensatos) se comportan actualmente como “sacerdotes de la razón”.

Me permito citar aquí algunos apartes de su columna que pueden encontrar completa en este enlace.  Me sirvo de ella porque es un excelente caso de estudio para mis estudiantes de ciencia.  Un caso típico de comparación inapropiada entre la Ciencia y la Superstición, vicio muy frecuente entre los “parásitos de la ciencia”.

La columna comienza así:

De un tiempo para acá parece ser “conditio sine qua non” para ser un intelectual, o simplemente alguien racional, informado y despierto, atacar a la religión, cualquiera que ésta sea.

Atacar doctrinas es justamente el centro del pensamiento científico, sean estas basadas en la superstición o en la razón misma.  Ha sido justamente la “persecución” del error y la “intolerancia” por el sinsentido, la clave del progreso en la ciencia. No hay entonces ningún viso de “moda” en esta actitud de intelectuales y científicos.  Es más bien una actitud natural ante el sinsentido de la superstición.

Lo extraño es que aquellas mentes elevadas que han desvelado los engaños de la religión utilizan un tono burlón, desdeñoso, al referirse a otros sistemas de creencias.

El sarcasmo y el humor son el único recurso que ha quedado en esta discusión centenaria.  Por milenios el poder ha protegido a la superstición.  El analfabetismo (y en general la falta de sentido común) son también presa fácil de la superstición.  Por todo esto la religión ha mantenido una posición importante en la sociedad,  aunque sus dogmas no inspiran sino una profunda sospecha en cualquier ser humano con sentido común.  De allí la necesidad de seguir intentando desenmascararla.

Ahora bien, y este es quizá el punto más importante aquí.  La ciencia no es un sistema de creencias, como sugiere el autor.  Aunque existen muchas definiciones diferentes (la mayoría más inteligentes que la que doy aquí), la Ciencia se podría definir como la suma de un “método” para formular preguntas sobre el mundo y buscar respuestas coherentes a esas preguntas y de un mecanismo social para desvirtuar respuestas arbitrarias, irracionales o incoherentes, tales como las provistas por la superstición y otros vicios humanos.

La ciencia es pues, una “pala” para escarbar en la ignorancia y un “colador” para escoger las “piedras preciosas” de la basura sin valor.  El colador no es perfecto; se nos pasan algunas piedras con menos valor del que creemos, pero ha demostrado ser el más poderoso en la historia de la humanidad.  El conocimiento científico es la suma de “piedras preciosas” y otras que no lo son tanto, todas encontradas con la pala y el cedazo que la definen.

El artículo continúa así:

[…] se tiene que ser muy inocente o descarado para seguir creyendo en la pureza de la academia, en la infalibilidad del método científico, en la transparencia de los procesos investigativos y, en general, en los corazones éticos, diáfanos y puros de científicos e intelectuales.

En esto estamos completamente de acuerdo con el observador desde la Atalaya.  Como buen humanista que parece ser, conoce mejor  el corazón humano y ve más fácilmente las fallas de los científicos y de la academia como sistema social de lo que lo vemos quienes estamos adentro. Es cierto que ser científico no lo hace a uno un dechado de virtudes.  Tampoco lo convierte a uno en un robot objetivo.  Sin embargo, y si lo piensan bien, esta es en realidad una de las cualidades más fantásticas de la ciencia como proyecto humano: la ciencia existe y funciona a pesar de los científicos.

Sigamos con la lectura:

Al igual que con la religión, las ciencias hoy en día están atravesadas por agendas políticas e intereses personales y comerciales. Tan así es que se celebra la funesta alianza universidad-empresa como algo deseable.

Hay que recordar en este punto que no todas las alianzas de la ciencia han sido malas a largo plazo.  Por ejemplo la alianza entre Ciencia y Milicia dio lugar a un fenómeno tecnológico y humano muy incluyente como lo es Internet (que a propósito usan el 80% de los lectores para leer la columna desde la Atalaya y este blog)  El egoismo y la ambición humana son fuerzas poderosas en todas las sociedades, incluída las sociedades científicas, pero de nuevo y misteriosamente, incluso las relaciones más tormentosas de la ciencia han terminado a largo plazo produciendo beneficios positivos.  Pero no se confundan.  No estoy diciendo aquí que este de acuerdo con todas las alianzas de la ciencia con otras fuerzas sociales; o que crea que el fin justifica cualquier medio en la ciencia.  Pero de nuevo, los métodos y filtros de la ciencia, han tenido históricamente el poder de excluir lo que no sirve y dejar conocimientos con un alto grado de valor práctico, justamente los que han contribuido al progreso que vemos.

Es la Ciencia y no los científicos, lo que esta en discusión aquí.

Quizá el punto más delicado de la perorata “anti científica” del columnista llega en este párrafo:

Una ciencia que día a día es más amoral y despilfarradora, destinada a trabajar para cumplir con la demanda de tecnologías fútiles, programadas para volverse obsoletas; una ciencia que fomenta y financia investigaciones intrascendentes (¿cuánto se critica el boato y el lujo de la Iglesia y nada se dice sobre el costo absurdo de descubrir el bosón de Higgs, por ejemplo, que no tiene un fin práctico?)

¡Válgame señor!  Comparar el despilfarro y los abusos históricos de las “religiones” (que solo gerencian superstición y hacen promesas de salud, riqueza y bienestar que difícilmente pueden cumplir sin la intervención de cosas muy reales como la economía o la ciencia misma) con la investigación científica básica, solo puede provenir de un verdadero Parásito de la Ciencia.  Un parásito es un organismo que se beneficia de lo que le provee su anfitrión, el mismo que ataca y puede llegar destruir.  Pero ni los parásitos en el mundo natural, pueden ser tan dañinos: saben bien que para sobrevivir y seguir haciendo lo suyo, necesitan mantener vivo aquello que atacan.

Veamos.  Mientras este “Homo Sapiens Postmodernum”  escribía esas palabras, señales electromagnéticas viajaban a través de semiconductores llevando sus “sabias reflexiones” hasta dispositivos de almacenamiento magnético de alta tecnología.  Más tarde sus reflexiones traducidas en la forma de 1s y 0s viajarían a través de cables de fibra óptica hasta el editor del periódico, que finalmente los hizo públicos en Internet.  

Todo lo que paso entre sus dedos calientes y el lector al que quería afectar, fue solo posible gracias al “despilfarro de la ciencia”.  Ese despilfarro pago el salario del Prof. James Clerk Maxwell en la Inglaterra de mediados de 1800s.  Este profesor, en lugar de dedicar sus días a algo útil y productivo para su época (diseñar por ejemplo mejores vehículos movidos por vapor), se dedico a hacer poesía con las matemáticas y física acumulada por otros inútiles como él.  Con el tiempo (y después de mucho dinero invertido por los contribuyentes ingleses) Maxwell predijo la existencia de las ondas electromagnéticas, sin ninguna aplicación reconocible en los 1800s y que hoy 150 años después, nos permite a todos, incluyendo a los parásitos de la ciencia, comunicarnos y dar a conocer nuestras ideas casi instantáneamente en todo el planeta. Pero este es solo un ejemplo de como la ciencia produce beneficios que no siempre ocurren a corto plazo (ejemplo que a propósito fue tomado directamente del fantástico libro “El Mundo y sus Demonios” de Carl Sagan, que todos los científicos y humanistas por igual deberíamos leer como parte de nuestra formación profesional)  Otros eminentes ejemplos fueron el desarrollo del Transistor y del LASER a mediados del siglo XX, ambos con pocas aplicaciones en su época e ingentes presupuestos implicados.

El artículo original continúa sobre estas líneas:

Una ciencia que, al igual que la Iglesia y sus secretos, tiene grupos de poder inaccesibles llamados pares académicos, sacerdotes del conocimiento práctico y estandarizado; una ciencia constreñida y corrompida por índices de citación y demás neoescolasticismos académicos que garantizan forma y no fondo

Nuevamente acierta el señor.  Estamos sufriendo de eso y de mucho más en las sociedades científicas.  Pero de nuevo, los descubrimientos siguen apareciendo.  Es cierto que ahora las buenas ideas, los verdaderos saltos en el conocimiento aparecen a veces enterrados en un “basurero” de ideas relativamente convencionales que se publican para mantener índices que son requeridos para conseguir un trabajo o progresar en él.  Pero aún así, esos vicios sociales no han reducido el progreso científicos.  Es cierto que debemos combatir estas prácticas en la ciencia, encontrar alternativas para organizar mejor el avance de la ciencia, pero el modelo original sigue intacto.

Más injustificada aún es la crítica que hace el columnista al lenguaje de la ciencia:

[…] una ciencia que es nicho de poder de intelectuales y académicos, quienes aíslan el conocimiento del público inventando conceptos enrevesados y lenguajes mágico-místicos a los cuales tan sólo unos pocos iniciados pueden acceder, manipulando fieles como antaño hacía la Iglesia medioeval con el latín, para seguir regodeándose en sus prerrogativas.

Tal parece que el autor no lee un libro de divulgación científica desde la infancia o la secundaria.  Su comentario parecería desconocer el boom actual de la literatura científica no especializada que ha puesto, al nivel de todos los seres humanos con una mínima educación científica y sentido común, hasta las investigaciones más sofisticadas.  Desconoce también que los científicos más reconocidos del presente se han convertido también en autores de best sellers aclamados, escritos para que los entiendan miles de millones.

Ahora bien.  Desconocer que la ciencia de frontera es muy cercana a un “club privado” a los que pocos pueden acceder, sería también una miopía imperdonable de mi parte.  Sin embargo, a diferencia de la superstición y del mito, el simbolismo y el lenguaje interno de la ciencia, también han progresado.  Así, para criar palomas hace 200 años solo necesitábamos algo de aritmética pero para buscar medicamentos hoy día se necesitan enrevesados conceptos de topología y teoría de números.  Pero esta no es una estrategia de exclusión.  Simplemente los problemas ahora son mucho más difíciles.

De otro lado la superstición y el mito siguen utilizando un lenguaje sencillo e incluyente.  Un lenguaje que poco ha evolucionado.  Esta es la clave por la que siguen siendo tan populares en los sectores menos favorecidos por la educación o peor entre gente educada pero con muy poco sentido común.  Esta es justamente la clave de que se los prefiera frente a formas más estructuradas de conocimiento.  Decir que la superstición es mejor que la ciencia porque usa un lenguaje entendible por todos es como creer que vivir en chozas es mejor que vivir en casas de ladrillo con electricidad, porque el material de las chozas esta disponible para que cualquiera lo recoja.

Sobre la fé, otro motivo de confusiones en la discusión ciencia-religión, dice el columnista:

Hemos trasladado nuestra fe en la religión a la ciencia, y así como hasta hace no mucho había asuntos religiosos incuestionables, que lo eran por razón de la infalibilidad de quienes los decían, hoy el método científico, pero sobre todo sus defensores fundamentalistas, posee esa carga de infalibilidad

La fé es una acto de sumisión intelectual y “conditio sine qua non” para estar afiliado a un sistema de superstición organizada.  Nada en la ciencia, sin embargo, requiere por definición un acto de sumisión de este tipo.  Quien quiera modificar un dogma en una religión, debe fundar en el proceso una religión nueva.  El científico que quiera revertir una hipótesis o un principio de la ciencia aceptada, no solo puede hacerlo, sino que esta en la obligación de intentarlo.

El autor confunde “fé en la ciencia” (que es una contradicción) con el respeto irracional por la ciencia y los científicos.  Los seres humanos asumimos muchas veces actitudes irracionales ante cosas que admiramos profundamente.  Pero esa admiración irracional no hace mala a la ciencia ni la hace comparable con la religión.

Pero hay irracionalidades de irracionalidades.  Seguir a un líder que exige el 10% de tu salario a cambio de favores sobrenaturales con la única excusa de la fé y admirar irracionalmente una forma de conocimiento que hizo desaparecer enfermedades que en el pasado mataron a millones, es ciertamente muy diferente.

Termino, insistiendo nuevamente en la separación entre ciencia y científicos, pero sobre todo entre ciencia y superstición.  Los humanos somos muy imperfectos, bien sea que dirijamos un instituto de investigación científica o una iglesia.  Pero el proyecto detrás de estas imperfecciones nos diferencia.  La Ciencia ha resistido la corrupción, los intereses ocultos, las alianzas y las mafias y ha demostrado ser una búsqueda prolija que ha cambiado el mundo.  En contraposición de las cientos de religiones en el mundo, llenas de santos y de mafiosos también, ninguna ha curado una sola enfermedad real (solo imaginarias) o ha alimentado a un solo pueblo durante una sequía o un invierno prolongado a punta de oraciones.

Una reflexión final: si aún en un mundo de gente “tan mala”, hemos llegado con la ciencia donde estamos, ¿cómo sería si todos los santos de la iglesia hubieran invertido su bondad y valioso tiempo para buscar respuestas a las preguntas fundamentales relacionadas por ejemplo con el cerebro o con la vida?

Diario de un Paper

Para ver el diario del paper y las últimas actualización vaya a este enlace

“Ciencia en tiempo real: ¿por qué no publicar el diario de un paper desde su concepción, maduración y eventual publicación? Let’s do it!” 
Enero 6 de 2013
http://bit.ly/trino-diario-paper

“A veces, hacer públicos tus propósitos, es la única manera que tienes para asegurarte que realmente pasen” 
Enero 7 de 2013
http://bit.ly/trino-propositos

Papers, papeles, artículos, letters, cartas, reviews, etc.  Esta es la materia de la que esta hecha la ciencia.  Decía Goethe que la Historia de la Ciencia es la Ciencia Misma, y la literatura científica, materializada en esos escritos, es la manera como esa historia se escribe a diario.

Pero ¿cómo llega una idea, un cálculo o el análisis de unas observaciones a convertirse en un “paper” y eventualmente a ser parte de esa intrincada telaraña que es la ciencia?  Quienes han escrito papers como parte de su formación o ahora de su profesión, saben que detrás de esas 10 o 50 páginas, de esas figuras elaboradas, de las tablas interminables, y las incómodas listas de referencias, hay historias curiosas, ideas que llegan en la mitad del baño o en una cerveza con los amigos, discusiones difíciles con coautores, revisores y editores.

Les propongo un ejercicio, que hasta donde sé, no se ha hecho todavía (si conocen otro ejemplo háganmelo saber): hagamos el diario de un paper.  La historia desde que es tan solo una corazonada hasta que (si nos acompaña la suerte) se convierta en una entrada más en las innumerables bases de datos bibliográficas y se pueda considerar oficialmente “ciencia”.

¿Cuál es el propósito? La verdad es que soy medio adicto a escribir sobre casi todo lo que hago (por eso tengo una cuenta en twitter y tuve que abrir este blog en primer lugar).  Algunos dirán que es por narciso o exhibicionista (que lance el primer espejo el que no lo sea), pero la verdad es que he encontrado en esta manera de actuar un modo de almacenar las que creo son buenas ideas para el futuro, escribir una autobiografía incluyendo lo estúpido o inteligente que alguna vez fui, o simplemente para desahogarme, liberar energía intelectual que se acumula y que ni las clases, los papers o los viernes con los amigos pueden liberar.

Escribo papers como parte de mi profesión (investigador y profesor en una Universidad en Colombia) y podría seguir haciéndolo sin escribir este diario.  Pero me parece interesante compartir, especialmente con mis estudiantes presente y futuros (que espero lean esta página o me veré en la penosa situación de obligarlos), las experiencias, a veces no tan sublimes, detrás de la preparación de manuscritos científicos.

Trataré entonces de documentar, “día” a “día” (lamentablemente no puedo escribir sobre una base diaria, pero cuando lo hago no puedo parar), los pormenores de un paper que, hoy 9 de enero de 2014, estoy a punto de empezar a escribir con unos colegas.

No puedo prometerles que el paper se publicará, pero les aseguro que utilizaré, con mis coautores, todo nuestro “instinto salvaje” para conseguir que las ideas que intuimos y creemos demostrar ciertas, vean la luz en un Peer Reviewed Journal.

Antes de comenzar algunas reglas elementales:

  • Por respeto a mis co autores no puedo revelarles todos los detalles científicos del paper y tampoco obviamente los nombres de mis co autores.  Es decir, esta página no es un “diario de investigación”, que es una estrategia muy en boga en la ciencia y que yo apreció considerablemente (tengo mis propios diarios de investigación que pueden consultar aquí: http://astronomia.udea.edu.co/facom)
  • Lo importante es la historia del desarrollo del manuscrito.  Las cosas curiosas o divertidas, las dificultades inesperadas, las soluciones imprevistas a los problemas propios del desarrollo de las ideas, las discusiones con coautores, etc.  Les prometo hacer el diario lo más ameno posible.  De nada me sirve contarles sobre el cambio de tamaño de letra en las etiquetas de una figura sugeridas por uno de los coautores.  Pero tampoco exagerar el proceso para hacerlo parecer un “paseo de olla” (como decimos en mi tierra)
  • Los detalles completos del paper los revelaré solo hasta que tengamos el visto bueno del editor para realizar un proceso de revisión conducente a la publicación (esto ocurre normalmente después de la primera respuesta de los pares evaluadores).  Bueno, si es que llegamos a este punto.  Algunos papers pueden morir antes siquiera de ser sometidos.  Si esto pasa también se los haré saber.  Ahora bien lo anterior, revelar los detalles del paper, dependerá también de la autorización total de mis co autores.
  • La numeración de los días o semanas no será consecutiva.  Como ya dije no puedo escribir a diario (a veces ni siquiera puedo hacerlo por semanas; las ocupaciones docentes y administrativas no dejan).  “Día 5” no será el quinto día desde que comencé, sino el quinto día de trabajo real en el paper.
  • No les garantizo que el paper se publique.  Es el riesgo que todos los científicos corremos al emprender una empresa de esta naturaleza.  Por suerte no todo se publica.  Si así fuera la ciencia sería como un gran periódico de todos los laboratorios científicos del mundo.  Ahora bien, escribir un paper que no logra publicarse es también una historia que vale la pena contar.  Diría (y me corregirán mis colegas, si es que hay alguno que haya llegado hasta aquí) que esa es la historia del aproximadamente el ~30% de los papers que se escriben (un porcentaje que va disminuyendo a medida que tienes más experiencia y descubres cuáles ideas valen la pena desarrollar porque estas seguro, verán la luz al final del túnel)

Espero que disfruten de esta “novela”, que como muchas otras, suceden en secreto cada día en todos los rincones del planeta en los que se esta haciendo ciencia.

Espero que después de leer este diario, la próxima vez que lean un paper ajeno o escuchen una noticia del tipo “científicos de NASA han descubierto que…”, entiendan mejor el “drama” humano y profesional detrás de estos pequeños logros que van creando la telaraña de la ciencia en la que quedan atrapados y revelados los secretos más fascinantes del Universo.

Una confesión final: me he animado a escribir este diario porque es una manera para romper con la inercia propia del comienzo de cualquier empresa como esta.  Sabes que debes arrancar, pero el desconsuelo de saber todo el trabajo que te espera hace que lo aplaces: un síntoma clásico del procrastinador crónico.  Una vez en movimiento, empiezas a disfrutarlo y te olvidas de lo difícil que fue comenzar.  Pero siempre necesitas un empujón y este es el mío.

Para ver el diario del paper y las últimas actualización vaya a este enlace

La Novela Periódica

No hay mejor regalo para una persona que no esta acostumbrada a leer libros de corrido que un buen libro con el que pueda obsesionarse y leer en un par de sentadas.  La Cuchara Menguante es uno de esos libros.

[La Cuchara Menguante] es “[…] toda una obra de arte de la divulgación científica!” 
Diciembre 27 de 2013
http://bit.ly/trino-cuchara-menguante

Portada de la Edición en Español de la Cuchara Menguante

Portada de la Edición en Español de la Cuchara Menguante

Si quisieras contar una historia científica en modo novela, llena de personajes reales, historias truculentas de envidia y ambición, aventuras, romance, etc. pero manteniendo al mismo tiempo el tono informativo y fascinante de la divulgación científica, ¿sobre qué escribirías?

El físico Sam Kean encontró la respuesta: la Tabla Periódica.

Pero una cosa es reconocer que la enorme diversidad química y física que encierran los ciento y cacho de elementos químicos descubiertos a la fecha puede ser fuente de cientos de páginas de buena divulgación, y otra, es tener la madera literaria y científica para hacerlo.

La Cuchara Menguante es el resultado: 405 páginas de buena divulgación y una lección de física y química que envidiaría el mejor de los maestros de ciencias.  Lo que soy yo nunca volveré a pasear por las filas y columnas de ese “crucigrama cuántico” sin recordar con placer las historias que Kean recopila magistralmente en este libraco.

¿Qué más se puede decir? Léanlo, no pierdan el tiempo con esta entrada de blog, que no le puede hacer justicia a este libro exquisito.

Para los que no están convencidos todavía, les dejo aquí un anticipo de lo que son algunas de los datos y las historias más fascinantes que encontré entre sus páginas y que tuve la oportunidad de trinar como alma sin consuelo entre la última semana de diciembre de 2013 y la primera de enero de 2014, durante la que tuve la suerte de leer el libro entre filas en supermercados, interminables horas en piscina o mientras esperaba por algo de sueño en los insomnes días de las vacaciones.

Para empezar, la estructura del libro ¡Genial!  ¿Cómo contarías la historia de la Tabla Periódica? ¿Comenzarías desde los antiguos griegos especulando sobre la composición del mundo hasta llegar al descubrimiento de elementos químicos de los que no se han creado sino un puñado de átomos en el laboratorio? ¿navegarías por las filas y columnas de la tabla describiendo las historias de cada elemento químico? ¿contarías la historia del descubrimiento de algunos de los elementos más interesantes?

La Cuchara Menguante ofrece una solución ingeniosa: armar el esqueleto de esta “novela” alrededor de las historias, en lugar de los elementos químicos mismos.  En lugar de un recuento en orden cronológico (aunque es obvio que algunos capítulos finales se producen en las postrimerías del siglo XX y principios del XXI) o de una descripción pormenorizada elemento por elemento, Sam Kean arma su “novela periódica” enfocándose en temas como la guerra, la política, el origen de los elementos, los venenos, la vida, etc.

El nombre de los capítulos del libro lo dicen todo: “la geografía es destino”, “la genealogía de los elementos”, “los galápagos de la tabla periódica”, “los elementos de la guerra”, “se extiende la guerra fría”, “de la física a la biología”, “el pasillo de los venenos”, “tómese un par de elementos y llámeme por la mañana”, “elementos y dinero”, “la ciencia de las burbujas”, “instrumentos de ridícula precisión” y así continúa la lista (que a propósito no se encuentra en ninguna parte; la edición en español publicada por Planeta, extrañamente no tiene Tabla de Contenido)

Estos son algunos “¿sabías que…?” que no había encontrado en otro libro y que La Cuchara Menguante me regalo estas vacaciones:

  • ¿Sabías que si le quitas a un gas noble (Helio, Neón, Xenón) un protón y un electrón se convertirá en un gas energético y reactivo (Fluor, Cloro, Bromo, Yodo) y si le agregas lo mismo obtendrás un metal explosivo (Sodio o Potasio)?
  • ¿Sabías que el “Carborano”, un ácido hecho de Carbono y Boro, es el ácido más fuerte descubierto?: su PH es de -18 lo que implica que es unas 10 trillones de veces “mas ácido” q’el ácido gástrico cuyo PH es de +1.
  • ¿Sabías que el Silicio y el Carbono se parecen tanto que el uno podría reemplazar al otro en las moléculas de la vida casi sin que lo notáramos?… bueno, excepto porque si el Silicio fuera tan bueno, la vida en la Tierra estaría basada en este elemento que es 250 abundante que el Carbono en la corteza de la Tierra.  Pero la vida prefirió al escaso Carbono.  Por algo será.  De otro lado si el Carbono del CO2, un gas fundamental para la vida, fuera reemplazado por el Silicio, formaría una sustancia sólida, el SiO2 (o sílice, la componente más importante de la arena) que sería incapaz de absorberse y liberarse con facilidad en los fluídos de los que estaría hecha una silicea forma de vida.
  • ¿Sabías que (siguiendo con el Silicio) la proporción Silicio:Carbono en la vida decrece a medida que la vida se hace más compleja?  En la corteza de la Tierra la proporción es 250:1, en el humus (la materia orgánica del suelo) es 15:1, en el Plancton (el pasto y los “insectos” de los océanos) la proporción es 1:1, en los helechos 1:100 y en los mamíferos (incluyéndonos) 1:50000 [dicho sea de paso que, con el advenimiento de los dispositivos móviles y si incluímos los accesorios que visten algunos mamíferos esta última desproporción Silicio:Carbono se esta equilibrando]
  • ¿Sabías que capturar Nitrógeno (un elemento fundamental para formar casi todas las moléculas importantes de la vida) es para todos los organismos en la Tierra un reto muy difícil?.  El Nitrógeno es gaseoso y no es fácil capturarlo en esa forma.  Las sarracenias y las atrapamoscas son plantas que han encontrado una solución ingeniosa: capturan insectos para quedarse con su Nitrógeno.
  • ¿Sabías que si se rociará la Tierra con Cobalto-60, de modo que cada metro cuadrado contuviera tan sólo 1 gramo de este isótopo, toda forma superficial de vida en la Tierra moriría por la exposición a los rayos gamma productos de su desintegración radiactiva?
  • ¿Sabías que en los años 50 y 60 los químicos y físicos crearon elementos químicos que solo existieron por unos breves instantes al principio del Sistema Solar y que no habían estado por aquí en más de 4,500 millones de años?  El único sistema natural con la misma capacidad para fabricar elementos tan inestables es una Supernova de colapso estelar ¡vaya logro del intelecto humano!
  • ¿Sabías que el Cobre y sus aleaciones se usan en monedas y barandas públicas porque es un elemento autoesterilizante?: mata las bacterias para las cuales el metal es un poderoso veneno sin que lo sea para nuestros propios tejidos.
  • ¿Sabías que en toda la corteza de la Tierra que tiene ~3200 trillones de kilogramos hay solamente 7 kilogramos de Plutonio y 30 gramos de Francio?
  • ¿Sabías que el Berilio sabe a azúcar y el Telurio a ajo y la razón de ello es que engañan a las células responsables de identificar estos sabores en nuestra lengua?
  • ¿Sabías que los iones positivos de los metales que forman las denominadas “sales” son detectados por nuestra lengua y producen el inconfundible sabor de “salado”?  Es decir cuando algo es salado no es que sepa a Sodio y Cloro, sino que sabe a la carga positiva del Sodio.  Lo mismo con otras sales (el mar por ejemplo contiene gran cantidad de sales minerales diferentes al Cloruro de Sodio, que consumimos con la comida, e igual nos sabe a salmuera; hagan la prueba ¡lamiendo una roca!)
  • ¿Sabías que el sabor ácido es en realidad sabor a protones?  Las células sensibles de nuestra lengua son capaces de detectar la presencia de iones de Hidrógeno (es decir protones) y de esa manera crean el inconfundible sabor de por ejemplo los limones.
  • ¿Sabías que usando isótopos trazadores radioactivos se descubrió que una molécula de agua pasa en el cuerpo humano en promedio tan solo 9 semanas antes de ser reemplazada por otra?
  • ¿Sabías que el metal más costoso no es ni el Oro, ni la Plata, ni el Aluminio (como veremos adelante) sino el Rodio?  En 1979 Paul McCartney recibió un disco de Rodio por ser el cantante vivo que más discos había vendido en la historia.
  • ¿Sabías que hasta 1886 el Aluminio fue un metal precioso? Napoleón ofrecía cubiertos de Aluminio a los invitados especiales. A los demás les permitía usar la grosera cubiertería de Oro.
  • ¿Sabías que el nombre de los gases nobles “Neón”, “Xenón”, “Kriptón” hacen referencia a “cosas extrañas” (“Nuevo”, “Extranjero” y “Críptico” respectivamente)?
  • ¿Sabías que los gases nobles se caracterizan porque no forman compuestos químicos?.  Estos elementos no se alían ni con sus pares ni con otros elementos químicos.  Sin embargo físicos y químicos han creado el compuesto más inestable de la historia: el Flurohidruro de Argón.  Un compuesto que existe sólido a 265 grados bajo cero y que con solo “pensar en él” se descompone.
  • ¿Sabías que la física ha reconocido muchas otras fases de la materia distintas de los aburridos sólido, líquido y gaseoso?  También existen el plasma, el superconductor, el superfluído, los “super átomos”,  el plasma de quark y gluones, incluso el vacío (este no estaba en la Cuchara Menguante pero sí en otro fascinante libro del que les hablaré en alguna ocasión).  El más raro de todos podría ser el “condensado de Bose-Einstein” creado solo recientemente en el laboratorio.
  • ¿Sabías que en un Condensado de Bose-Einstein, átomos de Rubidio son enfriados a una temperatura tan groseramente baja que su velocidad promedio es tan solo de algunos milímetros por segundo?  Tan baja es la velocidad que obedeciendo al principio de incertidumbre de Heisenberg (entre más precisa es la velocidad menos cierta es la posición) el lugar de los átomos se hace tan incierto que todos ellos se “superponen” formando un solo “átomo efectivo” que podría incluso ser visto al microscopio.

Pero lo que hace más fascinante al libro son sus historias con protagonistas humanos, buenos y malos, famosos y anónimos, todos relacionados con el descubrimiento de los elementos químicos tabulados en este crucigrama cuántico.

Me sorprendió saber por ejemplo que Enrico Fermi, uno de los más grandes físicos del siglo XX, murió a los 53 años de Neumonitis por aspirar polvo de Berilio utilizado en sus experimentos sobre la fisión nuclear ¡muerto en su salsa! podríamos decir (con crueldad).  El mismo Fermi que recibió el premio Nobel, lo hizo después de anunciar que había descubierto nuevos elementos químicos.  La realidad era otra: lo que había descubierto eran los subproductos de la fisión nuclear, elementos convencionales que nadie esperaba encontrar allí.  Es decir, uno de mis ídolos científicos recibió un Nobel por un descubrimiento que no hizo  ¡vaya decepción!

La familia Curie tiene lo suyo en esta historia novelada de la ciencia.  La madre, la gran Marie Curie, ganadora de dos premios Nobel, uno de química, por el descubrimiento del Polonio y otro de física, murió de Cáncer de Ovario a los 63 años después de una vida dedicada a la investigación sobre la radioactividad.  Pero Marie no era una “nerd” cualquiera.  Después de enviudar se cuenta que tuvo sus amoríos con un hombre casado, el famoso físico Paul Langevin.  De ella también se cuenta que se encerraba en un armario con colegas para mostrarles la fluorescencia de algunas sustancias radioactivas.  Entre esos colegas se encontraba el no menos famoso J. J. Thomsom o Lord Kelvin, el Einstein del Siglo XIX y quien nunca se trago esas historias sobre la transmutación de los elementos químicos (no se cuenta si le pareció convincente la demostración de la inquieta Curie).  Otro colega que se metió con la Curie en el clóset recibió una dura reprimenda de su esposa por andar con una mujer que ya tenía cosechada una fama de quita maridos.  Mas triste en la historia de los Curie es la de la hija de la pareja, Irene Juliot-Curie que murió a los 59 años después de inhalar un poco de Polonio, el mismo elemento que le dio a su madre el premio Nobel.

Un Niels Bohr que parece haber robado una idea a un químico de menos prestigió, un Mendeleev con una personalidad que desconoceríamos en un hombre con el lugar que tiene en la historia, un Ernst Rutherford que pronunció la frase de “en la Ciencia solo hay física, lo demás es filatelia” para ganar después el premio Nobel de Química ¡Ja! Un Crick y un Watson que usaron los resultados de una mártir de la ciencia para adelantar su hipótesis de la estructura de doble hélice del ADN, grandes hombres de ciencia que creían que podría mejorarse la especie desanimando a los pobres y a los menos dotados para que se reprodujeran.  Todo al mejor estilo de un novelón Mexicano.  ¿Quién iba a creer que la Tabla Periódica, la compañera inseparable de todos los estudiantes del mundo que tienen en ella el único recurso al que pueden apelar en un examen, tendría por dentro tanto de ancho, de largo como de profundo?

Con el temor de haberlos agotado demasiado para iniciar la lectura de este maravilloso libro, les dejo finalmente una sola conclusión: no se debería volver a dar una clase de física moderna o de química sin haber leído La Cuchara Menguante.

Lo que soy yo haré que mis estudiantes de Astronomía y de Física lo lean sin falta antes de graduarse.

Recomendación final: hagan una copia de las Notas al final del libro, para que las tengan a la mano mientras lo leen.  Son 40 páginas de notas tan o mas interesantes que el contenido del libro. 

Nota mental: solo me queda una tarea, averiguar por qué el libro se llama así (La Cuchara Menguante o Disappearing Spoon en inglés).  Si alguien lo sabe deje su comentario.

Advertencia: algunos de los datos provistos en esta entrada pueden ser imprecisos.  Mi intención no era serlo completamente sino animarlos a leer el libro.  Excúsenme si he errado nombres o cifras y por favor indíquenlo en los comentarios abajo.

Actualización (Enero 9 de 2014).  Gracias a Cristiam Santa (ver comentarios abajo) por dilucidar el “misterio” del nombre del libro.  Todo el tiempo estuvo delante de mis narices y no lo ví.  Lo siento.  Lamentablemente una búsqueda trivial en el libro de la palabra “cuchara” no funciona.  La palabra que aparece rodeando el truco del Galio en la página 63 es “cucharilla”  ¡Les fallé como investigador literario y como científico!

Navegador de artículos