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Los números de Chernóbil

Esta de moda Chernóbil (otra vez).  Una nueva serie producida por HBO que se estreno apenas hace un mes, ha revivido de nuevo una radiofobia colectiva, es decir, ese temor, casi atávico, por el enemigo invisible de las “radiaciones ionizantes”.  Mucho se ha hablado del más grave accidente nuclear de la historia en estos 33 años; algunos han querido minimizar sus efectos y otros los han exagerado extraordinariamente (principalmente medios de comunicación, organizaciones antinucleares y naturalmente la población general.)  Pero para entender realmente la dimensión de la “amenaza nuclear”, los efectos pasados, presentes y futuros de Chernóbil (y de otros accidentes nucleares), hay que entender los números detrás de ellos.

“Ahora que vemos la serie Chernobyl de @HBOLAT, algunos números interesantes sobre la exposición a radiación: 1 Sievert (Sv) es la unidad moderna de radiación total recibida (=1 J/kg), 1 Roentgen (R) la unidad mencionada en la serie equivale a ~0.01 Sieverts (Sv) o 10 mSv
Junio 2 de 2019
http://bit.ly/trino-chernobil

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Como dice el refrán (y si no dice, debería) “los números harán tu vida mejor.”

Es muy distinto decir “el terremoto que sacudió a Japón en 2011 desvío el eje de rotación de la Tierra” a expresarlo como “durante el sismo de magnitud 9.2 al frente de la costa de Japón en 2011, el norte geográfico se desplazo 0.0000001% de su posición.”  ¿Notan la diferencia?

También es muy distinto afirmar que “el bosque alrededor de la planta de Chernóbil todavía es radioactivo”, a expresarlo en términos de “el nivel de radiación en la plaza de la abandonada Pripyat, a 5 km de la planta de Chernóbil, es aproximadamente de 1000 nSv/h, lo que equivale a 5 veces el nivel de radiación ambiental en la ciudad de La Paz (Bolivia)”

Yo sé que no a todos nos gustan los números. La verdad es que los seres humanos somos casi todos malos para manipularlos; simplemente hay unos que lo hacen más frecuentemente que otros. Pero tampoco nos gustan las verduras e igual nos las comemos. Así que ¡manos a la obra!

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Actividad, exposición y dosis

Para entender a Chernóbil, hay que conocer tres conceptos simples: actividad, exposición y dosis.

Se llama actividad al número de átomos, en un material radioactivo, que se descomponen en un segundo.

Si solo se descompone 1, decimos que la actividad es de 1 Becquerel (1 Bq=1 descomposición por segundo).

Normalmente, cuando lidiamos con sustancias radioactivas (como parte del Potasio en los bananos, ¡sí¡ los bananos contienen sustancias radiactivas) el número de desintegraciones es de miles de millones.

Los físicos entonces hablan de una actividad de 1 Curio, para referirse, sin muchas palabras, a 37 mil millones de desintegraciones por segundo (1 Ci = 37000000000 Bq).

A las personas que tienen cáncer de Tiroides se les administra Yodo radioactivo (¡si! una sustancia radiactiva se usa para curar).  Una dosis típica contiene Yodo suficiente para producir 100 mCi (mili Curios), es decir 100 milésimas de Ci.

¿Es eso mucho o poco? Digamos que no es normal.  Si fuera bueno, te lo darían en las hamburguesas.

Los médicos nucleares (¡sí! hay médicos nucleares) saben que si una persona toma más de 600 mCi de Yodo radioactivo en su vida (las centrales nucleares y otros procesos pueden producir este tipo de Yodo y descargarlo en la atmósfera), posiblemente esta intoxicada con radioactividad.

Hasta ahora todo fácil ¿no?

Pero ¿cuántos son los Curios de Chernóbil?

Los lugares más contaminados en 1996 alrededor de la planta destruída, tenían “suficientes elementos” radiactivos para producir 400 mCi por cuadra (un área de 100 por 100 metros).  Es decir, incluso si barrieras el campo de un estadio, no recogerías suficientes elementos radioactivos como para intoxicarte.  Bueno, aunque tampoco estarías a salvo.

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Exposición

Una cosa es que hayan elementos radiactivos y otra que hagan algo.

El efecto normal que la luz invisible (rayos X y gama) y las partículas (electrones, positrones, protones, neutrones y núcleos de Helio o partículas alfa), emitidas por los elementos radioactivos producen sobre la materia circundante (aire, agua, vacas, gente, etc.) es la de ionizar los átomos y moléculas de las que están hechas.  En condiciones normales, esos mismos átomos y moléculas son neutros y realizan sus funciones porque lo son; si están ionizados pueden haber problemas (cáncer, mutaciones, muerte celular, etc.)

Es por esto que decimos que la radiactividad produce “radiaciones ionizantes” y es a las radiaciones ionizantes a lo que le tememos cuando pensamos en lo nuclear (radiofobia).

La medida de cuánto puede la radiación ionizar el aire se expresa en una unidad que escuchamos con frecuencia en la serie de HBO: los Roentgen (si no la han escuchado cuando la vean por segunda o tercera vez, sé que lo harán; pongan más atención).

1 Roentgen de radiación produce cerca de 300 micro Coulombs de carga en 1 kilo de aire.  Pero ¡¿qué demonios es eso?!  No es muy importante saberlo; bastará con decir, por ahora que los lugares más peligrosos alrededor del núcleo del reactor expuesto de Chernóbil, al menos durante los días siguientes a la emergencia, registraban niveles de radiación cercanos a los 10000 Roentgen.

Muchos de los detectores con los que contaban los empleados, no podían medir más allá de unos 10 R, por lo que al principio las autoridades del reactor subestimaron (como vemos en la serie) la gravedad del desastre.

Fue solo cuando llegaron los primeros bomberos, y que fueron expuestos seguramente a entre cientos y miles de Roentgen mientras apagaban el incendio, que empezaron los peores efectos de la radiación a sentirse.

¿Cuántos Roentgen marca hoy Chernóbil?  Más de 30 años de medicina nuclear, nos han enseñado que la exposición no es la mejor manera de medir los potenciales efectos biológicos nocivos de la radiación.  Existe una cantidad mejor.

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Dosis

Una manera de medir la radiación ionizante, distinta a la capacidad que tiene para ionizar el aire (nuestros cuerpos no están hechos de esa sustancia), es decir una manera distinta de hacerlo con Roentgens, es determinar la cantidad total de esa energía que puede absorberse en la materia expuesta a ella.  A esta cantidad la llamamos “dosis”.

La dosis se mide en Grays (Gy), siendo 1 Gy igual a 1 Julio de energía absorbida (aproximadamente 4 calorías) por cada kilogramo del cuerpo en cuestión.

Cuando se desintegra un átomo, puede producir distintos tipos de radiación ionizante (recuerde, luz invisible y partículas).  Cada una de ellas produce efectos nocivos diferentes sobre el organismo.  Las más dañinas normalmente son las más rápidas (neutrones rápidos) y las más pesadas (partículas alfa).

De modo que expresar la radioactividad en Curios (desintegraciones por segundo) no ayuda, sino indicamos qué tipo de partículas están implicadas y cuánta energía por cada partícula es emitida.  Tampoco ayuda del todo expresarla en Grays.  Un Julio de energía de rayos gama depositado en el cuerpo humano producirá un efecto casi 10 veces menor que el que produce el mismo Julio de energía pero de neutrones veloces.

Por esta razón (y aquí llegamos al final de la enumeración de nuestras unidades), en años recientes se ha introducido un nuevo patrón, el Sievert, capaz de cuantificar el “daño” producido sobre el organismo, ajustado por el tipo de partículas que lo produce.

Así 1 Gy de rayos gama (1 Julio de rayos gama absorbido por kilogramo) corresponde (por definición) a 1 Sievert.  Pero 1 Gy de partículas alfa, corresponde en realidad a 20 Sieverts.

¿Ya se enredo?  No espero que entienda todo; pero al menos que sepa que 1 Sievert es en realidad una cantidad muy peligrosa de radiación ¡aléjese!

De los Sieverts a la realidad de Chernóbil

Llegados a este punto tenemos todos los elementos cuantitativos para juzgar en su justa medida a Chernóbil, Fukushima y todos esos mensajeros del apocalipsis que los medios y algunos activistas antinucleares nos han querido vender.

Para juzgar qué tan grave es una cierta dosis de radiación, hay que tener en cuenta los efectos biológicos que han sido observados a lo largo de décadas de investigación teórica y experimental en medicina nuclear.  Algunos de estos efectos no solo se han estudiado en el laboratorio o en entornos clínicos; los mismos desastres nos han enseñado a valorarlos de forma más realista.

Para empezar debemos distinguir entre una exposición única a radiación ionizante y la exposición continuada a ella (por períodos de días a años.)  Naturalmente las dos están relacionadas.

Así por ejemplo, si por alguna razón te expones por un período breve de tiempo (unos minutos) a 1 Sv de radiación, quizás no sientas nada inmediatamente.  En unas horas, sin embargo, sentirás desagradables efectos físicos, nauseas, mareo, tal vez fiebre.   Te recuperaras de esos efectos, pero a largo plazo la probabilidad de que desarrolles algún tipo de cáncer asociado específicamente con esta experiencia será de alrededor de un 5%.

¿Cuánta radiación recibieron los primeros bomberos que llegaron a Chernóbil? Posiblemente unas decenas de Sv.  Precisamente por eso murieron unas horas a varios días después de esta severa exposición.

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En total 31 personas murieron en Chernóbil, incluyendo bomberos y empleados de la central (aquellos que vemos en la serie bajando a los alrededores del reactor destruído para tratar de encender las bombas de agua), por estar sometidos a niveles muy altos en las horas siguientes al desaste.

600 000 personas, los liquidadores, trabajaron en los siguientes meses y años para mitigar los graves efectos ambientales del desastre.  Se ha calculado que la dosis más alta recibida por los liquidadores más expuestos fue de 0.3 Sv (o 300 mili Sieverts, mSv.)  En promedio, sin embargo, estos 600 000 héroes anónimos, recibieron 100 mSv y los menos expuestos apenas absorbieron 5 mSv.

¿Murieron todos? ¡falso!

Para empezar, y como vimos antes, si bien 0.3 Sv (la máxima exposición recibida por los liquidadores) pueden ser suficientes (dependiendo de la persona) para producir algún malestar, es muy improbable que te mate en el corto de plazo.

La cifra exacta de personas que murieron por los efectos de la radiación después del desastre se desconoce.  Lamentablemente, el desastre ocurrió en un tiempo y un país en el que el seguimiento cuidadoso de todos los implicados era difícil.

Usando distintas fuentes de evidencia, la OMS y la ONU han calculado que el número total de muertos fue poco más de 9000.  Investigadores independientes han estimado que la cifra podría ser tan alta como 60 000.  Cualquiera que sea la verdad, es claro que no fueron millones.

¿Y los “niños mutantes” que nacieron después del desastre?  Los estudios epidemiológicos muestran que si mujeres embarazadas se exponen por una sola vez a 300 mSv, no hay mayores riesgos sobre el desarrollo del feto (distinguibles de otros efectos más comunes).

La dosis promedio de los habitantes de la zona cercana al desastre y que fueron trasladados a otras ciudades, fue de 10 mSv, muy por debajo del umbral para efectos nocivos sobre el embarazo (una exposición total de 50 mSv es considerada segura para un trabajador en el sector de la energía nuclear).

¿Y el cáncer? ¡mucho más difícil de cuantificar!  Los únicos datos fiables parecen indicar un incremento en un factor de 2-3 en la tasa de cáncer de tiroides entre las personas que eran niños durante el tiempo del accidente y que posiblemente tomaron leche contaminada con Yodo radioactivo y otros isótopos.

Aparte de eso y en la ausencia de estudios epidemiológicos anteriores a Chernóbil en esa misma zona, no se puede saber si las muertes por cáncer que se han producido entre los habitantes de la región, incluso entre los liquidadores, se produjeron por la exposición a radiación o por otros factores (contaminación ambiental, cigarrillo, obesidad, etc.)

Los epidemiólogos han calculado, por ejemplo, que fumar produce un riesgo de cáncer equivalente a una exposición de 1 Sv.  Ser obeso, 300 mSv.  Incluso ser fumador pasivo es casi tan “peligroso” como exponerse de súbito a 150 mSv, que es igual al riesgo que corren los que no comen vegetales.

Chernóbil ¿inhabilatable?

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Una cosa es recibir una dosis de radiación de golpe.  Otra muy distinta es dejar radiactividad regada por todas partes en miles de kilómetros cuadrados.  Ese, dice, la mayoría es el peor crimen de Chernóbil y con ello (generalizan) el riesgo de seguir usando la energía nuclear y exponernos a futuros accidentes.

Pero evaluamos con números, esta afirmación.

¿Cuál es realmente el nivel de radiación remanente en Chernóbil? ¿es realmente imposible volver a vivir en la denominada zona de exclusión (una región con cerca de 35 km de radio)?

Cuando hay una fuente permanente de radiación ya no se usa la dosis total, sino una “tasa” o “nivel” de dosis (dosis por segundo, por hora, por día, por año, etc.)

Aunque sea difícil aceptarlo, estamos sometidos todo el tiempo a radiación ionizante que no tiene como fuente ningún desastre nuclear pasado o presente.  Esta radioactividad es producida por isótopos presentes en las rocas con las que construimos nuestros edificios (ej. Uranio y Torio), en nuestros alimentos (Yodo, Carbono, Potasio) y en el aire que respiramos (ej. Radón).

La dosis que recibimos de estas fuentes ambientales depende de dónde vivamos.  Así por ejemplo, en Medellín (la ciudad en la que vivo) y en ciudades situadas a una altura similar sobre el nivel del mar (1500 metros), la dosis es de unos 70 nSv/h (nano Sieverts por hora).  En La Paz (Bolivia) asciende a unos 120 nSv/h, y en el lugar con los niveles de radiación ambienta más altos (Ramsar, cerca al mar Caspio en Irán), alcanza los 2000 nSv/h.  El promedio mundial se estima en unos 300 nSv/h.

Dado hablar de Sieverts, nano Sieverts, etc. no es tan fácil, especialmente para los que no han leído este blog (¡ustedes ya se salvaron!), se ha sugerido entre los expertos desde hace un par de décadas, usar, como medida del nivel de radiación, el tiempo de exposición a la radiación ambiental promedio que tendrías que acumular para igualar una cierta dosis.

Me explico.

Como habíamos mencionado antes, la dosis recibida en promedio por los habitantes alrededor el desastre de Chernóbil fue de 10 mSv.  Para conseguir esa dosis, solo por exposición a la radiación ionizante ambiental, harían falta 4 años.  Es decir, los habitantes de la zona, en tal vez un par de días, “envejecieron radioactivamente” 4 años.

Obviamente los efectos de una dosis de radiación obtenida en un breve período de tiempo no son los mismos que una exposición continuada a un nivel de radiación muy baja.  Pero la comparación ayuda.

Prueben ahora con estos datos.

La máxima dosis recibida en la población de Fukushima durante el peor momento del desastre de la planta nuclear en esta zona en 2011, fue el equivalente a 13 años-equivalentes del fondo de radiación (13 años en unas horas o días).

Los liquidadores más expuestos de Chernóbil recibieron 100 años-equivalentes durante solo varios meses.

Si alguien se parará hoy debajo del reactor de Chernóbil para tomar una foto por solo 1 minuto, al material fundido del reactor (la denominada pata de elefante o el “coronium”), recibiría la dosis de 10 años-equivalentes.

Pero volvamos a la habitabilidad de Chernóbil.

Algunos estimativos (claramente exagerados) estimaban que Chernóbil no podía habitarse durante 26000 años (!)  Para estimar o (mejor desestimar) esta conclusión, basta que conozcamos los niveles actuales de radiación en la zona alrededor del reactor.

En esta página se reporta permanentemente las dosis que recibiría quién visitará la “peligrosa” zona de exclusión (y que reciben algunos habitantes que regresaron a la zona y no han muerto, además de toda la flora y fauna que hoy abunda en la región).

Como vemos, el nivel de radiación en la mayoría de los sitios es mayor a unos cientos de nSv/h.  Es decir varias veces mayor que la recibida en la ciudad de la Paz (Bolivia).

A unos centenares de metros del edificio del reactor (que hoy esta además cubierto con un moderno “sarcófago” de acero), el nivel de radiación no es mayor que 10 000 nSv/h, es decir, comparable con algunos de los sitios que tienen los más altos niveles de radiación ambiental en el planeta.

Ciertamente los niveles presentes están muy por debajo de los niveles considerados riesgosos para la salud.  Así por ejemplo. Si montarás una carpa en la zona adyacente al edificio del reactor, y permanecieras allí durante un día, recibirías una dosis total de 0.24 mSv, que es 100 veces menor que los límites de seguridad en la industria que maneja radiaciones ionizantes.

¿Entonces?

Esto no significa que deberíamos empezar a hacer encuentros de Boy Scouts en Chernóbil; o que debamos convertir algunas de esos miles de kilómetros cuadrados en tierras productivas para la agricultura (desplazando lobos, águilas y bisontes en peligro de extinción que han encontrado allí un nuevo paraíso terrenal sin los dañinos humanos); pero inhabitable, inhabitable, las tierras de Chenóbil no son.

Una comparadora de dosis

Preparando este blog me propuse hacer mi propia calculadora, que decidí llamar más apropiadamente “comparadora” de dosis de radiación ionizante.  No es nada que requiera mucho ingenio o inteligencia, pero tampoco se hace en un par de minutos.

En este enlace encontrarán la “comparadora”, que no es otra cosa que una hoja de cálculo (como las que se hacen en Excel) pero que puede usarse en Internet.  Para usarla, necesitan solamente una cuenta en Google.

Advertencia

Hablar del desastre de Chernóbil y sus consecuencias medio ambientales y humanas, radiaciones ionizantes, riesgo nuclear, contaminación por isótopos radioactivos, efectos de las radiaciones ionizantes sobre la salud, etc, etc. nunca es fácil.

Es posible que haya cometido algunos errores en esta entrada y agradecería al lector juicioso o informado que me lo hiciera saber en los comentarios.

Sin embargo, espero que la iniciativa implícita en este esfuerzo, rinda sus frutos: ponerle números a Chernóbil y a la supuesta amenaza implícita en la explotación de la energía nuclear, es mejor que describir cualitativamente unos peligros que tal vez no son tan graves.

Que cada quien, sin embargo, ¡interprete los números como mejor le parezca!

Algunas fuentes:

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Cosmovisiones

Hace carrera la idea, difundida en mi buen saber y entender por antropólogos, otros científicos sociales y en general simpatizantes de un “hiperrelativismo” cultural a ultranza, de que las ideas que tenemos hoy sobre el “mundo”, su estructura, origen y evolución, especialmente aquellas que nos vienen de la ciencia, son productos de una “cosmovisión eurocentrista”, de la educación “hegemónica” en las ideas que nacieron solo en esa parte del planeta.  De que existen otras cosmovisiones, especialmente las originales de América, que debemos conocer, respetar y sobre todo aceptar como “cosmovisiones” alternativas, válidas para los pueblos que las sostienen.  ¡Pamplinas!.  Ni existe hoy esa tal “comovisión eurocentrista” que nace en la ciencia, ni las cosmovisiones amerindias merecen un estatus siquiera similar a los logros increíbles (y aculturales) de la ciencia.  Aquí defiendo esta “impopular” posición.

“No, no es cierto; la ciencia no da una ‘cosmovisión eurocentrista’ del universo. Por primera vez en 6,000 años CONOCEMOS al universo como es a través de la ciencia; sin sesgos o ataduras culturales. ¡No me vengan con eso de que hay que conocer y respetar otras ‘cosmovisiones’!
Noviembre 30 de 2017
http://bit.ly/trino-cosmovision

Representación artística de la cosmovisión de los pueblos de los andes. Tomado de: http://bit.ly/2zX9YwV.

Comencemos por un extracto que he tomado sin autorización de esta página, y que describe (brevemente) la cosmovisión del pueblo Emberá que ocupa territorios en Colombia y Panamá:

Historia 1. “Hay tres mundos: el de arriba (bajía), donde están Karagabí (la luna y padre de Jinopotabar) y Ba (el trueno); el de los humanos, que es la tierra (egoró), donde viven los Embera; y el de abajo (aremuko o chiapera), al cual se llega por el agua y es donde viven los Dojura, Tutruica, Jinopotabar y los antepasados y se originan los jaibaná (sabios tradicionales)“.

No hay duda de que se trata de una bella y diría yo (son mis palabras) romántica concepción del mundo que rodea a esta cultura tradicional de mi país.  Estoy seguro también que no muchos Embera nacidos en el siglo XXI la consideren una descripción literal del mundo (¿o si?).

Leamos ahora este otro extracto, esta vez tomado (también sin autorización) de un ensayo publicado en esta página (el original está en inglés):

Historia 2. “En el principio la gran explosión creo los cielos.  El Universo no tenía forma y era infinitesimal.  Plasma más caliente que mil soles permeaba el tejido en violenta expansión del Universo.  Las partículas estaban bien; y se diferenciaban de las antipartículas, volviéndose apenas un poco más abundantes.  Las temperaturas se desplomaron a medida que el espacio crecía y la materia y la antimateria se aniquilaba.  Casi todas las partículas fueron barridas del Universo, excepto trillones de trillones de fotones que sobrevivieron.  […] Y el Universo se enfrío otra vez de modo que los electrones pudieron orbitar los protones y el primer átomo estable nació.”

Otra bonita y romántica pieza de “poesía cosmogónica”.

Pero ¿cuál es la diferencia entre ambas? ¿hay alguna “mejor” que la otra? ¿se acerca una más a la realidad que la otra? ¿debemos intentar preservar una en lugar de la otra de su inminente desaparición? ¿es una más apropiada que la otra para mantener nuestro planeta en equilibrio? ¿es una más adecuada para unas personas y la otra para un grupo diferente? ¿tienen orígenes geográficos diferentes? ¿deberían coexistir como historias alternativas igualmente válidas?.

No estoy seguro de tener la respuesta a todas estas preguntas (algunas bastante inanes por cierto), pero de dos cosas estoy absolutamente seguro: 1) La historia 2 esta muuuuuuuucho más cerca a la realidad que la historia 1.  2) La historia 2 no fue creada por ningún pueblo, nación o religión;  es un producto areligioso, aetnico (si es que estas palabras existen) y hasta “acultural” (que debe ser un término incorrecto, puesto que la ciencia tiene también su cultura).

Este es el punto central aquí.  Es cierto que existen “cosmovisiones” en casi todos los pueblos originales del mundo.  No solo en América, también en el Norte de Europa, en Africa, Australia y hasta los remotos pueblos de las islas del pacífico.  Cada una de esas cosmovisiones ha acompañado a sus pueblos, incluso hasta el presente; ha dado a sus culturas lo que todos los humanos necesitamos: explicaciones sobre cómo se organiza y de dónde salió el mundo.  Algunos argumentan que han sido la clave de por qué esos pueblos vivan en armonía con el medio ambiente (cosa de la que no conozco ninguna prueba científica a la fecha).  Pero no nos digamos mentiras: casi ninguna de esas cosmovisiones se ha acercado siquiera someramente a la realidad.

Aplaudo con sincera vehemencia a todos los que quieren preservar de alguna manera esas cosmovisiones originales; a todos aquellos que quieren que los descendientes directos de esos pueblos, sus jóvenes (ahora “contaminados” por la “modernidad”) las recuerden, así sea como parte de su legado cultural.

Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.  “Preservarlas”, como se preserva una momia egipcia o peruana, o como se preserva un muro babilónico o un instrumento antiguo japones, no necesariamente implica admitir que tienen siquiera el más leve asomo de realidad (como tampoco preservar la momia significa admitir que esta es la manera más salubre de conservar un cuerpo en putrefacción).

¿Cosmovisión eurocentrista?

Si hay algo que me molesta más que ese “hiperrelativismo cultural”, que pretende dar estatus de “realidad en su contexto cultural” a esas cosmovisiones primitivas, a esas visiones completamente erradas del mundo, es la afirmación de que nuestra concepción presente del Universo y el medio ambiente, es producto de una “cosmovisión eruocentrista”.

¡Válgame dios! (cualquiera de los cientos de miles que hay en las culturas originales).

La ciencia, uno de los descubrimientos más relevantes que ha hecho la humanidad en 40,000+ años de historia de la mente humana moderna, es, en su definición misma, la antitesis de un “producto cultural” o un “producto étnico”, algo nacido de la tradición o sabiduría de un pueblo específico.

Muy al contrario de lo que pasa con la historia 1 al principio de esta entrada, que fue construida en el contexto de una lengua, las tradiciones de un pueblo específico y bien diferenciado de otros pueblos similares, que han coexistido en el espacio y el tiempo sosteniendo cosmovisiones diferentes, la historia 2 es el producto de la interacción de personas provenientes de decenas y posiblemente cientos de culturas diferentes.

En su construcción han participado europeos (por supuesto), chinos, indios, africanos, latinoamericanos, indonesios… “exagera usted”, dirán algunos; “es seguro que ningún japonés, por ejemplo, ayudo a construir la “cosmovisión” del Big-Bang”.  Pero sí.  Para construir la historia 2, que es un fragmento minúsculo de la historia que llamamos “Big-Bang”, fue fundamental el aporte de científicos como Makoto Kobayashi quien ayudó a entender porque existe el número de partículas elementales que existen (y que poblaron en abundancia el período inicial del Universo que conocemos como Big-Bang) y no un número diferente.

Ninguno de los científicos que ayudo a construir la historia 2 pensó en sus abuelos, en la religión de sus padres (que algunos deben practicar posiblemente), en la sabiduría milenaria de sus pueblos (que en el caso de la cultura japonesa es bien conocida).  Solo se valieron de la razón, las matemáticas y la observación sistemática y rigurosa del mundo.  Los tres pilares centrales de la ciencia.

El resultado: la mejor versión de lo que paso al principio del mundo que la humanidad como un todo ha podido construir hasta ahora.

Quienes desconocen este producto fantástico de la ciencia, están, como decimos por aquí, “miando fuera del tiesto”.   Su admiración “ciega” y (en la mayoría de los casos) posmoderna de las culturas originales parece haberlos enceguecido, haberles hecho olvidar los avances fantásticos conseguidos, especialmente en las últimas décadas, en el conocimiento del mundo.

La ciencia también es cultura

Algunos podrían argumentar que no existe en realidad ningún producto intelectual humano, ni siquiera la ciencia, que no sea “cultural” en última instancia.  Ni siquiera la ciencia, argumentaran, deja de apoyarse en ideas o preceptos antiguos, incluso en las visiones primitivas sobre el mundo de los pueblos en los que germinó la semilla de la ciencia moderna.

Según los hiperrelativistas culturales, la ciencia esta atravesada de la cultura grecorromana, con la cual no tenemos ninguna relación los que nacimos en este lado del mundo.  Los he escuchado incluso sugerir que la ciencia esta también atravesada por el “cristianismo” y otras religiones semíticas, que profesaron sus padres fundadores, desde Ibn al-Haytham, pasando por Francis Bacon, hasta el mismísimo Isaac Newton.

Nada más equivocado.

La ciencia y los científicos, es cierto, hacemos referencia permanente a la historia de este reciente descubrimiento intelectual.  A los personajes que tanto admiramos y que sí, son en su mayoría griegos, italianos, alemanes, franceses, norte americanos… sí, europeos.   También es cierto que para denotar las cosas del mundo y clasificarlas, usamos en su mayoría palabras griegas y latinas, y una que otra palabra germana.  Difícilmente encontrarán una palabra en Quechua o en algún dialecto Maya para nombrar un efecto físico, una estrella brillante o una organela de la célula.

Pero creer que por el hecho de decir “aparato de Golgi” (en honor al científico italiano Camillo Golgi, un europeo, quien lo descubrió en 1897) estamos siendo “eurocentristas” es sencillamente ridículo (el ejemplo no es muy bueno, alguien podría encontrar uno mejor).  El hecho que llamemos “big-bang” (dos palabras de origen anglosajón, es decir europeo) para referirnos a la mejor historia que tenemos sobre el origen de todo, no hace esa historia “eurocentrista”.

Vale la pena anotar que ningún pueblo original de la Tierra (ni siquiera europeo) conoció (ni conoce todavía) la estructura celular o la apariencia del Universo hace 13,800 millones de años.  A ese conocimiento no se accede a través de “sabiduría ancestral”.  Solo se accede a través de la ciencia.

Cosmovisiones y medio ambiente

Llegamos finalmente a una de las más extendidas falacias del hiperrelativismo cultural.  La idea de que debemos respetar las comsovisiones de los pueblos ancestrales porque esas maneras (antiguas e incorrectas de entender el mundo) les permitieron vivir en armonía con el medio ambiente.  Dejarlas desaparecer para dejar solamente la “cosmovisión eurocentrista” imperante, es condenar al mundo a la destrucción.

Como la mayoría de las cosas en estas corrientes de pensamiento, brilla por su ausencia la más mínima prueba científica de una afirmación tan temeraria.

Me pregunto yo si en lugar de las decenas de miles de individuos del pueblo Embera que pueblan hoy los bosques, montañas y ríos de Colombia y Panamá, sosteniendo y propagando su cosmovisión milenaria y “eco friendly” (para usar un término eurocentrista) fueran reemplazados por 50 millones de individuos viviendo en el mismo espacio ¿su cosmovisión los salvaría de tener rellenos sanitarios saturados? ¿o impediría que las aguas de sus ríos no estuvieran llenas de residuos químicos no “naturales” o dificilmente asimilables por ellos? ¿o acaso evitaría que se extinguieran los animales que les dan sustento?.

No. El problema de vivir en equilibrio con el medio ambiente no es de sabiduría ancestral.  La ciencia, sin sabiduría ancestral, ha logrado entender casi CABALMENTE lo que necesitamos para vivir en equilibrio sin convertir el mundo que nos da soporte en un lugar inhabitable para nosotros mismos.  No se necesitaron enseñanzas de los abuelos, ni pachamamas, ni reverencias a entidades sobrenaturales.  En unas decenas de años las ciencias ambientales saben mucho más de lo que todas las culturas ancestrales de la Tierra aprendieron en decenas de miles de años (sin descubrir el “método”: razón+matemáticas+contrastación).

Aún así, no puede hacer casi nada.

El problema no es de conocimiento y sabiduría.  El problema es que somos muchos y muy cómodos (y ¡¿por qué no?!).

No.  No es la ciencia eurocentrista, la que nos tiene en problemas con el medio ambiente.  Es nuestra “actitud antropocentrista” la que nos tiene en problemas.

Actitud que debo admitir esta mejor administrada en las cosmovisiones de los pueblos originales (claro, mientras sean pocos y no conozcan las comodidades a las que tienen justo derecho como humanos).

La educación hegemónica en la ciencia

Otra “culpa” que le endilgan a la ciencia es haberse convertido en una “hegemonía intelectual”.   Haberse apoderado de la educación, en todas las culturas de la tierra, enterrando la sabiduría popular, las cosmovisiones de los pueblos originales, reemplazandolas por historias y cosmovisiones europeas.

¡Tonterías!

La ciencia se enseña sistemáticamente porque es la mejor versión de la realidad que tenemos.  Como padre (irresponsable) que soy de 3 nuevos seres humanos, yo quiero que ellos conozcan la realidad física tan fielmente como puedan.  Si quieren conocer las historias irreales de las religiones de occidente o de los pueblos originales de su país, pueden hacerlo, pero en su tiempo libre.

Yo quiero que sepan primero que existen el óvulo, el espermatozoide y el coito para juntarlos. Después, si quieren pueden conocer las historias increíblemente irreales de mujeres embarazadas por ángeles o niños que nacen de la pus de un hombre lambido por una rana.  De la misma manera que pueden volverse expertos en el mundo ficticio de Star Wars, siempre y cuando pasen los exámenes que certifican que tienen un conocimiento mínimo sobre el MUNDO REAL.

La ciencia se debe enseñar no porque nos haya conquistado intelectualmente Grecia y Roma, sino porque es el único camino razonable para sobrevivir en un mundo cada vez más complejo.

Mensaje a los indígenas

Ninguna de las ideas aquí expresadas pretende subestimar el valor cultural de las tradiciones indígenas de mi país o de cualquiera en el que hayan sobrevivido a las brutales fuerzas colonizadoras (de origen no científico). ¡Esa sería una imbecilidad mayor!.

Tampoco pretende argumentar en favor de permitir que esas culturas y su riqueza desaparezcan de la Tierra porque ya no son necesarias.  Sus formas de vestir, sus lenguas, el arte y el conocimiento intuitivo que tienen de la selva o los ríos, pueden ser necesarios para que la ciencia amplié su ya basto conocimiento de esas cosas.

Espero que los científicos de la mano de representantes de esas culturas nos ayuden a preservar apropiadamente su legado cultural, de la misma manera que hemos intentado reconstruir el legado cultural Egipcio, Inca, Celta o Azteca a partir de sus expresiones artísticas y arquitectónicas.  ¿Cuánto daríamos porque viviera todavía un reducto del pueblo Egipcio que nos hablara de sus costumbres y religiones (así fueran equivocadas)?.

Pero también espero, que los descendientes directos de esos pueblos aprendan que el Universo se expande, que no existen fuerzas sobre naturales en el río, pero si turbulencia y microorganismos.  Qué aprendan qué ocurre dentro de sus cabezas tal y como es revelado por un aparato de resonancia magnética y no solo por las ensoñaciones derivadas del consumo de alguna droga vegetal.  Todo mientras siguen respetando y escuchando a sus taitas, vistiendo como visten, usando las lenguas que inventaros hace milenios y que hace a sus cerebros únicos.

Espero que muchos más de ellos escriban papers de astrofísica, biología molecular, antropología, paleontología, etc. y participen del excitante descubrimiento de la ciencia.  Necesitamos a más personas, independiente de su origen étnico, participando de esta aventura intelectual sin precedentes.

Un nuevo optimismo

En una era de calentamiento global, falta de privacidad en Internet, polución evidente de los oceanos, sobre población, entre muchos otros “males” de la modernidad, tener una visión optimista sobre el futuro parece un completo sin sentido.  Aún así, la historia reciente de nuestra especie nos ha enseñado que aún ante los panoramas más desoladores emergen cosas inesperadas, ocurren cambios globales en el comportamiento y en las reglas de nuestra sociedades que son capaces de enderezar el curso de un progreso en el que es cada vez más difícil creer.  Personalmente soy optimista.  No todo será perfecto en el futuro pero lo mejor esta todavía por pasar.

“Hay solo dos cosas seguras sobre el futuro de nuestra especie: que es completamente incierto y que será mejor
Mayo 18 de 2014
http://bit.ly/trino-optimismo

Todas nuestras visiones apocalípticas del futuro comienzan en el mismo punto: el planeta se esta calentando paulatinamente y si se proyecta en el futuro las tendencias observadas y nada nuevo (natural o cultural) ocurre, la Tierra no será en unas décadas un lugar comodo para que vivan más de 8,000 millones de humanos.  O bien nos tenemos que morir la mitad o bien nos tendremos que adaptar a un planeta dominado por el hambre, la escasez y las guerras por recursos naturales otrora abundantes (agua y aire limpio).

Lo que desconocen esta y otras visiones “apocalípticas” sobre el futuro de nuestro planeta, es que el mundo en el que vivimos es mucho más complejo de lo que siquiera alcanzamos a imaginar.  Y cuando me refiero a complejo aquí, no hago referencia al hecho de que es cada vez más difícil de entender y abarcar en modelos simplificados (de la sociedad o la atmósfera).  La complejidad de la que hablo se refiere a que el planeta, la vida en general y en particular nuestra especie con sus múltiples formas de interacción, tiene un potencial increíble para que de ella emerjan propiedades inesperadas, impredecibles y en la mayoría de los casos benéficas.

Permítanme darles unos ejemplos no muy preparados para ilustrar este punto.  Hace poco se descubrió que los oceanos estaban empezando a exhibir una capacidad inesperada para “deshacerse” de parte del exceso de calor que están recibiendo de una atmósfera cada vez más caliente.  Las erupciones volcánicas de los últimos años han mostrado un interesante potencial para hacer más reflectiva la atmósfera y contribuir a reducir sutilmente las temperaturas en aumento.  En el terreno social un par de fenómenos culturales impensables en países reprimidos por décadas, han logrado derrocar regímenes criminales.  Twitter, cuya existencia nadie hubiera predicho en los 90, es hoy una herramienta social y política casi tan poderosa como otros mecanismos tradicionales y de menos acceso para los individuos de a pie.

Algunas de las cosas mencionadas arriba surgieron como fenómenos inesperados.  Propiedades emergentes de un sistema increíblemente complejo pero en el fondo regido por reglas muy simples (“si algo te molesta, trina”, “si la temperatura aumenta, las reacciones químicas en los oceanos y en la atmósfera se modifican”, etc.)

Si bien hasta ahora solo he mencionado cosas que eran completamente inesperadas, también existen aquellas propiedades que surgen de forma planeada y consensuada o que son precisamente respuesta a las crisis existentes.  Basta pensar en la historia de la casi inminente destrucción de la capa de Ozono, para darnos cuenta de que aunque es posible que gobiernos individuales, personas o facciones de la sociedad se comporten de forma imbécil ante riesgos graves, a la larga la sociedad humana y su complejidad inherente, termina encontrando la salida aún a los retos más difíciles y como resultado crea un mundo aún mejor para sus individuos.

Y es que el progreso no solo es una utopía intelectual.  Es una condición de permanencia o supervivencia.  El complejo sistema de nuestras sociedades toma a la larga las medidas necesarias para garantizar su permanencia y al hacerlo garantiza el progreso.  Si no fuera así no podríamos contar esta historia.

Se me vienen a la cabeza otros ejemplos.  Piensen en los casos de ciudades como Londrés y París.  ¿Acaso no eran ellas en los 1700 y 1800 cloacas contaminadas, poco habitables, llenas de crímenes, desigualdad social y enfermedad? ¿Qué son ahora?  Dos fantásticas ciudades, limpias hasta los tuétanos, socialmente avanzadas, el sueño de inmigrantes de todas las latitudes.  Ciudades con parques, excelsos sistemas de transporte y dónde casi todo el mundo vive bien.   Es cierto que esta descripción parece exagerada y desconocedora de las realidades más crudas que viven esas metrópolis, pero no creo que alguien ponga en duda que la Londrés y el Paris del 2014 son infinitamente superiores a sus respectivas versiones de 1800.  Piensen en lo que un parisino o un londinense pensaban del futuro de sus ciudades en ese entonces.  Así o peor pensamos sobre el futuro de nuestro planeta en pleno siglo XXI.

Ahora bien.  Soy consciente de que el pesimismo es un mecanismo evolutivo supremamente poderoso.  Es solo a través de reportes a veces exagerados sobre el futuro (o también realistas, aunque inconscientes de la naturaleza contingente y variable de los sistemas complejos) que logramos que esas propiedades emergentes aparezcan y modifiquen el curso de la historia.  Si no fuera por los movimientos ambientalistas de los 80 y 90 muchas especies se hubieran extinguido.  Hoy, aunque una inmensa cantidad de ellas desaparecieron, otras se salvaron de la extinción y conviven más o menos en equilibrio con una humanidad cada vez más grande.   Si no fuera por las historias apocalípticas sobre un planeta sin capa de ozono, tal vez no habríamos detenido el retroceso gradual de su extensión.  Es cierto que se produjo un daño permanente y posiblemente irreparable, pero el planeta sigue siendo habitable.

Pero hay pesimismos de pesimismos.  Hay un pesimismo a ultranza que lo único que busca es vender libros, ganar adeptos a causas supersticiosas o simplemente demostrar lo malos que somos los seres humanos para justificar tal vez nuestra autodestrucción.  Así o peor.

Yo soy optimista.  La Selva del Amazonas no va a desaparecer.  Algo detendrá la continua deforestación observada o la cambiará por métodos más amigables (por qué todo hay que decirlo, buena madera seguiremos necesitando siempre).  Las costas no se van a inundar.  Llevan diciendo eso de Venecia, Londrés y Amsterdan en el último siglo y ahí siguen.  Obras civiles monumentales podrían reemplazar las barreras naturales que ofrece la geografía.  El avance tecnológico en materiales y técnicas de construcción dice cada vez más sobre nuestra capacidad de construir cosas que compiten con fuerzas geológicas y geofísicas.  La temperatura de la Tierra no volverá a ser la misma del triásico.  Es más, no creo que la Tierra vuelva a vivir siquiera una glaciación jamás a pesar de los poderosos ciclos astronómicos que las hacen casi obligatorias.  El agua dulce potable no se va a acabar sencillamente porque la “potabilidad” es una propiedad que podemos modificar a nuestro antojo con tecnologías cada vez más accesibles.  Mientras haya agua en la Tierra nuestros cuerpos podrán nutrirse de ella.  El océano no se volverá una cloaca llena de islas de basura así como Londrés, ni París se convirtieron en Chernobyl por culpa de los excrementos humanos y las ratas.  El futuro verá a los oceanos convertidos o bien en “reservas naturales” intocables, tan limpias como lo eran hace miles de años o en sitios adecuados para vivir y a la gente no nos gusta vivir entre basura.  Todas las bacterias serán resistentes a los antibióticos.  Pero los antibióticos serán cosa del pasado.  Puede sonar a ciencia ficción pero creo que falta mucho por ver en cuanto a lo que la ciencia hará para ayudar a nuestros primitivos sistemas inmunes.  Infartos, Cáncer, HIV serán cosas del pasado.  Otras enfermedades emergerán y matarán al principio a millones o miles de millones solo para ser vencidas después.

Me siento feliz por estar vivo justo en este momento de la historia.  Viendo desde la tribuna (y espero también, desde el campo de juego) los fantásticos progresos que se están produciendo para hacer de la Tierra un mejor vividero.  Creo en un futuro de progreso ininterrumpido.  Con dificultades, conflictos y retos por resolver, obviamente, pero a la larga, un futuro siempre mejor.

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