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Cosmovisiones

Hace carrera la idea, difundida en mi buen saber y entender por antropólogos, otros científicos sociales y en general simpatizantes de un “hiperrelativismo” cultural a ultranza, de que las ideas que tenemos hoy sobre el “mundo”, su estructura, origen y evolución, especialmente aquellas que nos vienen de la ciencia, son productos de una “cosmovisión eurocentrista”, de la educación “hegemónica” en las ideas que nacieron solo en esa parte del planeta.  De que existen otras cosmovisiones, especialmente las originales de América, que debemos conocer, respetar y sobre todo aceptar como “cosmovisiones” alternativas, válidas para los pueblos que las sostienen.  ¡Pamplinas!.  Ni existe hoy esa tal “comovisión eurocentrista” que nace en la ciencia, ni las cosmovisiones amerindias merecen un estatus siquiera similar a los logros increíbles (y aculturales) de la ciencia.  Aquí defiendo esta “impopular” posición.

“No, no es cierto; la ciencia no da una ‘cosmovisión eurocentrista’ del universo. Por primera vez en 6,000 años CONOCEMOS al universo como es a través de la ciencia; sin sesgos o ataduras culturales. ¡No me vengan con eso de que hay que conocer y respetar otras ‘cosmovisiones’!
Noviembre 30 de 2017
http://bit.ly/trino-cosmovision

Representación artística de la cosmovisión de los pueblos de los andes. Tomado de: http://bit.ly/2zX9YwV.

Comencemos por un extracto que he tomado sin autorización de esta página, y que describe (brevemente) la cosmovisión del pueblo Emberá que ocupa territorios en Colombia y Panamá:

Historia 1. “Hay tres mundos: el de arriba (bajía), donde están Karagabí (la luna y padre de Jinopotabar) y Ba (el trueno); el de los humanos, que es la tierra (egoró), donde viven los Embera; y el de abajo (aremuko o chiapera), al cual se llega por el agua y es donde viven los Dojura, Tutruica, Jinopotabar y los antepasados y se originan los jaibaná (sabios tradicionales)“.

No hay duda de que se trata de una bella y diría yo (son mis palabras) romántica concepción del mundo que rodea a esta cultura tradicional de mi país.  Estoy seguro también que no muchos Embera nacidos en el siglo XXI la consideren una descripción literal del mundo (¿o si?).

Leamos ahora este otro extracto, esta vez tomado (también sin autorización) de un ensayo publicado en esta página (el original está en inglés):

Historia 2. “En el principio la gran explosión creo los cielos.  El Universo no tenía forma y era infinitesimal.  Plasma más caliente que mil soles permeaba el tejido en violenta expansión del Universo.  Las partículas estaban bien; y se diferenciaban de las antipartículas, volviéndose apenas un poco más abundantes.  Las temperaturas se desplomaron a medida que el espacio crecía y la materia y la antimateria se aniquilaba.  Casi todas las partículas fueron barridas del Universo, excepto trillones de trillones de fotones que sobrevivieron.  […] Y el Universo se enfrío otra vez de modo que los electrones pudieron orbitar los protones y el primer átomo estable nació.”

Otra bonita y romántica pieza de “poesía cosmogónica”.

Pero ¿cuál es la diferencia entre ambas? ¿hay alguna “mejor” que la otra? ¿se acerca una más a la realidad que la otra? ¿debemos intentar preservar una en lugar de la otra de su inminente desaparición? ¿es una más apropiada que la otra para mantener nuestro planeta en equilibrio? ¿es una más adecuada para unas personas y la otra para un grupo diferente? ¿tienen orígenes geográficos diferentes? ¿deberían coexistir como historias alternativas igualmente válidas?.

No estoy seguro de tener la respuesta a todas estas preguntas (algunas bastante inanes por cierto), pero de dos cosas estoy absolutamente seguro: 1) La historia 2 esta muuuuuuuucho más cerca a la realidad que la historia 1.  2) La historia 2 no fue creada por ningún pueblo, nación o religión;  es un producto areligioso, aetnico (si es que estas palabras existen) y hasta “acultural” (que debe ser un término incorrecto, puesto que la ciencia tiene también su cultura).

Este es el punto central aquí.  Es cierto que existen “cosmovisiones” en casi todos los pueblos originales del mundo.  No solo en América, también en el Norte de Europa, en Africa, Australia y hasta los remotos pueblos de las islas del pacífico.  Cada una de esas cosmovisiones ha acompañado a sus pueblos, incluso hasta el presente; ha dado a sus culturas lo que todos los humanos necesitamos: explicaciones sobre cómo se organiza y de dónde salió el mundo.  Algunos argumentan que han sido la clave de por qué esos pueblos vivan en armonía con el medio ambiente (cosa de la que no conozco ninguna prueba científica a la fecha).  Pero no nos digamos mentiras: casi ninguna de esas cosmovisiones se ha acercado siquiera someramente a la realidad.

Aplaudo con sincera vehemencia a todos los que quieren preservar de alguna manera esas cosmovisiones originales; a todos aquellos que quieren que los descendientes directos de esos pueblos, sus jóvenes (ahora “contaminados” por la “modernidad”) las recuerden, así sea como parte de su legado cultural.

Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.  “Preservarlas”, como se preserva una momia egipcia o peruana, o como se preserva un muro babilónico o un instrumento antiguo japones, no necesariamente implica admitir que tienen siquiera el más leve asomo de realidad (como tampoco preservar la momia significa admitir que esta es la manera más salubre de conservar un cuerpo en putrefacción).

¿Cosmovisión eurocentrista?

Si hay algo que me molesta más que ese “hiperrelativismo cultural”, que pretende dar estatus de “realidad en su contexto cultural” a esas cosmovisiones primitivas, a esas visiones completamente erradas del mundo, es la afirmación de que nuestra concepción presente del Universo y el medio ambiente, es producto de una “cosmovisión eruocentrista”.

¡Válgame dios! (cualquiera de los cientos de miles que hay en las culturas originales).

La ciencia, uno de los descubrimientos más relevantes que ha hecho la humanidad en 40,000+ años de historia de la mente humana moderna, es, en su definición misma, la antitesis de un “producto cultural” o un “producto étnico”, algo nacido de la tradición o sabiduría de un pueblo específico.

Muy al contrario de lo que pasa con la historia 1 al principio de esta entrada, que fue construida en el contexto de una lengua, las tradiciones de un pueblo específico y bien diferenciado de otros pueblos similares, que han coexistido en el espacio y el tiempo sosteniendo cosmovisiones diferentes, la historia 2 es el producto de la interacción de personas provenientes de decenas y posiblemente cientos de culturas diferentes.

En su construcción han participado europeos (por supuesto), chinos, indios, africanos, latinoamericanos, indonesios… “exagera usted”, dirán algunos; “es seguro que ningún japonés, por ejemplo, ayudo a construir la “cosmovisión” del Big-Bang”.  Pero sí.  Para construir la historia 2, que es un fragmento minúsculo de la historia que llamamos “Big-Bang”, fue fundamental el aporte de científicos como Makoto Kobayashi quien ayudó a entender porque existe el número de partículas elementales que existen (y que poblaron en abundancia el período inicial del Universo que conocemos como Big-Bang) y no un número diferente.

Ninguno de los científicos que ayudo a construir la historia 2 pensó en sus abuelos, en la religión de sus padres (que algunos deben practicar posiblemente), en la sabiduría milenaria de sus pueblos (que en el caso de la cultura japonesa es bien conocida).  Solo se valieron de la razón, las matemáticas y la observación sistemática y rigurosa del mundo.  Los tres pilares centrales de la ciencia.

El resultado: la mejor versión de lo que paso al principio del mundo que la humanidad como un todo ha podido construir hasta ahora.

Quienes desconocen este producto fantástico de la ciencia, están, como decimos por aquí, “miando fuera del tiesto”.   Su admiración “ciega” y (en la mayoría de los casos) posmoderna de las culturas originales parece haberlos enceguecido, haberles hecho olvidar los avances fantásticos conseguidos, especialmente en las últimas décadas, en el conocimiento del mundo.

La ciencia también es cultura

Algunos podrían argumentar que no existe en realidad ningún producto intelectual humano, ni siquiera la ciencia, que no sea “cultural” en última instancia.  Ni siquiera la ciencia, argumentaran, deja de apoyarse en ideas o preceptos antiguos, incluso en las visiones primitivas sobre el mundo de los pueblos en los que germinó la semilla de la ciencia moderna.

Según los hiperrelativistas culturales, la ciencia esta atravesada de la cultura grecorromana, con la cual no tenemos ninguna relación los que nacimos en este lado del mundo.  Los he escuchado incluso sugerir que la ciencia esta también atravesada por el “cristianismo” y otras religiones semíticas, que profesaron sus padres fundadores, desde Ibn al-Haytham, pasando por Francis Bacon, hasta el mismísimo Isaac Newton.

Nada más equivocado.

La ciencia y los científicos, es cierto, hacemos referencia permanente a la historia de este reciente descubrimiento intelectual.  A los personajes que tanto admiramos y que sí, son en su mayoría griegos, italianos, alemanes, franceses, norte americanos… sí, europeos.   También es cierto que para denotar las cosas del mundo y clasificarlas, usamos en su mayoría palabras griegas y latinas, y una que otra palabra germana.  Difícilmente encontrarán una palabra en Quechua o en algún dialecto Maya para nombrar un efecto físico, una estrella brillante o una organela de la célula.

Pero creer que por el hecho de decir “aparato de Golgi” (en honor al científico italiano Camillo Golgi, un europeo, quien lo descubrió en 1897) estamos siendo “eurocentristas” es sencillamente ridículo (el ejemplo no es muy bueno, alguien podría encontrar uno mejor).  El hecho que llamemos “big-bang” (dos palabras de origen anglosajón, es decir europeo) para referirnos a la mejor historia que tenemos sobre el origen de todo, no hace esa historia “eurocentrista”.

Vale la pena anotar que ningún pueblo original de la Tierra (ni siquiera europeo) conoció (ni conoce todavía) la estructura celular o la apariencia del Universo hace 13,800 millones de años.  A ese conocimiento no se accede a través de “sabiduría ancestral”.  Solo se accede a través de la ciencia.

Cosmovisiones y medio ambiente

Llegamos finalmente a una de las más extendidas falacias del hiperrelativismo cultural.  La idea de que debemos respetar las comsovisiones de los pueblos ancestrales porque esas maneras (antiguas e incorrectas de entender el mundo) les permitieron vivir en armonía con el medio ambiente.  Dejarlas desaparecer para dejar solamente la “cosmovisión eurocentrista” imperante, es condenar al mundo a la destrucción.

Como la mayoría de las cosas en estas corrientes de pensamiento, brilla por su ausencia la más mínima prueba científica de una afirmación tan temeraria.

Me pregunto yo si en lugar de las decenas de miles de individuos del pueblo Embera que pueblan hoy los bosques, montañas y ríos de Colombia y Panamá, sosteniendo y propagando su cosmovisión milenaria y “eco friendly” (para usar un término eurocentrista) fueran reemplazados por 50 millones de individuos viviendo en el mismo espacio ¿su cosmovisión los salvaría de tener rellenos sanitarios saturados? ¿o impediría que las aguas de sus ríos no estuvieran llenas de residuos químicos no “naturales” o dificilmente asimilables por ellos? ¿o acaso evitaría que se extinguieran los animales que les dan sustento?.

No. El problema de vivir en equilibrio con el medio ambiente no es de sabiduría ancestral.  La ciencia, sin sabiduría ancestral, ha logrado entender casi CABALMENTE lo que necesitamos para vivir en equilibrio sin convertir el mundo que nos da soporte en un lugar inhabitable para nosotros mismos.  No se necesitaron enseñanzas de los abuelos, ni pachamamas, ni reverencias a entidades sobrenaturales.  En unas decenas de años las ciencias ambientales saben mucho más de lo que todas las culturas ancestrales de la Tierra aprendieron en decenas de miles de años (sin descubrir el “método”: razón+matemáticas+contrastación).

Aún así, no puede hacer casi nada.

El problema no es de conocimiento y sabiduría.  El problema es que somos muchos y muy cómodos (y ¡¿por qué no?!).

No.  No es la ciencia eurocentrista, la que nos tiene en problemas con el medio ambiente.  Es nuestra “actitud antropocentrista” la que nos tiene en problemas.

Actitud que debo admitir esta mejor administrada en las cosmovisiones de los pueblos originales (claro, mientras sean pocos y no conozcan las comodidades a las que tienen justo derecho como humanos).

La educación hegemónica en la ciencia

Otra “culpa” que le endilgan a la ciencia es haberse convertido en una “hegemonía intelectual”.   Haberse apoderado de la educación, en todas las culturas de la tierra, enterrando la sabiduría popular, las cosmovisiones de los pueblos originales, reemplazandolas por historias y cosmovisiones europeas.

¡Tonterías!

La ciencia se enseña sistemáticamente porque es la mejor versión de la realidad que tenemos.  Como padre (irresponsable) que soy de 3 nuevos seres humanos, yo quiero que ellos conozcan la realidad física tan fielmente como puedan.  Si quieren conocer las historias irreales de las religiones de occidente o de los pueblos originales de su país, pueden hacerlo, pero en su tiempo libre.

Yo quiero que sepan primero que existen el óvulo, el espermatozoide y el coito para juntarlos. Después, si quieren pueden conocer las historias increíblemente irreales de mujeres embarazadas por ángeles o niños que nacen de la pus de un hombre lambido por una rana.  De la misma manera que pueden volverse expertos en el mundo ficticio de Star Wars, siempre y cuando pasen los exámenes que certifican que tienen un conocimiento mínimo sobre el MUNDO REAL.

La ciencia se debe enseñar no porque nos haya conquistado intelectualmente Grecia y Roma, sino porque es el único camino razonable para sobrevivir en un mundo cada vez más complejo.

Mensaje a los indígenas

Ninguna de las ideas aquí expresadas pretende subestimar el valor cultural de las tradiciones indígenas de mi país o de cualquiera en el que hayan sobrevivido a las brutales fuerzas colonizadoras (de origen no científico). ¡Esa sería una imbecilidad mayor!.

Tampoco pretende argumentar en favor de permitir que esas culturas y su riqueza desaparezcan de la Tierra porque ya no son necesarias.  Sus formas de vestir, sus lenguas, el arte y el conocimiento intuitivo que tienen de la selva o los ríos, pueden ser necesarios para que la ciencia amplié su ya basto conocimiento de esas cosas.

Espero que los científicos de la mano de representantes de esas culturas nos ayuden a preservar apropiadamente su legado cultural, de la misma manera que hemos intentado reconstruir el legado cultural Egipcio, Inca, Celta o Azteca a partir de sus expresiones artísticas y arquitectónicas.  ¿Cuánto daríamos porque viviera todavía un reducto del pueblo Egipcio que nos hablara de sus costumbres y religiones (así fueran equivocadas)?.

Pero también espero, que los descendientes directos de esos pueblos aprendan que el Universo se expande, que no existen fuerzas sobre naturales en el río, pero si turbulencia y microorganismos.  Qué aprendan qué ocurre dentro de sus cabezas tal y como es revelado por un aparato de resonancia magnética y no solo por las ensoñaciones derivadas del consumo de alguna droga vegetal.  Todo mientras siguen respetando y escuchando a sus taitas, vistiendo como visten, usando las lenguas que inventaros hace milenios y que hace a sus cerebros únicos.

Espero que muchos más de ellos escriban papers de astrofísica, biología molecular, antropología, paleontología, etc. y participen del excitante descubrimiento de la ciencia.  Necesitamos a más personas, independiente de su origen étnico, participando de esta aventura intelectual sin precedentes.

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Un nuevo optimismo

En una era de calentamiento global, falta de privacidad en Internet, polución evidente de los oceanos, sobre población, entre muchos otros “males” de la modernidad, tener una visión optimista sobre el futuro parece un completo sin sentido.  Aún así, la historia reciente de nuestra especie nos ha enseñado que aún ante los panoramas más desoladores emergen cosas inesperadas, ocurren cambios globales en el comportamiento y en las reglas de nuestra sociedades que son capaces de enderezar el curso de un progreso en el que es cada vez más difícil creer.  Personalmente soy optimista.  No todo será perfecto en el futuro pero lo mejor esta todavía por pasar.

“Hay solo dos cosas seguras sobre el futuro de nuestra especie: que es completamente incierto y que será mejor
Mayo 18 de 2014
http://bit.ly/trino-optimismo

Todas nuestras visiones apocalípticas del futuro comienzan en el mismo punto: el planeta se esta calentando paulatinamente y si se proyecta en el futuro las tendencias observadas y nada nuevo (natural o cultural) ocurre, la Tierra no será en unas décadas un lugar comodo para que vivan más de 8,000 millones de humanos.  O bien nos tenemos que morir la mitad o bien nos tendremos que adaptar a un planeta dominado por el hambre, la escasez y las guerras por recursos naturales otrora abundantes (agua y aire limpio).

Lo que desconocen esta y otras visiones “apocalípticas” sobre el futuro de nuestro planeta, es que el mundo en el que vivimos es mucho más complejo de lo que siquiera alcanzamos a imaginar.  Y cuando me refiero a complejo aquí, no hago referencia al hecho de que es cada vez más difícil de entender y abarcar en modelos simplificados (de la sociedad o la atmósfera).  La complejidad de la que hablo se refiere a que el planeta, la vida en general y en particular nuestra especie con sus múltiples formas de interacción, tiene un potencial increíble para que de ella emerjan propiedades inesperadas, impredecibles y en la mayoría de los casos benéficas.

Permítanme darles unos ejemplos no muy preparados para ilustrar este punto.  Hace poco se descubrió que los oceanos estaban empezando a exhibir una capacidad inesperada para “deshacerse” de parte del exceso de calor que están recibiendo de una atmósfera cada vez más caliente.  Las erupciones volcánicas de los últimos años han mostrado un interesante potencial para hacer más reflectiva la atmósfera y contribuir a reducir sutilmente las temperaturas en aumento.  En el terreno social un par de fenómenos culturales impensables en países reprimidos por décadas, han logrado derrocar regímenes criminales.  Twitter, cuya existencia nadie hubiera predicho en los 90, es hoy una herramienta social y política casi tan poderosa como otros mecanismos tradicionales y de menos acceso para los individuos de a pie.

Algunas de las cosas mencionadas arriba surgieron como fenómenos inesperados.  Propiedades emergentes de un sistema increíblemente complejo pero en el fondo regido por reglas muy simples (“si algo te molesta, trina”, “si la temperatura aumenta, las reacciones químicas en los oceanos y en la atmósfera se modifican”, etc.)

Si bien hasta ahora solo he mencionado cosas que eran completamente inesperadas, también existen aquellas propiedades que surgen de forma planeada y consensuada o que son precisamente respuesta a las crisis existentes.  Basta pensar en la historia de la casi inminente destrucción de la capa de Ozono, para darnos cuenta de que aunque es posible que gobiernos individuales, personas o facciones de la sociedad se comporten de forma imbécil ante riesgos graves, a la larga la sociedad humana y su complejidad inherente, termina encontrando la salida aún a los retos más difíciles y como resultado crea un mundo aún mejor para sus individuos.

Y es que el progreso no solo es una utopía intelectual.  Es una condición de permanencia o supervivencia.  El complejo sistema de nuestras sociedades toma a la larga las medidas necesarias para garantizar su permanencia y al hacerlo garantiza el progreso.  Si no fuera así no podríamos contar esta historia.

Se me vienen a la cabeza otros ejemplos.  Piensen en los casos de ciudades como Londrés y París.  ¿Acaso no eran ellas en los 1700 y 1800 cloacas contaminadas, poco habitables, llenas de crímenes, desigualdad social y enfermedad? ¿Qué son ahora?  Dos fantásticas ciudades, limpias hasta los tuétanos, socialmente avanzadas, el sueño de inmigrantes de todas las latitudes.  Ciudades con parques, excelsos sistemas de transporte y dónde casi todo el mundo vive bien.   Es cierto que esta descripción parece exagerada y desconocedora de las realidades más crudas que viven esas metrópolis, pero no creo que alguien ponga en duda que la Londrés y el Paris del 2014 son infinitamente superiores a sus respectivas versiones de 1800.  Piensen en lo que un parisino o un londinense pensaban del futuro de sus ciudades en ese entonces.  Así o peor pensamos sobre el futuro de nuestro planeta en pleno siglo XXI.

Ahora bien.  Soy consciente de que el pesimismo es un mecanismo evolutivo supremamente poderoso.  Es solo a través de reportes a veces exagerados sobre el futuro (o también realistas, aunque inconscientes de la naturaleza contingente y variable de los sistemas complejos) que logramos que esas propiedades emergentes aparezcan y modifiquen el curso de la historia.  Si no fuera por los movimientos ambientalistas de los 80 y 90 muchas especies se hubieran extinguido.  Hoy, aunque una inmensa cantidad de ellas desaparecieron, otras se salvaron de la extinción y conviven más o menos en equilibrio con una humanidad cada vez más grande.   Si no fuera por las historias apocalípticas sobre un planeta sin capa de ozono, tal vez no habríamos detenido el retroceso gradual de su extensión.  Es cierto que se produjo un daño permanente y posiblemente irreparable, pero el planeta sigue siendo habitable.

Pero hay pesimismos de pesimismos.  Hay un pesimismo a ultranza que lo único que busca es vender libros, ganar adeptos a causas supersticiosas o simplemente demostrar lo malos que somos los seres humanos para justificar tal vez nuestra autodestrucción.  Así o peor.

Yo soy optimista.  La Selva del Amazonas no va a desaparecer.  Algo detendrá la continua deforestación observada o la cambiará por métodos más amigables (por qué todo hay que decirlo, buena madera seguiremos necesitando siempre).  Las costas no se van a inundar.  Llevan diciendo eso de Venecia, Londrés y Amsterdan en el último siglo y ahí siguen.  Obras civiles monumentales podrían reemplazar las barreras naturales que ofrece la geografía.  El avance tecnológico en materiales y técnicas de construcción dice cada vez más sobre nuestra capacidad de construir cosas que compiten con fuerzas geológicas y geofísicas.  La temperatura de la Tierra no volverá a ser la misma del triásico.  Es más, no creo que la Tierra vuelva a vivir siquiera una glaciación jamás a pesar de los poderosos ciclos astronómicos que las hacen casi obligatorias.  El agua dulce potable no se va a acabar sencillamente porque la “potabilidad” es una propiedad que podemos modificar a nuestro antojo con tecnologías cada vez más accesibles.  Mientras haya agua en la Tierra nuestros cuerpos podrán nutrirse de ella.  El océano no se volverá una cloaca llena de islas de basura así como Londrés, ni París se convirtieron en Chernobyl por culpa de los excrementos humanos y las ratas.  El futuro verá a los oceanos convertidos o bien en “reservas naturales” intocables, tan limpias como lo eran hace miles de años o en sitios adecuados para vivir y a la gente no nos gusta vivir entre basura.  Todas las bacterias serán resistentes a los antibióticos.  Pero los antibióticos serán cosa del pasado.  Puede sonar a ciencia ficción pero creo que falta mucho por ver en cuanto a lo que la ciencia hará para ayudar a nuestros primitivos sistemas inmunes.  Infartos, Cáncer, HIV serán cosas del pasado.  Otras enfermedades emergerán y matarán al principio a millones o miles de millones solo para ser vencidas después.

Me siento feliz por estar vivo justo en este momento de la historia.  Viendo desde la tribuna (y espero también, desde el campo de juego) los fantásticos progresos que se están produciendo para hacer de la Tierra un mejor vividero.  Creo en un futuro de progreso ininterrumpido.  Con dificultades, conflictos y retos por resolver, obviamente, pero a la larga, un futuro siempre mejor.

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