Trinoceronte

Porque 140 caracteres a veces no son suficientes

Archivo para la etiqueta “Ciencia en Colombia”

¿Básica o Aplicada? Esa no es la cuestión

Si la Ciencia Básica no es Aplicada entonces ¿para qué?  Si la Ciencia Aplicada no es Básica entonces ¿qué es?  La división entre Ciencia Básica y Aplicada es un embeleco cultural.  Una excusa, tal vez, para no repartir la plata como debería entre líneas de investigación que se adelantan décadas en el futuro.  Toda inversión en “ciencia aplicada” en nuestros países en desarrollo es en realidad una inversión en la aplicación de ciencia básica extranjera (con giro directo a los dueños alemanes y japoneses de las patentes respectivas)  Hay que acabar con este mito y defender a la ciencia en su totalidad unificando las que podrían ser, simplemente, aspectos administrativos o culturales del mismo fenómeno.

“No hay rigurosamente ciencia básica y aplicada. Lo que hay es científicos mal administrados e ingenieros que no saben de ciencia
Marzo 5 de 2014
http://bit.ly/trino-ciencia-aplicada

¿Ciencia Aplicada? Adaptado de http://bit.ly/1ostU9o

¿Ciencia Aplicada? Adaptado de http://bit.ly/1ostU9o

En mi último Trinoceronte plantee una reflexión acerca de la calidad y pertinencia de la formación en ingeniería en Colombia.  Como lo predije precisamente allí, las reacciones no se hicieron esperar.

Ingenieros conscientes de los defectos que tiene la formación profesional en sus disciplinas en el país, reconocieron parcialmente algunas de mis críticas, aunque naturalmente no estuvieron de acuerdo con todas mis apreciaciones (definitivamente no me escogerían como Ministro).

A otros, creo yo, les pudo la crudeza de mis palabras o la manera como formule allí el problema y hoy estoy lejos de engrosar la lista de sus mejores amigos.

Con el temor de parecer un “mono” temático o de empeñarme en acabar con mis últimas amistades en el gremio de la ingeniería (lo que creo es difícil porque los buenos amigos que tengo allí me conocen bien y saben que cuando de la ciencia se trata la diplomacia pasa a un segundo lugar) quiero plantearles aquí otra discusión relacionada con la anterior, o tal vez no,  pero definitivamente igual de importante para lo que será el futuro del desarrollo científico de nuestro país.

Se trata del embeleco de la división entre Ciencia Básica y Ciencia Aplicada, una discusión que también adelantaba en mi entrada sobre la Ingeniería.  Si bien en primera instancia la idea de que el conocimiento o el quehacer científico se pueden dividir en una componente que persigue aumentar nuestro conocimiento del Universo, conocimiento por el conocimiento y en otra que pretende aplicar esos conocimientos para la solución a los (mal llamados) “problemas reales” o de la (supuesta) “vida cotidiana”, un análisis más profundo del asunto deja sin piso una separación como esta, ni siquiera en el nivel semántico.

Dejémoslo bien claro desde el principio: toda Ciencia es básica y al mismo tiempo y “de la misma forma” aplicada.

Creer que hay conocimiento científico que “no sirve” para propósitos “prácticos” tiene dos defectos evidentes.

Primero, desconoce lo que “servir” realmente significa.  No hay ningún desarrollo científico que se persiga sin un propósito, es decir sin servir para un fin concreto.  Si no fuera así, sería prácticamente imposible convencer a cualquier institución, por “alcahueta” que sea, de pagarle a uno para hacer ciencia.  Lo primero que se debe declarar en un proyecto de investigación de ciencia “básica” es para qué diantres van a servir los resultados del proyecto.

Decir que la ciencia “básica” (como la llaman todos esos “yuppies tecnológicos” que hay por ahí), no sirve, es tan injusto como reclamarle a la mamá porque lo regaño a uno cuando estaba chiquito.  Nadie que este vivo y tenga más de 10 años (de edad física o mental) podría contar el cuento sino fuera gracias a la que en algún momento fue “ciencia básica inservible”.

El segundo defecto es pensar que la ciencia no es “práctica”.   Conozco científicos realmente raros.  “Geeks” que gozan con cosas extrañas, algunas tal y como lo vemos en las caricaturas que hacen de ellos en el cine y en la televisión.  Sin embargo, si algo caracteriza a los buenos científicos (los realmente buenos) es su pragmatismo.  Y no es para menos.  ¿De qué le serviría a un personaje que vive de “hackear la realidad” perseguir “pajaritos en el aire”? ¿para qué autoengañarse, como lo hacen… no sé… la teología, la religión, la filosofía o la política, si esto lo va a alejar a largo plazo del objeto último que es entender (lo mejor que puede) la realidad?

Obviamente no todos los científicos somos pragmáticos.  Pero ese es otro problema.  Un problema de educación y formación profesional.  Les aseguro que los científicos que están bien educados o son genuinamente buenos, no se andan con pendejadas.

Si es así, preguntan la mayoría de los “yuppies”, ¿cómo es que se gastan una millonada construyendo un acelerador de partículas para buscar disque la “materia oscura”? A todos quienes se formulan esta importante preguntan día a día les tengo una noticia que les va a permitir conciliar el sueño esta noche: buscar y sobre todo, encontrar la materia oscura, ES MUY IMPORTANTE.  El problema es que para entender este hecho elemental hace falta justamente aquello de lo que adolecen nuestras sociedades: educación científica de calidad.  Solo quién conoce, así sea por cultura general, el contexto general en el que se desarrollan los más grandes proyectos de la ciencia, quién sabe un poco sobre la historia del conocimiento científico, sea porque ha leído o porque ha visto suficiente televisión por cable, sabe que la ciencia es una niña precoz.

Una de las características fundamentales del conocimiento científico (de todo él) y que es quizá la razón más importante para invertir la mayor cantidad de recursos públicos y privados en su desarrollo, es que siempre se anticipa;  los problemas que resuelve se ponen de moda a veces varias décadas después de estar consignados en paper frescos e incomprensibles.  Podríamos decir, en términos coloquiales que “la ciencia básica, inservible e impráctica, de hoy es lo que te mantendrá vivo mañana” Una frase, palabra por palabra, sostenida por sólida evidencia empírica e histórica.

Voy a darles un ejemplo que descaradamente robaré a uno de mis maestros, el Profesor Jorge Mahecha de la Universidad de Antioquia (uno de esos científicos verdaderamente prácticos de los que hablaba arriba).  Se trata de la denominada “magnetoresistencia gigante“.  Este fenómeno, descubierto por un grupo de “geeks” en los años 60s y descrito teóricamente por científicos “puros” en los 80s (científicos básicos, no ingenieros, ni científicos “aplicados”) solo pudo ser utilizado para construir dispositivos cotidianos a finales de los 90s (una hazaña lograda también por científicos puros… pero esta vez pagados por compañías tecnológicas).  En otras palabras, un fenómeno emergente de la materia, solo explicable por la otrora “inservible” mecánica cuántica, permite que todos los yuppies babosos del planeta puedan tener discos duros de varios Giga Bytes en lugar de unos cientos de Mega Bytes.

Otros ejemplos bonitos pueden encontrarse entre las fascinantes páginas del libro El Mundo y sus Demonios, de otro de los científico más prácticos de la historia: Carl Sagan (tan práctico que hasta una celebridad televisiva se volvió)

De modo que me pregunto ¿qué es lo que todo el mundo llama con tanta certeza “ciencia aplicada”? Pues no es más que la misma ciencia, la misma mecánica cuántica, la misma genética, la misma mecánica de fluidos, simplemente puesta en un contexto particular.  Pero hasta donde yo sé, poner en un contexto diferente a una cosa, no lo hace completamente diferente.  En términos muy coloquiales sería como si una arepa puesta al lado de una taza de chocolate fuera diferente fundamentalmente de otra puesta sobre arroz en un plato de comida.

Dejemos de “pendejiar”, pero sobre todo, dejemos de desorientar mas a la gente que administra los recursos que necesitamos los científicos para trabajar.  Todos los científicos.  Hay que recordar que la mayoría de las personas que manejan esos mismos recursos en países como el nuestro poco o nada saben de ciencia (con contadas excepciones) de modo que se creerán cualquier cosa que les digan especialmente si suena a que podrán invertir su dinero en las cosas que les dictan los grandes emporios económicos.

Dejemos de presentar la ciencia que solo nosotros hacemos (la ciencia aplicada, la ciencia para los problemas reales, la ciencia para la gente) cómo la única que realmente sirve y en contraposición con la que hacen esos “marihuaneros del bloque 6”.  Ese no es un juego justo y sobre todo es una mentira rampante.

Volviendo sobre la ingeniería.  Señor estudiante de ingeniería: no deje que le vendan su profesión como una de ciencia “aplicada” con la excusa de no enseñarle casi nada sobre la denominada “ciencia básica”.  Usted esencialmente se esta formando como un científico a secas.  Bueno, esta bien, un científico formado en un contexto diferente, con una sensibilidad diferente por la sociedad; pero al fin y al cabo un científico más.  No se deje quitar lo único que lo hace realmente bueno como profesional, la ciencia y la capacidad que le da para resolver prácticamente cualquier problema.  Exija a sus profesores el más alto nivel académico.  Por algo esta pagando lo que paga (o le paga el gobierno).

Para terminar y abusando de la confianza de un amigo tuitero que me hizo un comentario al Trinoceronte anterior, les cito una frase muy escuchada en los pasillos de las Facultades de “Ciencias Aplicadas” en Colombia: “En la Faculta de ciencias básicas le enseñan qué es, de dónde viene, con qué se come y cómo se demuestra el teorema de pitágoras.  En esta Facultad le vamos a enseñar es para qué sirve ese teorema de verdad”.  La verdad es que si un científico no sabe para que sirve el teorema de Pitagoras, entonces es un mediocre mal educado.  Pero si un ingeniero no sabe “qué es, de dónde viene, con qué se come y cómo se demuestra” el teorema de Pitagoras, sencillamente le robaron la platica en la Universidad.

Anuncios

Enseñar y Administrar Investigando

Se esta hablando por estos días de un tema que ha estado en el aire por décadas en el entorno universitario: ¿son los profesores de planta en las universidades, con contratos fijos y carreras de investigación que se sobreponen a sus obligaciones docentes, buenos o malos para la educación universitaria? He aquí una visión del asunto desde la perspectiva de alguien, que como yo, podría considerarse uno de esos “profesores problema”

“Un verdadero maestro no te enseña, te hace amar tanto lo que sabe que después te es imposible no aprenderlo por tu cuenta #ReglasDeLaVida” 
Febrero 14 de 2013
http://bit.ly/trino-maestro

La mayoría de quienes nos educamos para ser científicos, aspiramos que algún día nos paguen para hacer investigación.  Ciertamente muchos científicos encuentran su lugar  en sectores de la sociedad ajenos a la academia, que van desde la industria hasta las finanzas, pero no nos digamos mentiras, la mayoría lo que queremos, profundamente, es hacer lo que han hecho los científicos desde Galileo.

Pero pagar a alguien solo por investigar es muy costoso.  Con beneficios que solo se obtienen a largo plazo y contribuyentes que quieren ver su plata convertida en cosas tangibles en plazos menores al tiempo entre juegos olímpicos, la mayoría de las sociedades humanas han optado por crear modelos para mantener a los costosos investigadores científicos. mientras producen resultados que la sociedad pueda reconocer.

La educación es uno de esos sectores en los que los investigadores han encontrado un nicho laboral natural.  Con un mundo más grande y demandas de poder intelectual cada vez mayor  ¿quién no necesita una educación del más alto nivel? y ¿quién la puede ofrecer mejor que alguien que conozca de primera mano la ciencia y la técnica porque justamente se la esta inventando?  Puede que ese no sea el origen histórico de la relación entre las universidades y la investigación, pero la verdad es que actualmente la cosa funciona así.

Ahora bien.  No hay que olvidar tampoco que siendo una actividad humana tan compleja, que requiere habilidades altamente específicas, el desarrollo a largo plazo de la ciencia (es decir la formación de nuevos científicos) exige a los mismos científicos ser maestros de sus propias disciplinas.  De no serlo ¿quiénes enseñarían a hacer ciencia a las nuevas generaciones?

El vínculo entre investigación básica (como un “mal necesario” en todas las sociedades modernas) con los centros de educación universitaria, donde no solo se enseña a científicos sino a todo un ecosistema de profesionales, ha estado sin embargo viciado, creo yo, desde el principio.  La investigación en la Universidad, la inevitable docencia y todas las otras actividades que vienen adjuntas con la fortuna de tener un contrato de trabajo a tiempo indefinido, son normalmente consideradas actividades, sino totalmente independientes, por lo menos con una intersección mínima.

Obviamente todos reconocemos que las labores administrativas son las que garantizan que llegue la plata a nuestros proyectos de investigación; también sabemos que los cursos son una buena manera de descubrir estudiantes talento para convertirse en nuestros asistentes como investigadores.  Pero yo no me refiero a este tipo de “acoplamiento mínimo” entre la trinidad investigación-docencia-administración.  Al fin y al cabo, para lograr lo anterior, un investigador bueno podría prescindir de las actividades administrativas contratando una buena secretaria y no tendría que convertirse en un buen profesor o dictar cursos para que le llovieran estudiantes con talento.

Yo estoy convencido, y creo que así actuo en mi día a día como “Profesor Problema”, que intenta no serlo, que una posible salida para la problemática expuesta al principio es la de reconocer que la administración, la docencia y la investigación en las Universidades podrían tener un “acoplamiento máximo” que garantizara que tantos tipos inteligentes dieran lo mejor de sí en cada uno de esos frentes.

El aprendizaje y la enseñanza están posiblemente entre los problemas científicos más difíciles de todos los tiempos.  Investigador de cualquier disciplina de la ciencia que no reconozca algo de verosimilitud en esta afirmación es porque desconoce la literatura que se ha escrito  por décadas sobre el problema.  Hoy, este, que deberíamos llamar “El” Problema, sigue abierto y una solución satisfactoria, un modelo científico efectivo, parece estar lejos de encontrarse.  Me atrevería a apostar que sabremos primero qué es la energía oscura o para qué sirve el DNA basura, antes que develar satisfactoriamente los misterios del aprendizaje y la enseñanza.

Lo que parecen desconocer todos los genios investigadores de las Universidades, que repelen con vehemencia cualquier responsabilidad que los ponga en frente a un grupo de estudiantes, es que la única manera de resolver los misterios de la enseñanza y el aprendizaje es justamente haciendo lo que ellos son obligados a hacer.  Tal vez nadie les ha contado lo que tienen entre manos.  Tal vez quiénes administran la educación justamente son los que menos saben que más que una máquina para producir gente con habilidades intelectuales, la educación superior es en realidad un laboratorio de ciencia avanzada.  Ciencia que también produce papers para Science y Nature y en la que se pueden obtener recursos para viajar por el mundo y comprar computadores.

¿Cómo serían las universidades si a todos los investigadores que hacen docencia, esta actividad se les asignará no como parte de un trabajo rutinario, que deben hacer porque lo incluye su contrato de trabajo, sino como parte de su propia contribución al crecimiento de la ciencia?

Soy consciente que la respuesta de la mayoría será que a los Astrofísicos o los Químicos Computacionales no se formaron para hacer investigación “humana”.  Una “inmensa minoría” de esos profesionales altamente especializados raramente siente esa fascinación por los complejos mecanismos de la mente, propia de los que se formaron como psicologos o antropologos.  Pero, ¿no es esto en realidad un prejuicio?  Un buen científico es sencillamente una persona curiosa, dispuesta a poner sus habilidades a disposición de cualquier problema que pueda ser atacado con el rigor y la disciplina de la ciencia.  La enseñanza y el aprendizaje necesitan muchos buenos científicos trabajando día y noche para formular preguntas y proponer soluciones a sus problemas.

Lo que soy yo me le apuntaría a esta aventura. En realidad ya lo hice.  A principios de 2013 tuve la oportunidad de recibir (a regañadientes) una capacitación de un grupo de biólogos (doctores en biología) sobre una modelo de enseñanza que se conoce como “Scientific Teaching”.  A pesar de recibir inicialmente el modelo en cuestión con el mismo escepticismo (e incluso desprecio) con el que vemos los científicos los problemas de las ciencias humanas, no tarde mucho en darme cuenta de lo mal científico que había sido hasta ese momento al menos en lo que en relación con el problema de la educación se trataba.  Una frase de los instructores de aquel taller quedo martillando en mi cabeza desde entonces: “si eres un científico tan riguroso, que no escribe nada en un paper sin poner 2 o 3 citas a la literatura que soporte cada afirmación que haces, ¿cuántos papers de educación lees antes de dar una clase?”

Yo no sé ustedes, pero a mí esto me cayo como un baldado de agua fría.  En ese momento me di cuenta que en lo que a la educación respecta, había sido durante casi toda mi carrera como profesor universitario, un verdadero “tegua”; alguien que solo se había guiado por intuiciones y prejuicios y no por la evidencia científica acumulada sobre el problema.  Hoy trato de leer un poco la literatura científica sobre como funciona la mente de mis estudiantes e involucro métodos e instrumentos de medida (educativos) en mis clases.  Estoy a años luz de ser un investigador didáctico pero por lo menos hago el esfuerzo.  Y les confieso: la cosa me ha gustado y no esta muy lejos de lo que hago día a día como investigador en otras áreas.

Con la administración pasa algo parecido (guardadas las proporciones).  Creo yo que los científicos universitarios podrían hacerlo mejor si se les formulara la administración también como un problema de investigación.  Al fin y al cabo ¿no hay también problemas que resolver en la administración en los que una buena dosis de disciplina científica y habilidades especializadas no hagan falta?

Tuve también recientemente una experiencia con este tema cuando participando de un “comité” en mi Facultad (justamente de esos que todos los científicos-universitarios maldecimos) descubrí que había un problema que podría ser solucionado con los mismos métodos que estaba aplicando para la solución a problemas de mecánica orbital (!).  Cuando me di cuenta de ello, el comité se volvió para mí en una experiencia científica similar a una reunión con colegas para discutir el contenido de un paper.  Puse mi creatividad al servicio de algo para lo que no creía que pudiera servir.  Como resultado, hoy la solución que estoy ofreciendo para el problema ha prosperado en las divisiones administrativas de la Facultad y quién sabe ¡hasta un paper podría escribir sobre el tema!.

En conclusión es cierto que los profesores-investigadores-administradores de nuestro modelo presente de universidades parecen estar dando muchos problemas, por lo menos para uno de los protagonistas de esa “trinidad”, lamentablemente el más sensible: la docencia.  Sin embargo la solución no puede ser tener investigadores puros y profesores puros.  Los investigadores también tienén que ofrecer lo suyo a estudiantes y los profesores tienén que investigar para darle a los estudiantes una dimensión de a lo que se enfrentarán.  Una posible salida es considerarlos a todos investigadores, pero de problemas diferentes.  Y no hacerlo tan solo a nivel nominativo.  Se debería incluir consistentemente dentro de sus contratos de trabajo y compromisos adquiridos.  Los “investigadores” en general deberían tener una carga de “investigación docente” cada período y como en toda investigación presentar periódicamente “resultados” de sus labores (incluso en la forma de papers y participación en eventos)

Les aseguro que el resultado podría ser más significativo de lo esperado.  Se los dice un “Profesor Problema” que esta tratando de cambiar.

Científicos en un Tanque

¿Para qué sirve un científico en una sociedad llena de necesidades prácticas como la nuestra? Es claro que esta pregunta preocupa cada vez más a nuestros gobernantes.  Gobernantes, que vale la pena aclarar, en realidad invierten mucho menos en ciencia de lo que deberían, pero mucho más de lo que están dispuestos a arriesgar en una empresa que no parece devolver a la sociedad dividendos evidentes.  ¿Pero son la ciencia y los científicos (especialmente aquellos que podríamos denominar “rocket scientist” o científicos de línea pura) realmente tan costosos e inútiles?

“El mayor aporte de un científico a la Sociedad es la intangible capacidad que desarrolla para resolver problemas inesperados” 
Enero 22 de 2014
http://bit.ly/trino-aporte-cientifico

“Antioquia necesita un “Tanque de Pensamiento Científico”: un “cerebro colectivo” pensando los problemas prácticos de la región” 
Enero 22 de 2014
http://bit.ly/trino-tanque-pensamiento

El problema de los Científicos en sociedades emergentes como la nuestra es que no vienen con un manual que nos explique cómo se usan o para qué sirven exactamente.  La Ciencia Nacional es una empresa relativamente reciente que, creo yo, esta empezando apenas ahora a ofrecer los primeros frutos visibles.  Lamentablemente casi nadie parece darse cuenta de ello, ni siquiera los científicos mismos.

Normalmente cuándo le pedimos a los Científicos Criollos que nos indiquen cuál ha sido el aporte que han hecho a la sociedad en un año dado, ellos sacan una lista de papers publicados en importantes revistas de circulación internacional, editadas en una lengua que a duras apenas hablamos aquí y en países lejanos (en términos geográficos aunque no informáticos) donde creería uno sí usan esa ciencia para algo importante.  Lo peor de todo es que los problemas que esos papers supuestamente resuelven (o plantean) nada parecen tener que ver con los asuntos que aquejan al país o a la región que financia esa misma ciencia.  Pero más triste aún es saber que el contenido de muchos de esos papers escritos en Colombia posiblemente beneficien a algunas industrias extranjeras de muy alta tecnología que con ello favorecen economías y sociedades avanzadas.  Y mientras tanto ¿nosotros qué?

Si bien el párrafo anterior parece escrito por un ciudadano bastante informado pero no muy consciente del funcionamiento real de la ciencia y sus derivados (el dirigente o gobernante típico), contiene preocupaciones a las que debemos dar claramente respuesta los científicos que nos beneficiamos del lugar que la sociedad ha creado para nosotros.

Mi propósito en esta entrada es justamente ofrecer una visión muy personal (aunque naturalmente basada en mi experiencia y perspectiva profesional) de cómo debería abordarse este debate.  Si me alcanza y les interesa, también ofrezco aquí algunas soluciones a lo que podríamos llamar el problema de la financiación de una “ciencia extranjera”.

Lo primero que deberíamos decir es que no creo que casi ningún científico, ni en Colombia, ni en el mundo, se levante por la mañana pensando que con su ciencia va a resolver los problemas apremiantes de su entorno inmediato o de la humanidad en general: la escasez de alimentos, la contaminación creciente del planeta o la desigualdad social.  Si bien, seguramente, muchos científicos sociales y ambientales mencionan estos problemas cuando hablan de lo que hacen (especialmente frente a políticos, dirigentes o personas que no son de su área), la verdad es que la mayoría nos la pasamos resolviendo problemas relativamente pequeños: las implicaciones de modificar este o aquel gen en el plátano, las propiedades de esta o aquella sustancia (una de millones) presente en fuentes de agua potable, las propiedades de este material, frente a aquel otro, etc.

No hay científicos, ni aquí, ni en ningún lugar del mundo escribiendo papers titulados “Cura para el Alzheimer en Antioquia” o “Método económico para trasladar la humanidad a Marte antes de que se caliente demasiado la Tierra”.  Eso es lo que uno le dice a los periodistas, pero la ciencia es muy más diferente: avanza de a pasitos pequeñitos.  Incluso cuando un científico dice que va a desarrollar “Nuevas Medicinas para las Enfermedades Tropicales” posiblemente este diciendo que tiene que escribir unos 5 o 10 papers antes de estar siquiera cerca a eso.

Todo esto, para decir, que es prácticamente imposible que de un solo paper, incluso que de muchos de los papers que los científicos colombianos escriben en un año pueda salir la solución a cualquiera de los problemas que nos aquejan, del modo en que sale un conejo del sombrero de un mago.

¿Entonces? El problema de nuestras expectativas con la ciencia esta en el hecho de que no reconocemos el valor que esta realmente crea: la capacidad para resolver problemas, diseñar, desarrollar o manejar herramientas sofisticadas de observación y de análisis.  Cada que un científico colombiano escribe un paper sobre el polvo que se crea en las atmósferas de estrellas moribundas, esa persona esta refinando habilidades que ninguna otra actividad humana tiene la capacidad de formar.  Visto de esta manera, la ciencia produce, al margen de importantes granitos de arena (bastante inútiles) para la comprensión de la naturaleza (humana, social o física), nuevas capacidades en la sociedad que no existirían sin que pagáramos a personas dedicadas y responsables para entrenarse y convertirse en expertos de esas mismas capacidades.

¿Saben ustedes cuántas horas pasa frente a un computador un Astrofísico Computacional (que para los más pragmáticos es un perfecto inútil que no sabe casi nada de los problemas que aquejan a la sociedad colombiana), inventando algoritmos, nuevas maneras de almacenar ingentes cantidades de información en limitados recursos computacionales, esquemas de comunicación o representación de la información que nadie más ha creado? Pues tantas como las que pasa un hacker que trata de colarse en redes gubernamentales o militares solo por diversión.  Entonces ¿qué es lo que importa? ¿los papers incomprensibles que publica cada año? (y que dicho sea de paso permiten que entendamos un poquito mejor, por ejemplo, la física de la caída de materia en una estrella de electrones antes de una explosión de supernova) o ¿la capacidad que tiene para desarrollar y utilizar modelos informáticos?

Mi propuesta es entonces que las agencias de financiación, los gobernantes y los directivos de las universidad, dejen de preocuparse tanto por una producción que, como bien han terminado por entender, poco o nada le aporta a los problemas nacionales, y en cambio lo hagan por las capacidades desarrolladas por esos mismos científicos para producir justamente esos resultados.

Estoy seguro que si hiciéramos un inventario de lo que “puede hacer” Colombia, en el sentido de lo que han aprendido a hacer sus científicos mientras publicaban los miles de artículos de los que nos vanagloriamos como ciencia nacional, nos daríamos justamente cuenta de que todo el dinero invertido en esos “Rocket Scientist”, como dicen los gringos, ha valido sobradamente la pena.  Como dije muy al principio, todas las décadas de Ciencia Nacional, aparentemente inútil, han creado un país increíblemente capaz para resolver los problemas que cuando comenzó esa inversión apenas soñábamos que iban a existir.

“Resuelto” ya el problema de cómo justificar el dinero invertido en papers inútiles, que no se ha desperdiciado porque estos papers fueron producidos por una capacidad intelectual que todavía esta aquí en Colombia (a pesar de la diáspora), queda el problema de como aprovechar ese potencial.  De como explotar ese recurso fantástico.  ¡He ahí el quid del asunto!  La solución es lo que nos hace diferentes de Alemania o Japón.

No hay en esto fórmulas mágicas.  Donde hayan seres humanos, todo será siempre, absurdamente complicado.  Podríamos perfectamente contar actualmente con una incalculable “capacidad científica”, pero al estar esa capacidad almacenada en instituciones y personas con una idiosincrasia y cultura particular, sacar de allí ese “tesoro” podría ser más difícil de lo esperado.  Tal vez nos toque, precisamente, usar parte de este recurso intelectual para inventar la manera justamente de explotar esta mina.  Esta entrada de blog es mi modesto aporte.

Hay tres mecanismos que considero podrían usarse de manera casi inmediata en todas las instituciones que lideran la investigación científica nacional, para poner a disposición la capacidad desarrollada por la ciencia criolla: (1) Los “tanques de pensamiento” (o think tank para los más internacionales), (2) un cambio del modelo de valor de la investigación, de los papers a las capacidades desarrolladas y (3) un sistema de “cuotas de talento” capaz de poner efectivamente esas capacidades al servicio de problemas reales.

No me quiero extender más en esta entrada (a esta altura ya debo haber perdido el 80% de los lectores) y creo que los mecanismos anteriores podrían intuirse a partir de las frases que los presentan.  Pero dejen me presentarlos así sea juntos en un único párrafo.

Señores gobernantes y directivos de investigación: dejen de preguntarle a los investigadores únicamente por cuántos papers han publicado o cuántas patentes han desarrollado.  Ninguno de esos números indican, en la línea de razonamiento de esta entrada, cuánto ha ganado realmente la sociedad Colombiana con la labor de esos profesionales.  Hay que empezar a preguntar a los investigadores por cuáles capacidades nuevas se desarrollaron y en qué medida lo hicieron; o cuántos expertos se formaron en el desarrollo de un trabajo de investigación.  Lo publicado o inventado es para el bien de la ciencia o la técnica mundial.  Las capacidades desarrolladas son nuestras.  Esto es a lo que yo llamo aquí cambiar el modelo de valor de la investigación.

Un científico es una persona a la que le gusta resolver acertijos.  Quien lea esta entrada y sea científico se identificará seguramente con la emoción que se siente cuando se esta ante un problema nuevo y cuya solución es desconocida; con esas etapas iniciales de especulación y lluvia de idea; o con el rompecabezas de armar la solución y darle una forma adecuada, cuando ya se ha encontrado la salida.  Si no lo hace, tal vez le falto jugar más ajedrez con los amigos o tener buenos profesores de ciencias.   Pero resolver un problema es difícil.  Se requiere madera especial para hacerlo y los científicos son expertos en hacerlo.  Con ingenio, liderazgo y obviamente buenos recursos, se pueden sentar grupos altamente multi disciplinarios de científicos en una habitación a hablar sobre un problema práctico de la región o el país.  Entre más concreto sea el problema y entre más difícil parezca la solución, pero, más importante, y más se note que nuestras habilidades pueden ser utilizadas, mejor será la experiencia.  Poner a los científicos en “una pecera” podría ser perfectamente el principio para la solución de muchos problemas concretos.  ¿Cuál sería el estímulo para ellos?  ¿su interés por los problemas? ¿la posibilidad de participar en proyectos prácticos? No sé.  Lo único que les puedo decir es que si a mí como Astrofísico me dicen que me van a financiar la participación en un evento internacional de Astrobiología (que hasta donde sé no tiene aplicación práctica en los problemas de Antioquia) pero que a cambio debo participar periódicamente en una de esas encerronas, no dudaría ni un segundo en aceptar.    Esto es justamente lo que se podría hacer en lo que se conoce popularmente como un “Tanque de Pensamiento”.  Colombia debería estar llena de estas “peceras creativas”.

Finalmente: ¿que pasaría si por cada proyecto que nos financiaran a los “Rocket Scientist” tuviéramos que pagar una “cuota práctica”, siendo parte por ejemplo de un tanque de pensamiento, asesores o co investigadores de un proyecto de naturaleza más práctica? Lo que creo es que poner más cuotas a los científicos, aparte de las que ya pagan, producirá en ellos una reacción no muy positiva; el modelo podría implementarse y colapsar rápidamente.  Pero ¿por qué no intentarlo?  Nadie quita que pudiera salir algo realmente bueno.

En síntesis el valor de la ciencia nacional no esta en los papers o las patentes que produce nuestra comunidad sino en lo que hemos aprendido a hacer mientras escribíamos esa literatura o nos inventábamos máquinas o procesos para resolver pequeñísimos problemas científicos.

Lo cierto de todo es que si el gobierno quiere desarrollo, innovación o educación, y como diría el pollito, sin científicos ¡ni pío!

Mas Ejecutivos y menos Arrogantes

Siguiendo la lógica de la mayoría de los científicos, primero pobres antes que ponerse un traje de corbata para una reunión de alto nivel o que endulzarle el oído de un funcionario que podría favorecer un desarrollo científico de importancia.  A veces, también la ciencia, exige sacrificios sociales de parte de los científicos que nuestro incipiente autismo impide que hagamos con más frecuencia.

“La ciencia criolla necesita más ejecutivos y menos autistas arrogantes” 
Enero 14 de 2014
http://bit.ly/trino-ejecutivos-autistas

La semana pasada escribí una entrada de blog que tuvo un eco interesante entre científicos y no científicos en las redes sociales (vea la entrada original en este enlace). Al principio pense que sería una opinión demasiado personal, como lo son la mayoría de las cosas que escribo en Twitter y por extensión en este blog. Pronto descubrí que el sentimiento expresado allí, que en síntesis era que nos “reveláramos” de alguna manera contra esa forma descarada de los medios y el gobierno de hablar de los grandes científicos que ha dado el país, cuando en realidad la ciencia Colombiana esta medio abandonada, tenía más adeptos de lo esperado.

Es hora, sin embargo, de hacerle un poco de contrapeso a aquella entrada. No podemos hacernos los locos ni reconocer también los errores que como “científicos criollos” cometemos frente a los retos de naturaleza administrativa o política que nos impone nuestro “ecosistema” nacional.  No es que quiera borrar con un codo, lo que escribí con una mano (que en tiempos de internet debería ser algo así como borrar con el mouse lo que hiciste con el teclado) La razón para esta reflexión crítica, ahora un poco en contra de los Científicos, es que me encuentro por estos días justamente en una situación en la que he descubierto entre algunos de mis colegas lo que describiría como un insoportable “autismo administrativo”.

Antes de continuar quiero aclarar que es posible que algunos consideren inapropiado usar, para una analogía, un problema tan delicado como el autismo que afecta a millones de personas (especialmente niños) en todo el mundo. Ni más faltaba que yo quisiera presentar este problema de salud pública como algo sobre lo que se puede hablar informalmente. Para nadie sin embargo es un secreto que el autismo lleva a algunos seres humanos a hacer cosas que para la mayoría tendrían una dificultad extrema. Sabemos de casos en la historia de la ciencia de grandes hombres que pudieron haber sufrido las dolorosas consecuencias del autismo, pero que también nos legaron valiosos secretos sobre la naturaleza que personas (supuestamente) normales no podrían. No sé si existe una estadística pero me atrevería a asegurar que más del 1% de los científicos del mundo sufren de un verdadero “autismo incipiente”. No sé si esa condición sea la culpable del mal que nos aqueja a los científicos criollos y que quiero exponerles aquí, pero estoy seguro que los rasgos de la personalidad propios del científico y que a veces asociamos con el autismo, pueden ser parte de la causa de este problema.

Entonces ¿a qué me refiero aquí con esa condición de “autismo administrativo” propia de nuestros científicos? (y hasta aquí llega mi analogía) Me refiero a la actitud que tenemos muchos en la ciencia nacional de desdeñar las reglas “especiales” que rigen el mundo de la gestión y la administración, reglas de las que depende, en gran medida que exista el sistema en el que nos dedicamos exactamente a lo que más nos gusta. Ese desdén por lo administrativo, por las relaciones públicas y por la política, no viene propiamente de nuestra ignorancia sobre estos asuntos sino, y aquí hablo por mí mismo y por algunos colegas que conozco bien, de nuestra propia arrogancia.

Para nadie es un secreto que la gran mayoría de quienes hacemos ciencia (no solo en Colombia sino en todo el mundo) nos caracterizamos por nuestro desaliño. No solo es claro que no nos vestimos del todo bien (aunque habría que dejar por fuera seguramente a todas las damas  que cada vez en mayor proporción hacen ciencia en Colombia y en el mundo) sino que además somos bastante informales en el trato con personas que no conocemos. Las relaciones personales con compañeros de trabajo que no son científicos tampoco son siempre las mejores (ni siquiera con los colegas, hay que admitirlo). Aunque no somos malas personas hay ciertos detalles en esas relaciones que olvidamos por lo que parece un excesivo pragmatismo propio de nuestra relación con la ciencia. Con el temor tal vez de ir muy lejos diría inclusive que muchos llegamos al extremo de descuidar el aseo personal por nuestras infinitas ocupaciones como científicos (o por nuestro desinterés rampante por lo que nuestra persona pueda reflejar).  Lo del científico loco, despeinado y descuidado, no solo es un lugar común, sino que en universidades y centros de investigación se encuentra hasta en el más común de los lugares.

Insisto en que no quiero generalizar. Conozco colegas muy bien puestos, hombres y mujeres impecables no solo físicamente sino también en su relación con colegas científicos y no científicos. Pero no nos digamos mentiras: la mayoría somos descuidados.

Pero no es del caso centrarnos solo en esto. Profesionales de otros gremios sufren del mismo tipo de “desaliño natural”.

El verdadero problema esta en que seamos siempre así. Ni siquiera en los momentos en los que deberíamos guardar reglas estrictas de presentación personal y comportamiento e incluso pensar estratégicamente en la forma como nos relacionamos con personas claves, seguimos siendo los mismos de siempre: mal vestidos, revisores despiadados que no tenemos problema en señalar abiertamente los defectos de una decisión o un razonamiento, críticos sociales y políticos sin anestesia, en fin, y para la perspectiva de la mayoría en el mundo de la gestión pública, verdaderos pelmazos.

No es que todos los científicos debamos comportarnos divinamente en todas las situaciones. Pero es que tampoco nos han formado para comportarnos adecuadamente cuando toca, y en especial en aquellos momentos en los que de un comportamiento social apropiado podría depender, por ejemplo, la obtención de apoyo político o económico para iniciativas de gran impacto en nuestras áreas específicas.

Les voy a dar un par de ejemplos de la vida real para soportar mejor el punto que quiero desarrollar aquí.

Ejemplo Número 1. Estamos en una reunión de alto nivel en el gobierno nacional.  La reunión no es política sino que versa sobre el desarrollo de un área científica y tecnológica de importancia nacional. A la reunión asisten directivos de distintos organos del estado, entre ellos, aquellos que definen la financiación de la ciencia y la tecnología. Hay unos 20 asistentes y el peor vestido es justamente el único científico presente. Pero la ropa es lo de menos. En la reunión muchos, que saben como comportarse en estas situaciones, hablan sin reparos de sus propias iniciativas e instituciones; se hacen notar y son reconocidos por los personajes que ostentan el poder en la reunión. Pero el único que esta en silencio es el científico. ¿Qué pasa por su cabeza? “hasta que no tenga algo realmente importante y correcto para decir ¿para qué hablar?” Lo ha aprendido en sus lecciones de objetividad científica. Olvida, sin embargo que es justo en esos momentos en los que debe hacerse notar, así sea para decir algo con una importancia secundaria. Si los directivos que hay allí lo reconocen y lo recuerdan será más fácil obtener una reunión privada con ellos en las que pueda hablarles personalmente de problemas mucho más trascendentales. Pero la reunión culmina y nadie recuerda al científico.

Ejemplo Número 2. Estamos ahora en una reunión de alto nivel con un gobernante, que tiene a su disposición, valga la pena aclarar, recursos que podría usar con un poco de voluntad política para el desarrollo científico de la región que esta bajo su administración. Asisten a la reunión un par de científicos, vestidos, otra vez, como lo harían cualquier día en la Universidad. La reunión es registrada por el fotografo oficial de la oficina y aparecerá unos días después en los diarios oficiales. El gobernante vestido impecable y los científicos informales que lo acompañan. Pero de nuevo, la apariencia es lo de menos en este caso (aunque podría ser lo de más inconscientemente para el gobernante) A los científicos les han concedido 5 minutos para presentar sus ideas. Ellos, que están acostumbrados a presentaciones de mínimo 10 minutos en las conferencias más agresiva, en su lugar, preparan una presentación de 10 diapositivas llenas de tecnicismos definitivamente muy importantes para su proyecto. No hay ninguna diapositiva que tenga solo por objeto “enamorar” o atraer la atención del gobernante (cuyo nombre creo que a esta altura tampoco recuerdan).  En la tercera diapositiva (justo a los 5 minutos de haber comenzado) el gobernante suspende subitamente la presentación para hacer un comentario sobre la verdadera realidad política de nuestro país y las dificultades para realizar proyectos como el planteado por los científicos. Pero ¿cuál es la respuesta más inteligente de los científicos ante la acotación del gobernante? Una negativa rotunda; una oposición radical (aunque posiblemente respetuosa) a la observación del gobernante, oposición que desconoce evidentemente su experiencia e intuición. Para los científicos si los números dicen que es posible entonces es posible.

Ejemplo Número 3. Vivimos en un país en el que el gasto público solo se puede programar en “cuantos temporales” de entre 2 y 4 años. En este ejemplo el dinero para un importante proyecto científico parece estar disponible. El ambiente político nunca había sido tan favorable para un proyecto científico de esta envergadura. La tarea que tienen ahora los científicos es la de formular un proyecto que se acoja a los formatos y lineamientos del gobierno. Pero el plazo es muy corto para los científicos implicados, que se encuentran, por esos mismos días, escribiendo algunos papers importantes o calificando “quices”. Pasan los meses y el científico, dedicado a su elevada función, no cruza ni una sola llamada ni siquiera con un funcionario de bajo rango de la oficina que tiene listos los recursos para quién sepa presentar una buena propuesta. Sus ideas son tan importantes que es seguro que el día en el que se vuelva a presentar ante el gobierno todos recordaran la importancia de su ciencia y tendrán la misma disposición del principio.  Meses después cuando por fin sus ocupaciones se lo permiten el científico descubre en una llamada que hace a nombre del Profesor X de la distinguida Universidad Y que el gobierno que estuvo a punto de financiar sus sueños esta a punto de finalizar su período y no puede gastar un peso más.

Si creen en la verosimilitud de estas 3 historias entenderán lo que digo cuando me refiero a que algo nos esta faltando a los científicos criollos (que imagino le falta también a muchos otros científicos del mundo) y que nos impide ser más efectivos o “ejecutivos” en nuestras incursiones en el mundo administrativo y político (que cada vez son más frecuentes)  En otros lugares del mundo, una maquinaria administrativa y política aficiente compensa la falta de habilidades prácticas de los científicos.  Pero en nuestro medio, que apenas hace unas décadas puso a la ciencia en un renglón del gasto público, no existe todavía una interface verdaderamente efectiva y nos toca a los científicos hacer la tarea. El problema es que no estamos preparados para hacerla. No deberíamos descartar que esta fuera, entre otros 3 o 4 factores, una de las razones por las que nuestra Ciencia este medio abandonada.

No quiero tampoco con esto disculpar el descuido público o excusar a tantos gobernantes y políticos que han desdeñado la ciencia y la han considerado como lo último en lo que invertirían sus valiosos presupuestos públicos (que en nuestro país parecen más bien billeteras electorales) Tampoco quiero desestimar el número de oportunidades en las que científicos con habilidades ejecutivas han sido engañados por esos mismos gobernantes y políticos, aún después de utilizar sus mejores atributos como oradores o su entendimiento del funcionamiento de la política y la administración.

Pero no nos digamos mentiras: a los científicos criollos nos hace falta unas cuantas lecciones de… bueno de casi todo.

¿Qué podríamos hacer? Una primera medida que considero fácil de implementar es la de incluir en la formación de nuestros estudiantes de pregrado en ciencias un curso de “etiqueta” y “buenos modales”. Bueno, cuando paren de reír les explico. Sé que estudiantes de administración y otras carreras en las que el trato interpersonal, especialmente con extraños, es muy importante, reciben un curso de este tipo. Allí les enseñan desde como comportarse en la mesa hasta como vestir adecuadamente para eventos de distinta naturaleza.  Pero ¿les vamos a quitar a nuestros estudiantes 1 o 2 créditos de matemáticas o química para que sean buenos comensales? ¡por favor! Pero piénsenlo mejor y tal vez esta sea una manera de asegurarnos que algunos dejen una impresión positiva y permanente en interlocutores que si conocen esas reglas.  Tal vez es mejor que no sepan esto o aquello en ciencia (igual lo aprenderán si lo necesitan), pero todos tendrán alguna vez que pedir recursos para investigación

Los tiempos de la ciencia son a veces arbitrarios. Si nos tomo casi 5,000 años saber que el mundo estaba hecho de átomos ¿a quién le preocupan 2 o 3 años en un proyecto de investigación? Si bien cuando los recursos están asegurados este razonamiento puede ser claro como el agua, cuando de conseguir una inversión económica en proyectos ceintíficos de grandes dimensiones se trata, el tiempo es clave. Por una vez en la vida deberíamos hacer las cosas en menos tiempo del que creemos justo.  Olvídese de los 90 días que nos dan en las revista para responder al referee. En la administración pública o privada 90 días son una eternidad a la hora de asegurarse que un proyecto quede incluso de último en una reducida lista de inversión.

Hay que comprarse un buen traje, aprender a usarlo y efectivamente usarlo y no solo para recibir premios por nuestra indudable genialidad científica. No debemos desestimar el valor que una buena impresión personal tiene en una reunión con personas que usan reglas diferentes para relacionarse y tomar decisiones. Una corbata o un vestido pueden en un momento dado ser la diferencia entre obtener apoyo o simplemente un golpecito en la espalda y unas manifestaciones de admiración. Tampoco se trata de disfrazarse, ponerse ropa que nunca se usa para ser quién no se es frente a personas que no son importantes para usted pero que tienen el dinero que necesita.  Recuerde que nadie es tan estúpido como para no darse cuenta que esta siendo utilizado. El traje debe ser el recipiente de un gran carisma y de una sinceridad no muy burda. Una parte más de su esfuerzo por cumplir algunas normas sociales básicas para aproximarse a personas que se rigen por reglas diferentes.

Usted es el científico. Él es el gobernante, el directivo o el ejecutivo. No subestime su experiencia. No siempre un “no” o un “esto no es prioritario” significa que “no entendí nada porque soy un iletrado científico y me falta visión”. Adáptese, ceda, trate de negociar. Es claro que en ocasiones demostrar un poco de sumisión frente a quién en un momento dado tiene el poder, es la mejor herramienta para desarmar a quién podrá dejarlo fuera del juego (conozco científicos que si incluso el referee de una revista les solicitas una “revision mayor” de un paper prefieren retirarlo en lugar de ceder un poco)

No sé si a este punto los habré convencido de algo, pero en lo que a mí respecta y a partir de ahora, intentaré ser, en los momentos en los que toque ser, mas un “ejecutivo arrojado” en lugar de un “autista arrogante”.

Les contaré si llego a conseguir algo importante.

Un Científico es de donde lo Cuidan

Siguiendo la lógica de los medios de comunicación, Colombia tiene dos o tres científicos que si no han estado a punto de ganar el premio Nobel podrían ganárselo en un par de años.  La triste verdad es que tecnicamente ninguno de esos colombianos es realmente un “científico colombiano”

“#Definición: Un científico es del país dónde financien sus ideas más alocadas. Lo demás es un injusto orgullo de la cuna que lo despreció” 
Diciembre 28 de 2013
http://bit.ly/trino-casa-cientifico

“No den al Gobierno Colombiano méritos que no tiene: ni Llinas, ni Ana María Rey son científicos colombianos. Los paga el Gobierno Americano” 
Diciembre 28 de 2013
http://bit.ly/trino-llinas-rey

Por estos días fue muy popular en las redes sociales la noticia de que Ana María Rey, egresada del Departamento de Física de la Universidad de los Andés y quién hoy ostenta una posición de profesora en la Universidad de Colorado en Boulder, Estados Unidos, había sido seleccionada en un exclusivo grupo de 102 científicos jóvenes que fueron honrados por la Casa Blanca por sus brillante carrera.

La noticia se produjo alrededor de los mismos días en los que estaba leyendo una entrevista que la Revista Bocas del diario El Tiempo le hizo al Doctor Rodolfo Llinás (y que a propósito recomiendo leer a todos en este enlace) Para quienes no lo conocen (en Colombia es una “celebridad”) Llinas es Director del Departamento de Fisiología y Neurociencia de la Universidad de Nueva York, autor del best-seller “El Cerebro y el Mito del Yo”, de familia catalana, nacido y educado (durante el pregrado en Medicina) en la ciudad de Bogotá.

Con Rey y Llinas, Se me vino también a la cabeza la Doctora Nubia Muñoz, Científica Emérita de la Unidad de Estudios de Campo de la Agencia Internacional de Investigacion del Cáncer (Lyon, Francia).  De origen Colombiano y formación en pregrado y posgrado (?) en la Universidad del Valle, la Doctora Muñoz estuvo en el partidor del Nobel de Medicina en 2008 por sus investigaciones de campo sobre la relación entre el cáncer de cuello uterino y el Virus del Papiloma Humano.

Tanto Rey como Llinas y Muñoz son presentados normalmente (especialmente por la prensa) como eminentes “científicos colombianos” que dejan muy en alto el nombre de nuestro país en comunidades normalmente dominadas por expertos de otras latitudes.  Nos llenamos la boca diciendo que una “colombiana” estuvo nominada al premio Nobel de medicina, que un colombiano es posiblemente uno de los neurocientíficos más sobresalientes del mundo y que una uniandina es una genio de la física “criolla” que ha revolucionado el estudio de los “átomos ultrafríos”.  Todo es verdad, excepto por el hecho de que ninguno de ellos es tecnicamente un “científico colombiano”.  El hecho de que hayan hecho sus primarias en Colombia (el pregrado es la primaria en el mundo de las ciencias) y que les haya tocado montar en esos colectivos colorinches de nuestras capitales cuando eran unos “nerds” inquietos, no los convierte automáticamente en Científicos de Colombia.

No.  Para ser un científico colombiano (lo que actualmente no se le desea ni a un referee sesgado) es necesario haber pasado por algunas vicisitudes bien conocidas por la fauna científica criolla.  Se debe, por ejemplo, haber recibido una calificación de 97/100 en un proyecto de investigación casi perfecto y no haber obtenido financiación porque otros 25 proyectos en áreas mas “pertinentes” (no me hagan mencionarlas siquiera) recibieron 100/100 de revisores de dudosa reputación.  O por ejemplo se requiere haber formado estudiantes de maestría y doctorado que trabajaban 3/4 de tiempo como profesores de cátedra en Universidades privadas para pagar sus onerosas matrículas de posgrado (porque en Colombia existen los pregrados públicos pero todos los posgrados son privados).  O tal vez haber estado 1 año en una lista de elegibles de Colciencias para salir descalificado en el último momento.  El científico colombiano asiste cada vez que puede a una conferencia internacional e incluso debe suplicar por ayuda de sus instituciones para que paguen en caso de que lo inviten.  Todo sin mencionar el hecho de que al científico colombiano le toca luchar contra los sesgos naturales del mundo científico que ven con recelo investigaciones realizadas en medio de las montañas de Colombia en lugar de las planicies heladas de Massachusetts.  Al científico Colombiano no lo afecta tener un apellido impronunciable en el mundo anglosajón o teutón y que se remonta claramente a saqueadores de la corona española, Pinzón, González, Muñoz.   Lo afecta no tener una afiliación de rancio abolengo ni estar emparentado científicamente con un Big Name.

No es que la vida de los científicos americanos como Llinás o Rey o de los franceses como Muñoz sea fácil.  Ellos tienen también grandes dificultades que superar.  Por ejemplo, tienen que ser extremadamente buenos en lo que hacen para sobresalir en una multitud de otros genios venidos de todas partes del mundo.   Tienen que hacer cosas realmente grandiosas e impactantes para recibir apoyos financieros multimillonarios.  Tienen que elevar el prestigio de sus instituciones hasta las nubes, ganar premios y formar muchos estudiantes de posgrado (todos becados) ¡Que vida tan difícil! ¡Ya se la soñaría cualquier científico colombiano decente!

No podemos darle el gusto al Gobierno Colombiano, que poco ha hecho en la ya larga historia de las Ciencias Básicas en el país por garantizar un nivel decente de financiación para la ciencia, ni a las mismas Universidades de las que se graduaron estos ilustres científicos, de que se vanaglorien por el logro de profesionales que han sido pagados por gobiernos e instituciones con la visión suficiente para entender que invertir en la ciencia es tan importante como mantener uno de los ejércitos más grandes del mundo (es paradójico que el país con el ejercito más grande, en cambio, si deje un poco para mantener un alto nivel de desarrollo científico)

Ahora bien.  Una cosa es una Pelota Negra y otra una Negra en Pelota.  Una cosa es un “Científico Colombiano” y otra un “Colombiano Científico”.  Decir que estos tres destacados profesionales no son Científicos Colombianos no significa decir que no sean Colombianos de los que nos sentimos muy orgullosos todos sus compatriotas ¡ni más faltaba!  Tampoco quiere decir esto que no hayan verdaderos Científicos Colombianos (en el sentido técnico de la palabra).  Los hay, y muchos son realmente destacados (algunos incluso no nacieron en Bogotá, Medellín o Cali, así como Llinas tampoco nació en Nueva York ni Muñoz en Lyon).  Que los conozcan los medios, tal vez no.  Que los premie la Casa de Nariño, muchos menos.   Nuestras Universidades están llenas de ellos.  Gente que se quiebra la espalda tratando de sostener una reputación científica de nivel internacional con los centavos que el Gobierno les suelta para investigación.  Profesionales que, si bien ganan un salario extremadamente decente para el estándar Colombiano, tienen que hacer milagros para garantizarse un estudiante de posgrado de tiempo completo (cuyo salario cuesta mucho más de lo que el científico colombiano podría pagar con sus ahorros) o para conseguir financiación para los equipos que necesita para estar a la vanguardia de su propia disciplina.

Debo admitir también que soy consciente del hecho que entre los propósitos de resaltar las carreras de estos profesionales esta el de animar a las nuevas generaciones a seguir sus pasos.  Esforzarse más allá de sus límites para hacer carreras que en Colombia todavía tienen “mala reputación” entre sus familiares (¿física? ¿astronomía?) para que algún día logren sobresalir y ser valorados como los genios que pueden ser en países donde la ciencia si es importante.  Sin embargo, ahora mientras lo escribo me doy cuenta que tampoco esa es una buena justificación.  ¿Qué esperanza tiene un joven genio que sabe que para poder ser destacado, para hacer grandes cosas y cumplir sus sueños más alocados, debe dejar su país y vivir como inmigrante por el resto de su vida?

Si Colombia quiere a una Ana María Rey, a un Rodolfo Llinás o a una Nubia Muñoz, firmando sus papers con afiliaciones Colombianas debe mandarse la mano al bolsillo.  Debe cambiar el sistema educativo (especialmente a nivel terciario) y el político por ahí derecho y obviamente las leyes que determinan cuánto se destina a la investigación básica.  Debe invertir en las cosas más inútiles de la ciencia, un acelerador de partículas, un laboratorio de nano ciencias o uno de bajas temperaturas, una estación antártica, un supercomputador para hacer desde simulaciones cosmológicas hasta modelos climáticos a 100 años, un satélite con una carga útil científica, un observatorio astronómico o un radiotelescopio.  Todo esto, que es considerado por nuestros políticos y por el 95% de los Colombianos, un despilfarro miserable de recursos públicos es lo único que nos haría una sociedad preparada para resolver los problemas no de hoy sino del próximo siglo.

Antes de que eso pase me seguiré avergonzando cada vez que alguien diga que Rey, Llinás o Muñoz son Científicos Colombianos.

Actualización.  En el número de la Revista Semana del 5 de enero de 2014 se publica una lista muy interesante de 30 colombianos destacados con menos de 30 años.  ¡Aplaudo la iniciativa! Los jóvenes necesitan este tipo de exposición y reconocimiento muy temprano y no cuando sus carreras ya se han consolidado y quienes los premian son sus propios estudiantes.  Me sorprendió, sin embargo, descubrir que entre los únicos dos personajes con una relación directa con la ciencia, uno de ellos no solo no es un Científico Colombiano, en el sentido explicado aquí, sino que, me atrevería a decir seguro es también ciudadano Inglés (puedo equivocarme).  ¿No pudieron encontrar a un joven destacado en la Ciencia en Colombia? ¿será que no existe?  El personaje del que les hablo es el candidato a Doctor Gabriel Villar.  No lo conocía y naturalmente admiro sus logros.  Pero Gabriel estudio el bachillerato, el pregrado , la maestría (?) y esta haciendo el doctorado en el Reino Unido.  ¿Son estos los científicos Colombianos de los que nos debemos sentir orgullosos? Acaba de publicar un paper en la prestigiosa revista Science con sus colaboradores en la Universidad de Oxford y eso lo hace mejor, según la revista Semana, que todos los Profesores Jóvenes y estudiantes de Doctorado brillantes que conozco y están vinculados a la Universidad Nacional, la Universidad de Antioquia, la Universidad del Valle o la Universidad de los Andes.  La otra persona destacada en la lista es Vanessa Restrepo, una brillante joven paisa que ha cosechado, aún sin terminar sus estudios universitarios de pregrado, impresionantes logros científicos en el exterior.  Esperemos que Colombia tenga la visión para que Vanessa haga sus patentes y publique sus futuros Natures con una dirección que diga “Cra. X, No. N-M, Medellín (Colombia)” (o de cualquier otra ciudad que le alcahuetee sus más alocadas iniciativas)

Actualización, Enero 14 de 2013.  Mary en su comentario abajo aclara que el Doctor Rodolfo Llinás fue Director del Departamento de Fisiología y Neurociencia de la Universidad de Nueva York hasta el 2012.  Muchas gracias.

Navegador de artículos