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Enseñar y Administrar Investigando

Se esta hablando por estos días de un tema que ha estado en el aire por décadas en el entorno universitario: ¿son los profesores de planta en las universidades, con contratos fijos y carreras de investigación que se sobreponen a sus obligaciones docentes, buenos o malos para la educación universitaria? He aquí una visión del asunto desde la perspectiva de alguien, que como yo, podría considerarse uno de esos “profesores problema”

“Un verdadero maestro no te enseña, te hace amar tanto lo que sabe que después te es imposible no aprenderlo por tu cuenta #ReglasDeLaVida” 
Febrero 14 de 2013
http://bit.ly/trino-maestro

La mayoría de quienes nos educamos para ser científicos, aspiramos que algún día nos paguen para hacer investigación.  Ciertamente muchos científicos encuentran su lugar  en sectores de la sociedad ajenos a la academia, que van desde la industria hasta las finanzas, pero no nos digamos mentiras, la mayoría lo que queremos, profundamente, es hacer lo que han hecho los científicos desde Galileo.

Pero pagar a alguien solo por investigar es muy costoso.  Con beneficios que solo se obtienen a largo plazo y contribuyentes que quieren ver su plata convertida en cosas tangibles en plazos menores al tiempo entre juegos olímpicos, la mayoría de las sociedades humanas han optado por crear modelos para mantener a los costosos investigadores científicos. mientras producen resultados que la sociedad pueda reconocer.

La educación es uno de esos sectores en los que los investigadores han encontrado un nicho laboral natural.  Con un mundo más grande y demandas de poder intelectual cada vez mayor  ¿quién no necesita una educación del más alto nivel? y ¿quién la puede ofrecer mejor que alguien que conozca de primera mano la ciencia y la técnica porque justamente se la esta inventando?  Puede que ese no sea el origen histórico de la relación entre las universidades y la investigación, pero la verdad es que actualmente la cosa funciona así.

Ahora bien.  No hay que olvidar tampoco que siendo una actividad humana tan compleja, que requiere habilidades altamente específicas, el desarrollo a largo plazo de la ciencia (es decir la formación de nuevos científicos) exige a los mismos científicos ser maestros de sus propias disciplinas.  De no serlo ¿quiénes enseñarían a hacer ciencia a las nuevas generaciones?

El vínculo entre investigación básica (como un “mal necesario” en todas las sociedades modernas) con los centros de educación universitaria, donde no solo se enseña a científicos sino a todo un ecosistema de profesionales, ha estado sin embargo viciado, creo yo, desde el principio.  La investigación en la Universidad, la inevitable docencia y todas las otras actividades que vienen adjuntas con la fortuna de tener un contrato de trabajo a tiempo indefinido, son normalmente consideradas actividades, sino totalmente independientes, por lo menos con una intersección mínima.

Obviamente todos reconocemos que las labores administrativas son las que garantizan que llegue la plata a nuestros proyectos de investigación; también sabemos que los cursos son una buena manera de descubrir estudiantes talento para convertirse en nuestros asistentes como investigadores.  Pero yo no me refiero a este tipo de “acoplamiento mínimo” entre la trinidad investigación-docencia-administración.  Al fin y al cabo, para lograr lo anterior, un investigador bueno podría prescindir de las actividades administrativas contratando una buena secretaria y no tendría que convertirse en un buen profesor o dictar cursos para que le llovieran estudiantes con talento.

Yo estoy convencido, y creo que así actuo en mi día a día como “Profesor Problema”, que intenta no serlo, que una posible salida para la problemática expuesta al principio es la de reconocer que la administración, la docencia y la investigación en las Universidades podrían tener un “acoplamiento máximo” que garantizara que tantos tipos inteligentes dieran lo mejor de sí en cada uno de esos frentes.

El aprendizaje y la enseñanza están posiblemente entre los problemas científicos más difíciles de todos los tiempos.  Investigador de cualquier disciplina de la ciencia que no reconozca algo de verosimilitud en esta afirmación es porque desconoce la literatura que se ha escrito  por décadas sobre el problema.  Hoy, este, que deberíamos llamar “El” Problema, sigue abierto y una solución satisfactoria, un modelo científico efectivo, parece estar lejos de encontrarse.  Me atrevería a apostar que sabremos primero qué es la energía oscura o para qué sirve el DNA basura, antes que develar satisfactoriamente los misterios del aprendizaje y la enseñanza.

Lo que parecen desconocer todos los genios investigadores de las Universidades, que repelen con vehemencia cualquier responsabilidad que los ponga en frente a un grupo de estudiantes, es que la única manera de resolver los misterios de la enseñanza y el aprendizaje es justamente haciendo lo que ellos son obligados a hacer.  Tal vez nadie les ha contado lo que tienen entre manos.  Tal vez quiénes administran la educación justamente son los que menos saben que más que una máquina para producir gente con habilidades intelectuales, la educación superior es en realidad un laboratorio de ciencia avanzada.  Ciencia que también produce papers para Science y Nature y en la que se pueden obtener recursos para viajar por el mundo y comprar computadores.

¿Cómo serían las universidades si a todos los investigadores que hacen docencia, esta actividad se les asignará no como parte de un trabajo rutinario, que deben hacer porque lo incluye su contrato de trabajo, sino como parte de su propia contribución al crecimiento de la ciencia?

Soy consciente que la respuesta de la mayoría será que a los Astrofísicos o los Químicos Computacionales no se formaron para hacer investigación “humana”.  Una “inmensa minoría” de esos profesionales altamente especializados raramente siente esa fascinación por los complejos mecanismos de la mente, propia de los que se formaron como psicologos o antropologos.  Pero, ¿no es esto en realidad un prejuicio?  Un buen científico es sencillamente una persona curiosa, dispuesta a poner sus habilidades a disposición de cualquier problema que pueda ser atacado con el rigor y la disciplina de la ciencia.  La enseñanza y el aprendizaje necesitan muchos buenos científicos trabajando día y noche para formular preguntas y proponer soluciones a sus problemas.

Lo que soy yo me le apuntaría a esta aventura. En realidad ya lo hice.  A principios de 2013 tuve la oportunidad de recibir (a regañadientes) una capacitación de un grupo de biólogos (doctores en biología) sobre una modelo de enseñanza que se conoce como “Scientific Teaching”.  A pesar de recibir inicialmente el modelo en cuestión con el mismo escepticismo (e incluso desprecio) con el que vemos los científicos los problemas de las ciencias humanas, no tarde mucho en darme cuenta de lo mal científico que había sido hasta ese momento al menos en lo que en relación con el problema de la educación se trataba.  Una frase de los instructores de aquel taller quedo martillando en mi cabeza desde entonces: “si eres un científico tan riguroso, que no escribe nada en un paper sin poner 2 o 3 citas a la literatura que soporte cada afirmación que haces, ¿cuántos papers de educación lees antes de dar una clase?”

Yo no sé ustedes, pero a mí esto me cayo como un baldado de agua fría.  En ese momento me di cuenta que en lo que a la educación respecta, había sido durante casi toda mi carrera como profesor universitario, un verdadero “tegua”; alguien que solo se había guiado por intuiciones y prejuicios y no por la evidencia científica acumulada sobre el problema.  Hoy trato de leer un poco la literatura científica sobre como funciona la mente de mis estudiantes e involucro métodos e instrumentos de medida (educativos) en mis clases.  Estoy a años luz de ser un investigador didáctico pero por lo menos hago el esfuerzo.  Y les confieso: la cosa me ha gustado y no esta muy lejos de lo que hago día a día como investigador en otras áreas.

Con la administración pasa algo parecido (guardadas las proporciones).  Creo yo que los científicos universitarios podrían hacerlo mejor si se les formulara la administración también como un problema de investigación.  Al fin y al cabo ¿no hay también problemas que resolver en la administración en los que una buena dosis de disciplina científica y habilidades especializadas no hagan falta?

Tuve también recientemente una experiencia con este tema cuando participando de un “comité” en mi Facultad (justamente de esos que todos los científicos-universitarios maldecimos) descubrí que había un problema que podría ser solucionado con los mismos métodos que estaba aplicando para la solución a problemas de mecánica orbital (!).  Cuando me di cuenta de ello, el comité se volvió para mí en una experiencia científica similar a una reunión con colegas para discutir el contenido de un paper.  Puse mi creatividad al servicio de algo para lo que no creía que pudiera servir.  Como resultado, hoy la solución que estoy ofreciendo para el problema ha prosperado en las divisiones administrativas de la Facultad y quién sabe ¡hasta un paper podría escribir sobre el tema!.

En conclusión es cierto que los profesores-investigadores-administradores de nuestro modelo presente de universidades parecen estar dando muchos problemas, por lo menos para uno de los protagonistas de esa “trinidad”, lamentablemente el más sensible: la docencia.  Sin embargo la solución no puede ser tener investigadores puros y profesores puros.  Los investigadores también tienén que ofrecer lo suyo a estudiantes y los profesores tienén que investigar para darle a los estudiantes una dimensión de a lo que se enfrentarán.  Una posible salida es considerarlos a todos investigadores, pero de problemas diferentes.  Y no hacerlo tan solo a nivel nominativo.  Se debería incluir consistentemente dentro de sus contratos de trabajo y compromisos adquiridos.  Los “investigadores” en general deberían tener una carga de “investigación docente” cada período y como en toda investigación presentar periódicamente “resultados” de sus labores (incluso en la forma de papers y participación en eventos)

Les aseguro que el resultado podría ser más significativo de lo esperado.  Se los dice un “Profesor Problema” que esta tratando de cambiar.

Los Parásitos de la Ciencia

En relación con la ciencia, en el mundo hay tres tipos de personas: los que saben que la ciencia esta ahí y es importante, aunque no participen de su desarrollo pero tampoco lo obstaculicen (estos son la mayoría); los que hacen ciencia (lamentablemente una minoría); y aquellos que gozan de sus beneficios (como todos los anteriores) y que aún así la consideran un fenómeno intelectual y cultural tan arbitrario como la superstición o el mito (por suerte estos son una gran minoría).  A estos últimos, los llamaré aquí los “Parásitos de la Ciencia”

“Es por esto (http://bit.ly/columna-religion-ciencia) que hay que empezar a enseñar Ciencias Naturales en las Facultades de Humanidades en Colombia”
Enero 31 de 2014
http://bit.ly/trino-ciencias-fac-humanidades

El primer transistor construído en los Laboratorios Bell en 1947. Muchos Parásitos de la Ciencia hoy que hubieran vivido en aquel entonces habrían rechazado la cuantiosa inversión económica destinada a estudiar una tecnología inútil como esa

El primer transistor construído en los Laboratorios Bell en 1947. Muchos “Parásitos de la Ciencia” de hoy habrían seguramente rechazado en su momento la cuantiosa inversión económica destinada a estudiar una tecnología inútil como esta. Hoy la posibilidad que esos mismos parásitos tienen de comunicarse se debe a la ciencia inútil de ese pasado

La ciencia es uno de los proyectos sociales más fascinantes y prolijos en toda la historia de nuestra especie (y posiblemente de la vida en la Tierra como un todo).

Con apenas unos siglos de existencia, el pensamiento científico ha reducido a casi cero la mortalidad infantil en casi todo el planeta; nos ha dado la calidad de vida que necesitamos para explorar el Universo (tanto el exterior como el personal); y ha provisto los mecanismos necesarios para mantenernos en contacto con seres humanos en todo el planeta.  Entre muchos otros beneficios cotidianos, cuyo origen a veces olvidamos.

Ante la evidente realidad de que la ciencia ha sido parte fundamental del progreso de nuestra especie en los últimos cuatro siglos, no se entiende cómo todavía es posible encontrar a personas, supuestamente “cultas” y educadas, que tienen la osadía intelectual de sugerir que la ciencia, como aproximación al entendimiento del mundo, es tan o mas arbitraria que la superstición o el mito.

Solo se me ocurre una explicación para este absurdo: la educación científica, si bien es parte de la formación básica de casi todos los seres humanos (por lo menos de los que pueden pasar por una escuela), esta misteriosamente excluída de los programas profesionales de abogados, periodistas, artistas, administradores, entre otras profesiones que en Colombia y en países con un desarrollo similar, llevan las riendas del estado o son los líderes de la opinión pública.

Mientras que los programas de ciencias e ingeniería tienen que incluir por ley una dosis de formación humanística (lo que es absolutamente indispensable para formar profesionales integrales – un ideal, que como todos, no se logra siempre, al menos es mandado por ley), a un estudiante de Derecho, Comunicación Social o Periodismo o a uno de Artes Plásticas o Música, difícilmente se les enseña (y menos por mandato de la ley) principios elementales de biología, física, química o astronomía.  Para obtener sus “cartones” ninguno tiene que saber, más allá de lo que aprendió en la secundaria, como se organiza y funciona el mundo en el que viven (la mayoría, si son verdaderamente cultos, lo aprenderán por su cuenta)

Como resultado de esto, algunos importantes políticos, dirigentes y periodistas a duras penas entienden que es la ciencia y en casos extremos (como el documentado abajo) inclusive llegan a renegar de ella.  Eso sí, sin dejar por ejemplo de tomarse su “pastillita” matinal para la presión, es decir, de gozar de los beneficios de la ciencia que ignoran.

La semana pasada se publicó en un importante diario en Colombia una columna de opinión en la que uno de esos profesionales de las humanidades (confieso que desconozco su profesión aunque dudo que se haya graduado de un programa de ciencias naturales) argumentaba como las religiones y sus vicios sociales (muy criticados en estos días en nuestro país) eran tan arbitrarios como los de la “sacrosanta” ciencia.  En un reconocido estilo “posmodernista” (como se llaman ellos mismos en círculos académicos) el personaje, que se apoda a sí mismo “Atalaya” (dejo a todos sacar sus conclusiones sobre su afiliación ideológica), afirma que la ciencia no es más que una religión más y que los científicos (y otros intelectuales sensatos) se comportan actualmente como “sacerdotes de la razón”.

Me permito citar aquí algunos apartes de su columna que pueden encontrar completa en este enlace.  Me sirvo de ella porque es un excelente caso de estudio para mis estudiantes de ciencia.  Un caso típico de comparación inapropiada entre la Ciencia y la Superstición, vicio muy frecuente entre los “parásitos de la ciencia”.

La columna comienza así:

De un tiempo para acá parece ser “conditio sine qua non” para ser un intelectual, o simplemente alguien racional, informado y despierto, atacar a la religión, cualquiera que ésta sea.

Atacar doctrinas es justamente el centro del pensamiento científico, sean estas basadas en la superstición o en la razón misma.  Ha sido justamente la “persecución” del error y la “intolerancia” por el sinsentido, la clave del progreso en la ciencia. No hay entonces ningún viso de “moda” en esta actitud de intelectuales y científicos.  Es más bien una actitud natural ante el sinsentido de la superstición.

Lo extraño es que aquellas mentes elevadas que han desvelado los engaños de la religión utilizan un tono burlón, desdeñoso, al referirse a otros sistemas de creencias.

El sarcasmo y el humor son el único recurso que ha quedado en esta discusión centenaria.  Por milenios el poder ha protegido a la superstición.  El analfabetismo (y en general la falta de sentido común) son también presa fácil de la superstición.  Por todo esto la religión ha mantenido una posición importante en la sociedad,  aunque sus dogmas no inspiran sino una profunda sospecha en cualquier ser humano con sentido común.  De allí la necesidad de seguir intentando desenmascararla.

Ahora bien, y este es quizá el punto más importante aquí.  La ciencia no es un sistema de creencias, como sugiere el autor.  Aunque existen muchas definiciones diferentes (la mayoría más inteligentes que la que doy aquí), la Ciencia se podría definir como la suma de un “método” para formular preguntas sobre el mundo y buscar respuestas coherentes a esas preguntas y de un mecanismo social para desvirtuar respuestas arbitrarias, irracionales o incoherentes, tales como las provistas por la superstición y otros vicios humanos.

La ciencia es pues, una “pala” para escarbar en la ignorancia y un “colador” para escoger las “piedras preciosas” de la basura sin valor.  El colador no es perfecto; se nos pasan algunas piedras con menos valor del que creemos, pero ha demostrado ser el más poderoso en la historia de la humanidad.  El conocimiento científico es la suma de “piedras preciosas” y otras que no lo son tanto, todas encontradas con la pala y el cedazo que la definen.

El artículo continúa así:

[…] se tiene que ser muy inocente o descarado para seguir creyendo en la pureza de la academia, en la infalibilidad del método científico, en la transparencia de los procesos investigativos y, en general, en los corazones éticos, diáfanos y puros de científicos e intelectuales.

En esto estamos completamente de acuerdo con el observador desde la Atalaya.  Como buen humanista que parece ser, conoce mejor  el corazón humano y ve más fácilmente las fallas de los científicos y de la academia como sistema social de lo que lo vemos quienes estamos adentro. Es cierto que ser científico no lo hace a uno un dechado de virtudes.  Tampoco lo convierte a uno en un robot objetivo.  Sin embargo, y si lo piensan bien, esta es en realidad una de las cualidades más fantásticas de la ciencia como proyecto humano: la ciencia existe y funciona a pesar de los científicos.

Sigamos con la lectura:

Al igual que con la religión, las ciencias hoy en día están atravesadas por agendas políticas e intereses personales y comerciales. Tan así es que se celebra la funesta alianza universidad-empresa como algo deseable.

Hay que recordar en este punto que no todas las alianzas de la ciencia han sido malas a largo plazo.  Por ejemplo la alianza entre Ciencia y Milicia dio lugar a un fenómeno tecnológico y humano muy incluyente como lo es Internet (que a propósito usan el 80% de los lectores para leer la columna desde la Atalaya y este blog)  El egoismo y la ambición humana son fuerzas poderosas en todas las sociedades, incluída las sociedades científicas, pero de nuevo y misteriosamente, incluso las relaciones más tormentosas de la ciencia han terminado a largo plazo produciendo beneficios positivos.  Pero no se confundan.  No estoy diciendo aquí que este de acuerdo con todas las alianzas de la ciencia con otras fuerzas sociales; o que crea que el fin justifica cualquier medio en la ciencia.  Pero de nuevo, los métodos y filtros de la ciencia, han tenido históricamente el poder de excluir lo que no sirve y dejar conocimientos con un alto grado de valor práctico, justamente los que han contribuido al progreso que vemos.

Es la Ciencia y no los científicos, lo que esta en discusión aquí.

Quizá el punto más delicado de la perorata “anti científica” del columnista llega en este párrafo:

Una ciencia que día a día es más amoral y despilfarradora, destinada a trabajar para cumplir con la demanda de tecnologías fútiles, programadas para volverse obsoletas; una ciencia que fomenta y financia investigaciones intrascendentes (¿cuánto se critica el boato y el lujo de la Iglesia y nada se dice sobre el costo absurdo de descubrir el bosón de Higgs, por ejemplo, que no tiene un fin práctico?)

¡Válgame señor!  Comparar el despilfarro y los abusos históricos de las “religiones” (que solo gerencian superstición y hacen promesas de salud, riqueza y bienestar que difícilmente pueden cumplir sin la intervención de cosas muy reales como la economía o la ciencia misma) con la investigación científica básica, solo puede provenir de un verdadero Parásito de la Ciencia.  Un parásito es un organismo que se beneficia de lo que le provee su anfitrión, el mismo que ataca y puede llegar destruir.  Pero ni los parásitos en el mundo natural, pueden ser tan dañinos: saben bien que para sobrevivir y seguir haciendo lo suyo, necesitan mantener vivo aquello que atacan.

Veamos.  Mientras este “Homo Sapiens Postmodernum”  escribía esas palabras, señales electromagnéticas viajaban a través de semiconductores llevando sus “sabias reflexiones” hasta dispositivos de almacenamiento magnético de alta tecnología.  Más tarde sus reflexiones traducidas en la forma de 1s y 0s viajarían a través de cables de fibra óptica hasta el editor del periódico, que finalmente los hizo públicos en Internet.  

Todo lo que paso entre sus dedos calientes y el lector al que quería afectar, fue solo posible gracias al “despilfarro de la ciencia”.  Ese despilfarro pago el salario del Prof. James Clerk Maxwell en la Inglaterra de mediados de 1800s.  Este profesor, en lugar de dedicar sus días a algo útil y productivo para su época (diseñar por ejemplo mejores vehículos movidos por vapor), se dedico a hacer poesía con las matemáticas y física acumulada por otros inútiles como él.  Con el tiempo (y después de mucho dinero invertido por los contribuyentes ingleses) Maxwell predijo la existencia de las ondas electromagnéticas, sin ninguna aplicación reconocible en los 1800s y que hoy 150 años después, nos permite a todos, incluyendo a los parásitos de la ciencia, comunicarnos y dar a conocer nuestras ideas casi instantáneamente en todo el planeta. Pero este es solo un ejemplo de como la ciencia produce beneficios que no siempre ocurren a corto plazo (ejemplo que a propósito fue tomado directamente del fantástico libro “El Mundo y sus Demonios” de Carl Sagan, que todos los científicos y humanistas por igual deberíamos leer como parte de nuestra formación profesional)  Otros eminentes ejemplos fueron el desarrollo del Transistor y del LASER a mediados del siglo XX, ambos con pocas aplicaciones en su época e ingentes presupuestos implicados.

El artículo original continúa sobre estas líneas:

Una ciencia que, al igual que la Iglesia y sus secretos, tiene grupos de poder inaccesibles llamados pares académicos, sacerdotes del conocimiento práctico y estandarizado; una ciencia constreñida y corrompida por índices de citación y demás neoescolasticismos académicos que garantizan forma y no fondo

Nuevamente acierta el señor.  Estamos sufriendo de eso y de mucho más en las sociedades científicas.  Pero de nuevo, los descubrimientos siguen apareciendo.  Es cierto que ahora las buenas ideas, los verdaderos saltos en el conocimiento aparecen a veces enterrados en un “basurero” de ideas relativamente convencionales que se publican para mantener índices que son requeridos para conseguir un trabajo o progresar en él.  Pero aún así, esos vicios sociales no han reducido el progreso científicos.  Es cierto que debemos combatir estas prácticas en la ciencia, encontrar alternativas para organizar mejor el avance de la ciencia, pero el modelo original sigue intacto.

Más injustificada aún es la crítica que hace el columnista al lenguaje de la ciencia:

[…] una ciencia que es nicho de poder de intelectuales y académicos, quienes aíslan el conocimiento del público inventando conceptos enrevesados y lenguajes mágico-místicos a los cuales tan sólo unos pocos iniciados pueden acceder, manipulando fieles como antaño hacía la Iglesia medioeval con el latín, para seguir regodeándose en sus prerrogativas.

Tal parece que el autor no lee un libro de divulgación científica desde la infancia o la secundaria.  Su comentario parecería desconocer el boom actual de la literatura científica no especializada que ha puesto, al nivel de todos los seres humanos con una mínima educación científica y sentido común, hasta las investigaciones más sofisticadas.  Desconoce también que los científicos más reconocidos del presente se han convertido también en autores de best sellers aclamados, escritos para que los entiendan miles de millones.

Ahora bien.  Desconocer que la ciencia de frontera es muy cercana a un “club privado” a los que pocos pueden acceder, sería también una miopía imperdonable de mi parte.  Sin embargo, a diferencia de la superstición y del mito, el simbolismo y el lenguaje interno de la ciencia, también han progresado.  Así, para criar palomas hace 200 años solo necesitábamos algo de aritmética pero para buscar medicamentos hoy día se necesitan enrevesados conceptos de topología y teoría de números.  Pero esta no es una estrategia de exclusión.  Simplemente los problemas ahora son mucho más difíciles.

De otro lado la superstición y el mito siguen utilizando un lenguaje sencillo e incluyente.  Un lenguaje que poco ha evolucionado.  Esta es la clave por la que siguen siendo tan populares en los sectores menos favorecidos por la educación o peor entre gente educada pero con muy poco sentido común.  Esta es justamente la clave de que se los prefiera frente a formas más estructuradas de conocimiento.  Decir que la superstición es mejor que la ciencia porque usa un lenguaje entendible por todos es como creer que vivir en chozas es mejor que vivir en casas de ladrillo con electricidad, porque el material de las chozas esta disponible para que cualquiera lo recoja.

Sobre la fé, otro motivo de confusiones en la discusión ciencia-religión, dice el columnista:

Hemos trasladado nuestra fe en la religión a la ciencia, y así como hasta hace no mucho había asuntos religiosos incuestionables, que lo eran por razón de la infalibilidad de quienes los decían, hoy el método científico, pero sobre todo sus defensores fundamentalistas, posee esa carga de infalibilidad

La fé es una acto de sumisión intelectual y “conditio sine qua non” para estar afiliado a un sistema de superstición organizada.  Nada en la ciencia, sin embargo, requiere por definición un acto de sumisión de este tipo.  Quien quiera modificar un dogma en una religión, debe fundar en el proceso una religión nueva.  El científico que quiera revertir una hipótesis o un principio de la ciencia aceptada, no solo puede hacerlo, sino que esta en la obligación de intentarlo.

El autor confunde “fé en la ciencia” (que es una contradicción) con el respeto irracional por la ciencia y los científicos.  Los seres humanos asumimos muchas veces actitudes irracionales ante cosas que admiramos profundamente.  Pero esa admiración irracional no hace mala a la ciencia ni la hace comparable con la religión.

Pero hay irracionalidades de irracionalidades.  Seguir a un líder que exige el 10% de tu salario a cambio de favores sobrenaturales con la única excusa de la fé y admirar irracionalmente una forma de conocimiento que hizo desaparecer enfermedades que en el pasado mataron a millones, es ciertamente muy diferente.

Termino, insistiendo nuevamente en la separación entre ciencia y científicos, pero sobre todo entre ciencia y superstición.  Los humanos somos muy imperfectos, bien sea que dirijamos un instituto de investigación científica o una iglesia.  Pero el proyecto detrás de estas imperfecciones nos diferencia.  La Ciencia ha resistido la corrupción, los intereses ocultos, las alianzas y las mafias y ha demostrado ser una búsqueda prolija que ha cambiado el mundo.  En contraposición de las cientos de religiones en el mundo, llenas de santos y de mafiosos también, ninguna ha curado una sola enfermedad real (solo imaginarias) o ha alimentado a un solo pueblo durante una sequía o un invierno prolongado a punta de oraciones.

Una reflexión final: si aún en un mundo de gente “tan mala”, hemos llegado con la ciencia donde estamos, ¿cómo sería si todos los santos de la iglesia hubieran invertido su bondad y valioso tiempo para buscar respuestas a las preguntas fundamentales relacionadas por ejemplo con el cerebro o con la vida?

Científicos en un Tanque

¿Para qué sirve un científico en una sociedad llena de necesidades prácticas como la nuestra? Es claro que esta pregunta preocupa cada vez más a nuestros gobernantes.  Gobernantes, que vale la pena aclarar, en realidad invierten mucho menos en ciencia de lo que deberían, pero mucho más de lo que están dispuestos a arriesgar en una empresa que no parece devolver a la sociedad dividendos evidentes.  ¿Pero son la ciencia y los científicos (especialmente aquellos que podríamos denominar “rocket scientist” o científicos de línea pura) realmente tan costosos e inútiles?

“El mayor aporte de un científico a la Sociedad es la intangible capacidad que desarrolla para resolver problemas inesperados” 
Enero 22 de 2014
http://bit.ly/trino-aporte-cientifico

“Antioquia necesita un “Tanque de Pensamiento Científico”: un “cerebro colectivo” pensando los problemas prácticos de la región” 
Enero 22 de 2014
http://bit.ly/trino-tanque-pensamiento

El problema de los Científicos en sociedades emergentes como la nuestra es que no vienen con un manual que nos explique cómo se usan o para qué sirven exactamente.  La Ciencia Nacional es una empresa relativamente reciente que, creo yo, esta empezando apenas ahora a ofrecer los primeros frutos visibles.  Lamentablemente casi nadie parece darse cuenta de ello, ni siquiera los científicos mismos.

Normalmente cuándo le pedimos a los Científicos Criollos que nos indiquen cuál ha sido el aporte que han hecho a la sociedad en un año dado, ellos sacan una lista de papers publicados en importantes revistas de circulación internacional, editadas en una lengua que a duras apenas hablamos aquí y en países lejanos (en términos geográficos aunque no informáticos) donde creería uno sí usan esa ciencia para algo importante.  Lo peor de todo es que los problemas que esos papers supuestamente resuelven (o plantean) nada parecen tener que ver con los asuntos que aquejan al país o a la región que financia esa misma ciencia.  Pero más triste aún es saber que el contenido de muchos de esos papers escritos en Colombia posiblemente beneficien a algunas industrias extranjeras de muy alta tecnología que con ello favorecen economías y sociedades avanzadas.  Y mientras tanto ¿nosotros qué?

Si bien el párrafo anterior parece escrito por un ciudadano bastante informado pero no muy consciente del funcionamiento real de la ciencia y sus derivados (el dirigente o gobernante típico), contiene preocupaciones a las que debemos dar claramente respuesta los científicos que nos beneficiamos del lugar que la sociedad ha creado para nosotros.

Mi propósito en esta entrada es justamente ofrecer una visión muy personal (aunque naturalmente basada en mi experiencia y perspectiva profesional) de cómo debería abordarse este debate.  Si me alcanza y les interesa, también ofrezco aquí algunas soluciones a lo que podríamos llamar el problema de la financiación de una “ciencia extranjera”.

Lo primero que deberíamos decir es que no creo que casi ningún científico, ni en Colombia, ni en el mundo, se levante por la mañana pensando que con su ciencia va a resolver los problemas apremiantes de su entorno inmediato o de la humanidad en general: la escasez de alimentos, la contaminación creciente del planeta o la desigualdad social.  Si bien, seguramente, muchos científicos sociales y ambientales mencionan estos problemas cuando hablan de lo que hacen (especialmente frente a políticos, dirigentes o personas que no son de su área), la verdad es que la mayoría nos la pasamos resolviendo problemas relativamente pequeños: las implicaciones de modificar este o aquel gen en el plátano, las propiedades de esta o aquella sustancia (una de millones) presente en fuentes de agua potable, las propiedades de este material, frente a aquel otro, etc.

No hay científicos, ni aquí, ni en ningún lugar del mundo escribiendo papers titulados “Cura para el Alzheimer en Antioquia” o “Método económico para trasladar la humanidad a Marte antes de que se caliente demasiado la Tierra”.  Eso es lo que uno le dice a los periodistas, pero la ciencia es muy más diferente: avanza de a pasitos pequeñitos.  Incluso cuando un científico dice que va a desarrollar “Nuevas Medicinas para las Enfermedades Tropicales” posiblemente este diciendo que tiene que escribir unos 5 o 10 papers antes de estar siquiera cerca a eso.

Todo esto, para decir, que es prácticamente imposible que de un solo paper, incluso que de muchos de los papers que los científicos colombianos escriben en un año pueda salir la solución a cualquiera de los problemas que nos aquejan, del modo en que sale un conejo del sombrero de un mago.

¿Entonces? El problema de nuestras expectativas con la ciencia esta en el hecho de que no reconocemos el valor que esta realmente crea: la capacidad para resolver problemas, diseñar, desarrollar o manejar herramientas sofisticadas de observación y de análisis.  Cada que un científico colombiano escribe un paper sobre el polvo que se crea en las atmósferas de estrellas moribundas, esa persona esta refinando habilidades que ninguna otra actividad humana tiene la capacidad de formar.  Visto de esta manera, la ciencia produce, al margen de importantes granitos de arena (bastante inútiles) para la comprensión de la naturaleza (humana, social o física), nuevas capacidades en la sociedad que no existirían sin que pagáramos a personas dedicadas y responsables para entrenarse y convertirse en expertos de esas mismas capacidades.

¿Saben ustedes cuántas horas pasa frente a un computador un Astrofísico Computacional (que para los más pragmáticos es un perfecto inútil que no sabe casi nada de los problemas que aquejan a la sociedad colombiana), inventando algoritmos, nuevas maneras de almacenar ingentes cantidades de información en limitados recursos computacionales, esquemas de comunicación o representación de la información que nadie más ha creado? Pues tantas como las que pasa un hacker que trata de colarse en redes gubernamentales o militares solo por diversión.  Entonces ¿qué es lo que importa? ¿los papers incomprensibles que publica cada año? (y que dicho sea de paso permiten que entendamos un poquito mejor, por ejemplo, la física de la caída de materia en una estrella de electrones antes de una explosión de supernova) o ¿la capacidad que tiene para desarrollar y utilizar modelos informáticos?

Mi propuesta es entonces que las agencias de financiación, los gobernantes y los directivos de las universidad, dejen de preocuparse tanto por una producción que, como bien han terminado por entender, poco o nada le aporta a los problemas nacionales, y en cambio lo hagan por las capacidades desarrolladas por esos mismos científicos para producir justamente esos resultados.

Estoy seguro que si hiciéramos un inventario de lo que “puede hacer” Colombia, en el sentido de lo que han aprendido a hacer sus científicos mientras publicaban los miles de artículos de los que nos vanagloriamos como ciencia nacional, nos daríamos justamente cuenta de que todo el dinero invertido en esos “Rocket Scientist”, como dicen los gringos, ha valido sobradamente la pena.  Como dije muy al principio, todas las décadas de Ciencia Nacional, aparentemente inútil, han creado un país increíblemente capaz para resolver los problemas que cuando comenzó esa inversión apenas soñábamos que iban a existir.

“Resuelto” ya el problema de cómo justificar el dinero invertido en papers inútiles, que no se ha desperdiciado porque estos papers fueron producidos por una capacidad intelectual que todavía esta aquí en Colombia (a pesar de la diáspora), queda el problema de como aprovechar ese potencial.  De como explotar ese recurso fantástico.  ¡He ahí el quid del asunto!  La solución es lo que nos hace diferentes de Alemania o Japón.

No hay en esto fórmulas mágicas.  Donde hayan seres humanos, todo será siempre, absurdamente complicado.  Podríamos perfectamente contar actualmente con una incalculable “capacidad científica”, pero al estar esa capacidad almacenada en instituciones y personas con una idiosincrasia y cultura particular, sacar de allí ese “tesoro” podría ser más difícil de lo esperado.  Tal vez nos toque, precisamente, usar parte de este recurso intelectual para inventar la manera justamente de explotar esta mina.  Esta entrada de blog es mi modesto aporte.

Hay tres mecanismos que considero podrían usarse de manera casi inmediata en todas las instituciones que lideran la investigación científica nacional, para poner a disposición la capacidad desarrollada por la ciencia criolla: (1) Los “tanques de pensamiento” (o think tank para los más internacionales), (2) un cambio del modelo de valor de la investigación, de los papers a las capacidades desarrolladas y (3) un sistema de “cuotas de talento” capaz de poner efectivamente esas capacidades al servicio de problemas reales.

No me quiero extender más en esta entrada (a esta altura ya debo haber perdido el 80% de los lectores) y creo que los mecanismos anteriores podrían intuirse a partir de las frases que los presentan.  Pero dejen me presentarlos así sea juntos en un único párrafo.

Señores gobernantes y directivos de investigación: dejen de preguntarle a los investigadores únicamente por cuántos papers han publicado o cuántas patentes han desarrollado.  Ninguno de esos números indican, en la línea de razonamiento de esta entrada, cuánto ha ganado realmente la sociedad Colombiana con la labor de esos profesionales.  Hay que empezar a preguntar a los investigadores por cuáles capacidades nuevas se desarrollaron y en qué medida lo hicieron; o cuántos expertos se formaron en el desarrollo de un trabajo de investigación.  Lo publicado o inventado es para el bien de la ciencia o la técnica mundial.  Las capacidades desarrolladas son nuestras.  Esto es a lo que yo llamo aquí cambiar el modelo de valor de la investigación.

Un científico es una persona a la que le gusta resolver acertijos.  Quien lea esta entrada y sea científico se identificará seguramente con la emoción que se siente cuando se esta ante un problema nuevo y cuya solución es desconocida; con esas etapas iniciales de especulación y lluvia de idea; o con el rompecabezas de armar la solución y darle una forma adecuada, cuando ya se ha encontrado la salida.  Si no lo hace, tal vez le falto jugar más ajedrez con los amigos o tener buenos profesores de ciencias.   Pero resolver un problema es difícil.  Se requiere madera especial para hacerlo y los científicos son expertos en hacerlo.  Con ingenio, liderazgo y obviamente buenos recursos, se pueden sentar grupos altamente multi disciplinarios de científicos en una habitación a hablar sobre un problema práctico de la región o el país.  Entre más concreto sea el problema y entre más difícil parezca la solución, pero, más importante, y más se note que nuestras habilidades pueden ser utilizadas, mejor será la experiencia.  Poner a los científicos en “una pecera” podría ser perfectamente el principio para la solución de muchos problemas concretos.  ¿Cuál sería el estímulo para ellos?  ¿su interés por los problemas? ¿la posibilidad de participar en proyectos prácticos? No sé.  Lo único que les puedo decir es que si a mí como Astrofísico me dicen que me van a financiar la participación en un evento internacional de Astrobiología (que hasta donde sé no tiene aplicación práctica en los problemas de Antioquia) pero que a cambio debo participar periódicamente en una de esas encerronas, no dudaría ni un segundo en aceptar.    Esto es justamente lo que se podría hacer en lo que se conoce popularmente como un “Tanque de Pensamiento”.  Colombia debería estar llena de estas “peceras creativas”.

Finalmente: ¿que pasaría si por cada proyecto que nos financiaran a los “Rocket Scientist” tuviéramos que pagar una “cuota práctica”, siendo parte por ejemplo de un tanque de pensamiento, asesores o co investigadores de un proyecto de naturaleza más práctica? Lo que creo es que poner más cuotas a los científicos, aparte de las que ya pagan, producirá en ellos una reacción no muy positiva; el modelo podría implementarse y colapsar rápidamente.  Pero ¿por qué no intentarlo?  Nadie quita que pudiera salir algo realmente bueno.

En síntesis el valor de la ciencia nacional no esta en los papers o las patentes que produce nuestra comunidad sino en lo que hemos aprendido a hacer mientras escribíamos esa literatura o nos inventábamos máquinas o procesos para resolver pequeñísimos problemas científicos.

Lo cierto de todo es que si el gobierno quiere desarrollo, innovación o educación, y como diría el pollito, sin científicos ¡ni pío!

Mas Ejecutivos y menos Arrogantes

Siguiendo la lógica de la mayoría de los científicos, primero pobres antes que ponerse un traje de corbata para una reunión de alto nivel o que endulzarle el oído de un funcionario que podría favorecer un desarrollo científico de importancia.  A veces, también la ciencia, exige sacrificios sociales de parte de los científicos que nuestro incipiente autismo impide que hagamos con más frecuencia.

“La ciencia criolla necesita más ejecutivos y menos autistas arrogantes” 
Enero 14 de 2014
http://bit.ly/trino-ejecutivos-autistas

La semana pasada escribí una entrada de blog que tuvo un eco interesante entre científicos y no científicos en las redes sociales (vea la entrada original en este enlace). Al principio pense que sería una opinión demasiado personal, como lo son la mayoría de las cosas que escribo en Twitter y por extensión en este blog. Pronto descubrí que el sentimiento expresado allí, que en síntesis era que nos “reveláramos” de alguna manera contra esa forma descarada de los medios y el gobierno de hablar de los grandes científicos que ha dado el país, cuando en realidad la ciencia Colombiana esta medio abandonada, tenía más adeptos de lo esperado.

Es hora, sin embargo, de hacerle un poco de contrapeso a aquella entrada. No podemos hacernos los locos ni reconocer también los errores que como “científicos criollos” cometemos frente a los retos de naturaleza administrativa o política que nos impone nuestro “ecosistema” nacional.  No es que quiera borrar con un codo, lo que escribí con una mano (que en tiempos de internet debería ser algo así como borrar con el mouse lo que hiciste con el teclado) La razón para esta reflexión crítica, ahora un poco en contra de los Científicos, es que me encuentro por estos días justamente en una situación en la que he descubierto entre algunos de mis colegas lo que describiría como un insoportable “autismo administrativo”.

Antes de continuar quiero aclarar que es posible que algunos consideren inapropiado usar, para una analogía, un problema tan delicado como el autismo que afecta a millones de personas (especialmente niños) en todo el mundo. Ni más faltaba que yo quisiera presentar este problema de salud pública como algo sobre lo que se puede hablar informalmente. Para nadie sin embargo es un secreto que el autismo lleva a algunos seres humanos a hacer cosas que para la mayoría tendrían una dificultad extrema. Sabemos de casos en la historia de la ciencia de grandes hombres que pudieron haber sufrido las dolorosas consecuencias del autismo, pero que también nos legaron valiosos secretos sobre la naturaleza que personas (supuestamente) normales no podrían. No sé si existe una estadística pero me atrevería a asegurar que más del 1% de los científicos del mundo sufren de un verdadero “autismo incipiente”. No sé si esa condición sea la culpable del mal que nos aqueja a los científicos criollos y que quiero exponerles aquí, pero estoy seguro que los rasgos de la personalidad propios del científico y que a veces asociamos con el autismo, pueden ser parte de la causa de este problema.

Entonces ¿a qué me refiero aquí con esa condición de “autismo administrativo” propia de nuestros científicos? (y hasta aquí llega mi analogía) Me refiero a la actitud que tenemos muchos en la ciencia nacional de desdeñar las reglas “especiales” que rigen el mundo de la gestión y la administración, reglas de las que depende, en gran medida que exista el sistema en el que nos dedicamos exactamente a lo que más nos gusta. Ese desdén por lo administrativo, por las relaciones públicas y por la política, no viene propiamente de nuestra ignorancia sobre estos asuntos sino, y aquí hablo por mí mismo y por algunos colegas que conozco bien, de nuestra propia arrogancia.

Para nadie es un secreto que la gran mayoría de quienes hacemos ciencia (no solo en Colombia sino en todo el mundo) nos caracterizamos por nuestro desaliño. No solo es claro que no nos vestimos del todo bien (aunque habría que dejar por fuera seguramente a todas las damas  que cada vez en mayor proporción hacen ciencia en Colombia y en el mundo) sino que además somos bastante informales en el trato con personas que no conocemos. Las relaciones personales con compañeros de trabajo que no son científicos tampoco son siempre las mejores (ni siquiera con los colegas, hay que admitirlo). Aunque no somos malas personas hay ciertos detalles en esas relaciones que olvidamos por lo que parece un excesivo pragmatismo propio de nuestra relación con la ciencia. Con el temor tal vez de ir muy lejos diría inclusive que muchos llegamos al extremo de descuidar el aseo personal por nuestras infinitas ocupaciones como científicos (o por nuestro desinterés rampante por lo que nuestra persona pueda reflejar).  Lo del científico loco, despeinado y descuidado, no solo es un lugar común, sino que en universidades y centros de investigación se encuentra hasta en el más común de los lugares.

Insisto en que no quiero generalizar. Conozco colegas muy bien puestos, hombres y mujeres impecables no solo físicamente sino también en su relación con colegas científicos y no científicos. Pero no nos digamos mentiras: la mayoría somos descuidados.

Pero no es del caso centrarnos solo en esto. Profesionales de otros gremios sufren del mismo tipo de “desaliño natural”.

El verdadero problema esta en que seamos siempre así. Ni siquiera en los momentos en los que deberíamos guardar reglas estrictas de presentación personal y comportamiento e incluso pensar estratégicamente en la forma como nos relacionamos con personas claves, seguimos siendo los mismos de siempre: mal vestidos, revisores despiadados que no tenemos problema en señalar abiertamente los defectos de una decisión o un razonamiento, críticos sociales y políticos sin anestesia, en fin, y para la perspectiva de la mayoría en el mundo de la gestión pública, verdaderos pelmazos.

No es que todos los científicos debamos comportarnos divinamente en todas las situaciones. Pero es que tampoco nos han formado para comportarnos adecuadamente cuando toca, y en especial en aquellos momentos en los que de un comportamiento social apropiado podría depender, por ejemplo, la obtención de apoyo político o económico para iniciativas de gran impacto en nuestras áreas específicas.

Les voy a dar un par de ejemplos de la vida real para soportar mejor el punto que quiero desarrollar aquí.

Ejemplo Número 1. Estamos en una reunión de alto nivel en el gobierno nacional.  La reunión no es política sino que versa sobre el desarrollo de un área científica y tecnológica de importancia nacional. A la reunión asisten directivos de distintos organos del estado, entre ellos, aquellos que definen la financiación de la ciencia y la tecnología. Hay unos 20 asistentes y el peor vestido es justamente el único científico presente. Pero la ropa es lo de menos. En la reunión muchos, que saben como comportarse en estas situaciones, hablan sin reparos de sus propias iniciativas e instituciones; se hacen notar y son reconocidos por los personajes que ostentan el poder en la reunión. Pero el único que esta en silencio es el científico. ¿Qué pasa por su cabeza? “hasta que no tenga algo realmente importante y correcto para decir ¿para qué hablar?” Lo ha aprendido en sus lecciones de objetividad científica. Olvida, sin embargo que es justo en esos momentos en los que debe hacerse notar, así sea para decir algo con una importancia secundaria. Si los directivos que hay allí lo reconocen y lo recuerdan será más fácil obtener una reunión privada con ellos en las que pueda hablarles personalmente de problemas mucho más trascendentales. Pero la reunión culmina y nadie recuerda al científico.

Ejemplo Número 2. Estamos ahora en una reunión de alto nivel con un gobernante, que tiene a su disposición, valga la pena aclarar, recursos que podría usar con un poco de voluntad política para el desarrollo científico de la región que esta bajo su administración. Asisten a la reunión un par de científicos, vestidos, otra vez, como lo harían cualquier día en la Universidad. La reunión es registrada por el fotografo oficial de la oficina y aparecerá unos días después en los diarios oficiales. El gobernante vestido impecable y los científicos informales que lo acompañan. Pero de nuevo, la apariencia es lo de menos en este caso (aunque podría ser lo de más inconscientemente para el gobernante) A los científicos les han concedido 5 minutos para presentar sus ideas. Ellos, que están acostumbrados a presentaciones de mínimo 10 minutos en las conferencias más agresiva, en su lugar, preparan una presentación de 10 diapositivas llenas de tecnicismos definitivamente muy importantes para su proyecto. No hay ninguna diapositiva que tenga solo por objeto “enamorar” o atraer la atención del gobernante (cuyo nombre creo que a esta altura tampoco recuerdan).  En la tercera diapositiva (justo a los 5 minutos de haber comenzado) el gobernante suspende subitamente la presentación para hacer un comentario sobre la verdadera realidad política de nuestro país y las dificultades para realizar proyectos como el planteado por los científicos. Pero ¿cuál es la respuesta más inteligente de los científicos ante la acotación del gobernante? Una negativa rotunda; una oposición radical (aunque posiblemente respetuosa) a la observación del gobernante, oposición que desconoce evidentemente su experiencia e intuición. Para los científicos si los números dicen que es posible entonces es posible.

Ejemplo Número 3. Vivimos en un país en el que el gasto público solo se puede programar en “cuantos temporales” de entre 2 y 4 años. En este ejemplo el dinero para un importante proyecto científico parece estar disponible. El ambiente político nunca había sido tan favorable para un proyecto científico de esta envergadura. La tarea que tienen ahora los científicos es la de formular un proyecto que se acoja a los formatos y lineamientos del gobierno. Pero el plazo es muy corto para los científicos implicados, que se encuentran, por esos mismos días, escribiendo algunos papers importantes o calificando “quices”. Pasan los meses y el científico, dedicado a su elevada función, no cruza ni una sola llamada ni siquiera con un funcionario de bajo rango de la oficina que tiene listos los recursos para quién sepa presentar una buena propuesta. Sus ideas son tan importantes que es seguro que el día en el que se vuelva a presentar ante el gobierno todos recordaran la importancia de su ciencia y tendrán la misma disposición del principio.  Meses después cuando por fin sus ocupaciones se lo permiten el científico descubre en una llamada que hace a nombre del Profesor X de la distinguida Universidad Y que el gobierno que estuvo a punto de financiar sus sueños esta a punto de finalizar su período y no puede gastar un peso más.

Si creen en la verosimilitud de estas 3 historias entenderán lo que digo cuando me refiero a que algo nos esta faltando a los científicos criollos (que imagino le falta también a muchos otros científicos del mundo) y que nos impide ser más efectivos o “ejecutivos” en nuestras incursiones en el mundo administrativo y político (que cada vez son más frecuentes)  En otros lugares del mundo, una maquinaria administrativa y política aficiente compensa la falta de habilidades prácticas de los científicos.  Pero en nuestro medio, que apenas hace unas décadas puso a la ciencia en un renglón del gasto público, no existe todavía una interface verdaderamente efectiva y nos toca a los científicos hacer la tarea. El problema es que no estamos preparados para hacerla. No deberíamos descartar que esta fuera, entre otros 3 o 4 factores, una de las razones por las que nuestra Ciencia este medio abandonada.

No quiero tampoco con esto disculpar el descuido público o excusar a tantos gobernantes y políticos que han desdeñado la ciencia y la han considerado como lo último en lo que invertirían sus valiosos presupuestos públicos (que en nuestro país parecen más bien billeteras electorales) Tampoco quiero desestimar el número de oportunidades en las que científicos con habilidades ejecutivas han sido engañados por esos mismos gobernantes y políticos, aún después de utilizar sus mejores atributos como oradores o su entendimiento del funcionamiento de la política y la administración.

Pero no nos digamos mentiras: a los científicos criollos nos hace falta unas cuantas lecciones de… bueno de casi todo.

¿Qué podríamos hacer? Una primera medida que considero fácil de implementar es la de incluir en la formación de nuestros estudiantes de pregrado en ciencias un curso de “etiqueta” y “buenos modales”. Bueno, cuando paren de reír les explico. Sé que estudiantes de administración y otras carreras en las que el trato interpersonal, especialmente con extraños, es muy importante, reciben un curso de este tipo. Allí les enseñan desde como comportarse en la mesa hasta como vestir adecuadamente para eventos de distinta naturaleza.  Pero ¿les vamos a quitar a nuestros estudiantes 1 o 2 créditos de matemáticas o química para que sean buenos comensales? ¡por favor! Pero piénsenlo mejor y tal vez esta sea una manera de asegurarnos que algunos dejen una impresión positiva y permanente en interlocutores que si conocen esas reglas.  Tal vez es mejor que no sepan esto o aquello en ciencia (igual lo aprenderán si lo necesitan), pero todos tendrán alguna vez que pedir recursos para investigación

Los tiempos de la ciencia son a veces arbitrarios. Si nos tomo casi 5,000 años saber que el mundo estaba hecho de átomos ¿a quién le preocupan 2 o 3 años en un proyecto de investigación? Si bien cuando los recursos están asegurados este razonamiento puede ser claro como el agua, cuando de conseguir una inversión económica en proyectos ceintíficos de grandes dimensiones se trata, el tiempo es clave. Por una vez en la vida deberíamos hacer las cosas en menos tiempo del que creemos justo.  Olvídese de los 90 días que nos dan en las revista para responder al referee. En la administración pública o privada 90 días son una eternidad a la hora de asegurarse que un proyecto quede incluso de último en una reducida lista de inversión.

Hay que comprarse un buen traje, aprender a usarlo y efectivamente usarlo y no solo para recibir premios por nuestra indudable genialidad científica. No debemos desestimar el valor que una buena impresión personal tiene en una reunión con personas que usan reglas diferentes para relacionarse y tomar decisiones. Una corbata o un vestido pueden en un momento dado ser la diferencia entre obtener apoyo o simplemente un golpecito en la espalda y unas manifestaciones de admiración. Tampoco se trata de disfrazarse, ponerse ropa que nunca se usa para ser quién no se es frente a personas que no son importantes para usted pero que tienen el dinero que necesita.  Recuerde que nadie es tan estúpido como para no darse cuenta que esta siendo utilizado. El traje debe ser el recipiente de un gran carisma y de una sinceridad no muy burda. Una parte más de su esfuerzo por cumplir algunas normas sociales básicas para aproximarse a personas que se rigen por reglas diferentes.

Usted es el científico. Él es el gobernante, el directivo o el ejecutivo. No subestime su experiencia. No siempre un “no” o un “esto no es prioritario” significa que “no entendí nada porque soy un iletrado científico y me falta visión”. Adáptese, ceda, trate de negociar. Es claro que en ocasiones demostrar un poco de sumisión frente a quién en un momento dado tiene el poder, es la mejor herramienta para desarmar a quién podrá dejarlo fuera del juego (conozco científicos que si incluso el referee de una revista les solicitas una “revision mayor” de un paper prefieren retirarlo en lugar de ceder un poco)

No sé si a este punto los habré convencido de algo, pero en lo que a mí respecta y a partir de ahora, intentaré ser, en los momentos en los que toque ser, mas un “ejecutivo arrojado” en lugar de un “autista arrogante”.

Les contaré si llego a conseguir algo importante.

Un Científico es de donde lo Cuidan

Siguiendo la lógica de los medios de comunicación, Colombia tiene dos o tres científicos que si no han estado a punto de ganar el premio Nobel podrían ganárselo en un par de años.  La triste verdad es que tecnicamente ninguno de esos colombianos es realmente un “científico colombiano”

“#Definición: Un científico es del país dónde financien sus ideas más alocadas. Lo demás es un injusto orgullo de la cuna que lo despreció” 
Diciembre 28 de 2013
http://bit.ly/trino-casa-cientifico

“No den al Gobierno Colombiano méritos que no tiene: ni Llinas, ni Ana María Rey son científicos colombianos. Los paga el Gobierno Americano” 
Diciembre 28 de 2013
http://bit.ly/trino-llinas-rey

Por estos días fue muy popular en las redes sociales la noticia de que Ana María Rey, egresada del Departamento de Física de la Universidad de los Andés y quién hoy ostenta una posición de profesora en la Universidad de Colorado en Boulder, Estados Unidos, había sido seleccionada en un exclusivo grupo de 102 científicos jóvenes que fueron honrados por la Casa Blanca por sus brillante carrera.

La noticia se produjo alrededor de los mismos días en los que estaba leyendo una entrevista que la Revista Bocas del diario El Tiempo le hizo al Doctor Rodolfo Llinás (y que a propósito recomiendo leer a todos en este enlace) Para quienes no lo conocen (en Colombia es una “celebridad”) Llinas es Director del Departamento de Fisiología y Neurociencia de la Universidad de Nueva York, autor del best-seller “El Cerebro y el Mito del Yo”, de familia catalana, nacido y educado (durante el pregrado en Medicina) en la ciudad de Bogotá.

Con Rey y Llinas, Se me vino también a la cabeza la Doctora Nubia Muñoz, Científica Emérita de la Unidad de Estudios de Campo de la Agencia Internacional de Investigacion del Cáncer (Lyon, Francia).  De origen Colombiano y formación en pregrado y posgrado (?) en la Universidad del Valle, la Doctora Muñoz estuvo en el partidor del Nobel de Medicina en 2008 por sus investigaciones de campo sobre la relación entre el cáncer de cuello uterino y el Virus del Papiloma Humano.

Tanto Rey como Llinas y Muñoz son presentados normalmente (especialmente por la prensa) como eminentes “científicos colombianos” que dejan muy en alto el nombre de nuestro país en comunidades normalmente dominadas por expertos de otras latitudes.  Nos llenamos la boca diciendo que una “colombiana” estuvo nominada al premio Nobel de medicina, que un colombiano es posiblemente uno de los neurocientíficos más sobresalientes del mundo y que una uniandina es una genio de la física “criolla” que ha revolucionado el estudio de los “átomos ultrafríos”.  Todo es verdad, excepto por el hecho de que ninguno de ellos es tecnicamente un “científico colombiano”.  El hecho de que hayan hecho sus primarias en Colombia (el pregrado es la primaria en el mundo de las ciencias) y que les haya tocado montar en esos colectivos colorinches de nuestras capitales cuando eran unos “nerds” inquietos, no los convierte automáticamente en Científicos de Colombia.

No.  Para ser un científico colombiano (lo que actualmente no se le desea ni a un referee sesgado) es necesario haber pasado por algunas vicisitudes bien conocidas por la fauna científica criolla.  Se debe, por ejemplo, haber recibido una calificación de 97/100 en un proyecto de investigación casi perfecto y no haber obtenido financiación porque otros 25 proyectos en áreas mas “pertinentes” (no me hagan mencionarlas siquiera) recibieron 100/100 de revisores de dudosa reputación.  O por ejemplo se requiere haber formado estudiantes de maestría y doctorado que trabajaban 3/4 de tiempo como profesores de cátedra en Universidades privadas para pagar sus onerosas matrículas de posgrado (porque en Colombia existen los pregrados públicos pero todos los posgrados son privados).  O tal vez haber estado 1 año en una lista de elegibles de Colciencias para salir descalificado en el último momento.  El científico colombiano asiste cada vez que puede a una conferencia internacional e incluso debe suplicar por ayuda de sus instituciones para que paguen en caso de que lo inviten.  Todo sin mencionar el hecho de que al científico colombiano le toca luchar contra los sesgos naturales del mundo científico que ven con recelo investigaciones realizadas en medio de las montañas de Colombia en lugar de las planicies heladas de Massachusetts.  Al científico Colombiano no lo afecta tener un apellido impronunciable en el mundo anglosajón o teutón y que se remonta claramente a saqueadores de la corona española, Pinzón, González, Muñoz.   Lo afecta no tener una afiliación de rancio abolengo ni estar emparentado científicamente con un Big Name.

No es que la vida de los científicos americanos como Llinás o Rey o de los franceses como Muñoz sea fácil.  Ellos tienen también grandes dificultades que superar.  Por ejemplo, tienen que ser extremadamente buenos en lo que hacen para sobresalir en una multitud de otros genios venidos de todas partes del mundo.   Tienen que hacer cosas realmente grandiosas e impactantes para recibir apoyos financieros multimillonarios.  Tienen que elevar el prestigio de sus instituciones hasta las nubes, ganar premios y formar muchos estudiantes de posgrado (todos becados) ¡Que vida tan difícil! ¡Ya se la soñaría cualquier científico colombiano decente!

No podemos darle el gusto al Gobierno Colombiano, que poco ha hecho en la ya larga historia de las Ciencias Básicas en el país por garantizar un nivel decente de financiación para la ciencia, ni a las mismas Universidades de las que se graduaron estos ilustres científicos, de que se vanaglorien por el logro de profesionales que han sido pagados por gobiernos e instituciones con la visión suficiente para entender que invertir en la ciencia es tan importante como mantener uno de los ejércitos más grandes del mundo (es paradójico que el país con el ejercito más grande, en cambio, si deje un poco para mantener un alto nivel de desarrollo científico)

Ahora bien.  Una cosa es una Pelota Negra y otra una Negra en Pelota.  Una cosa es un “Científico Colombiano” y otra un “Colombiano Científico”.  Decir que estos tres destacados profesionales no son Científicos Colombianos no significa decir que no sean Colombianos de los que nos sentimos muy orgullosos todos sus compatriotas ¡ni más faltaba!  Tampoco quiere decir esto que no hayan verdaderos Científicos Colombianos (en el sentido técnico de la palabra).  Los hay, y muchos son realmente destacados (algunos incluso no nacieron en Bogotá, Medellín o Cali, así como Llinas tampoco nació en Nueva York ni Muñoz en Lyon).  Que los conozcan los medios, tal vez no.  Que los premie la Casa de Nariño, muchos menos.   Nuestras Universidades están llenas de ellos.  Gente que se quiebra la espalda tratando de sostener una reputación científica de nivel internacional con los centavos que el Gobierno les suelta para investigación.  Profesionales que, si bien ganan un salario extremadamente decente para el estándar Colombiano, tienen que hacer milagros para garantizarse un estudiante de posgrado de tiempo completo (cuyo salario cuesta mucho más de lo que el científico colombiano podría pagar con sus ahorros) o para conseguir financiación para los equipos que necesita para estar a la vanguardia de su propia disciplina.

Debo admitir también que soy consciente del hecho que entre los propósitos de resaltar las carreras de estos profesionales esta el de animar a las nuevas generaciones a seguir sus pasos.  Esforzarse más allá de sus límites para hacer carreras que en Colombia todavía tienen “mala reputación” entre sus familiares (¿física? ¿astronomía?) para que algún día logren sobresalir y ser valorados como los genios que pueden ser en países donde la ciencia si es importante.  Sin embargo, ahora mientras lo escribo me doy cuenta que tampoco esa es una buena justificación.  ¿Qué esperanza tiene un joven genio que sabe que para poder ser destacado, para hacer grandes cosas y cumplir sus sueños más alocados, debe dejar su país y vivir como inmigrante por el resto de su vida?

Si Colombia quiere a una Ana María Rey, a un Rodolfo Llinás o a una Nubia Muñoz, firmando sus papers con afiliaciones Colombianas debe mandarse la mano al bolsillo.  Debe cambiar el sistema educativo (especialmente a nivel terciario) y el político por ahí derecho y obviamente las leyes que determinan cuánto se destina a la investigación básica.  Debe invertir en las cosas más inútiles de la ciencia, un acelerador de partículas, un laboratorio de nano ciencias o uno de bajas temperaturas, una estación antártica, un supercomputador para hacer desde simulaciones cosmológicas hasta modelos climáticos a 100 años, un satélite con una carga útil científica, un observatorio astronómico o un radiotelescopio.  Todo esto, que es considerado por nuestros políticos y por el 95% de los Colombianos, un despilfarro miserable de recursos públicos es lo único que nos haría una sociedad preparada para resolver los problemas no de hoy sino del próximo siglo.

Antes de que eso pase me seguiré avergonzando cada vez que alguien diga que Rey, Llinás o Muñoz son Científicos Colombianos.

Actualización.  En el número de la Revista Semana del 5 de enero de 2014 se publica una lista muy interesante de 30 colombianos destacados con menos de 30 años.  ¡Aplaudo la iniciativa! Los jóvenes necesitan este tipo de exposición y reconocimiento muy temprano y no cuando sus carreras ya se han consolidado y quienes los premian son sus propios estudiantes.  Me sorprendió, sin embargo, descubrir que entre los únicos dos personajes con una relación directa con la ciencia, uno de ellos no solo no es un Científico Colombiano, en el sentido explicado aquí, sino que, me atrevería a decir seguro es también ciudadano Inglés (puedo equivocarme).  ¿No pudieron encontrar a un joven destacado en la Ciencia en Colombia? ¿será que no existe?  El personaje del que les hablo es el candidato a Doctor Gabriel Villar.  No lo conocía y naturalmente admiro sus logros.  Pero Gabriel estudio el bachillerato, el pregrado , la maestría (?) y esta haciendo el doctorado en el Reino Unido.  ¿Son estos los científicos Colombianos de los que nos debemos sentir orgullosos? Acaba de publicar un paper en la prestigiosa revista Science con sus colaboradores en la Universidad de Oxford y eso lo hace mejor, según la revista Semana, que todos los Profesores Jóvenes y estudiantes de Doctorado brillantes que conozco y están vinculados a la Universidad Nacional, la Universidad de Antioquia, la Universidad del Valle o la Universidad de los Andes.  La otra persona destacada en la lista es Vanessa Restrepo, una brillante joven paisa que ha cosechado, aún sin terminar sus estudios universitarios de pregrado, impresionantes logros científicos en el exterior.  Esperemos que Colombia tenga la visión para que Vanessa haga sus patentes y publique sus futuros Natures con una dirección que diga “Cra. X, No. N-M, Medellín (Colombia)” (o de cualquier otra ciudad que le alcahuetee sus más alocadas iniciativas)

Actualización, Enero 14 de 2013.  Mary en su comentario abajo aclara que el Doctor Rodolfo Llinás fue Director del Departamento de Fisiología y Neurociencia de la Universidad de Nueva York hasta el 2012.  Muchas gracias.

La Opinión de los Científicos

Hay un dicho popular que afirma que las opiniones son como las nalgas: todos tienen una.  Pues los científicos, como todos los demás, también tenemos “nalgas”

“Yo creo que la mejor definición de un buen seguidor mío [en twitter] es la de alguien que admite que los científicos también tenemos opinión” 
Septiembre 20 de 2013
http://bit.ly/trino-cientificos-opinion

Soy de esas personas que en twitter, a veces muy a menudo, “escribe antes de pensar”.  Este “defecto” me ha valido un par de vaciadas (algunas  veces, bien merecidas) especialmente cuando expreso fuertes opiniones sobre política, sociedad y religión.  Lo curioso es que de manera sistemática, quienes me han criticado fuertemente por mis opiniones (incluso por aquellas que no son necesariamente producto del calor del momento), comienzan siempre diciendo (palabras más, palabras menos) “yo que lo creía a usted un gran científico”.  Podría, incluso, apostar que una buena fracción de los que reprochan esas mismas opiniones, pero que no manifiestan explícitamente su sentir, piensan en lo mismo mientras presionan el botón de “unfollow”.

Mi respuesta para todos aquellos que ven con recelo que manifieste publicamente mis posiciones sobre la sociedad o la religión es siempre la misma: los científicos también tenemos una opinión y a veces es tan o mas fuerte que la que expresan profesionales de otras áreas.  El hecho de que los hombres de ciencia raramente expresemos en público nuestras opiniones sobre la vida cotidiana, la política o la religión (¡no todos ciertamente!) o que nos restrinjamos a veces solo a temas científicos, incluso dentro de nuestra especialidad particular, no significa que seamos, en temas de opinión, muy diferentes a médicos, periodistas, artistas o abogados para quienes pareciera existir una licencia implícita que les permite manifestar abiertamente sus inclinaciones y preferencias sin que su ocupación sea por ello un inconveniente.

Sorprenderse por el hecho de que un hombre de ciencia exponga una opinión sobre un tema ajeno a su especialidad, refleja, para mí, un prejuicio según el cuál los científicos deberíamos ser ciudadanos apolíticos, irreligiosos o asociales y que por tanto deberíamos mantener la boca cerrada frente a temas supuestamente no científicos.  Esta actitud puede ser también el resultado de la falsa expectativa de que las opiniones de una persona con un alto nivel educativo o una formación científica, deberían mantenerse lejos de terrenos fangosos para la ciencia.  Cualquiera sea la razón, demeritar o criticar la opinión de un científico, solo por su profesión o formación, es casi tan malo como impedir que ponga su conocimiento al servicio de otras áreas de la ciencia en las que su especialidad puede ser de utilidad.

Personalmente no conozco al primer colega Astrónomo o Físico (que son mis áreas de actuación) que no me haya expresado, en privado durante un “coffee break” en un congreso o en un rato de esparcimiento al final de un día agotador, fuertes convicciones de todo tipo; opiniones diversas sobre lo que pasa en el mundo a su alrededor y a veces, incluso, soluciones ingeniosas a problemas de los que otros discuten públicamente.  Todo, otra vez, en privado.

En lugar de reprochar a los pocos científicos que opinamos, nuestras sociedades deberían reclamar que muchos otros lo hagan.  Que opinen sobre casi todo, desde las decisiones gubernamentales hasta las políticas económicas o sociales.  Es más, en las pocas ocasiones en las que se han escuchado públicamente las opiniones de los científicos, la gente ha prestado atención, en especial aquellos que toman las decisiones.

En la otra cara de la moneda esta el hecho de que la figura del científico, aún si es uno joven, despierta en la mayoría una reverencia especial.  Incluso en sociedades en las que su rol es casi mitológico (Colombia es un caso prototípico) tener un doctorado o haber hecho uno o dos posdocs en cualquier disciplina de las ciencias, lo hace a uno una especie de gurú capaz de dar respuestas a preguntas insondables.  Esa extraña posibilidad de obtener la atención de la gente, es justamente la que debería animar a muchos más científicos a hablar de lo sagrado y lo terreno.  No muchos “opinadores” pueden darse el lujo de recibir tanta atención.

Es obvio, sin embargo, que ser científico tampoco hace de tus opiniones verdades absolutas.  Como todo buen hombre de ciencia sabe, para que una idea prospere y se convierta tal vez en parte de la solución a un problema, debe pasar un riguroso e implacable proceso de revisión y crítica por pares.  Las opiniones no son la excepción (aunque los mecanismos para que una opinión sea revisada antes de ver la luz son muy diferentes).  De otro lado es importante reconocer el hecho, también obvio, de que los científicos somos seres humanos sujetos a errores, prejuicios y vicios que pueden afectar la validez de nuestras posiciones.  Una cosa es la ciencia y otra el científico.  No hay que creer tampoco que por ser hombres de ciencia nos hace un dechado de virtudes morales.  Pero hay cosas interesantes que distinguen a científicos de otros profesionales, al menos en lo que respecta al uso de la razón e incluso de la intuición, y que hacen que sus opiniones tengan un valor diferente y muy significativo para la sociedad.

Parafraseando a Einstein (si es que él alguna vez pronuncio la mitad de los aforismos de los que lo acusan), estudiar ciencias no es llenarse la cabeza con conocimientos sino aprender a usar esa misma cabeza para pensar bien.  Son pocos los colegas que conozco que no sean capaces de razonar limpiamente frente a problemas de una complejidad increíble.  La mayoría de los científicos son analíticos, altamente escépticos (inclusos con sus propias ideas), respetuosos de la realidad y muy observadores.  ¿Por qué no usar como sociedad esas mismas habilidades, no para resolver los problemas de ciencia en los que ya están embarcados, sino también para buscar la solución a problemas sociales, educativos o económicos?

¿Qué tendrán los Físicos, por ejemplo, para opinar sobre la legalización de las drogas? ¿Qué dicen los astrónomos sobre el problema del desequilibrio ambiental producto de la industrialización progresiva de las sociedades humanas? Los biólogos ¿qué podrían decir sobre el proceso de paz en Colombia? ¿Podrán los químicos expresarnos sus opiniones sobre la guerra de poderes públicos en el país? o bien ¿tendrán los matemáticos algo para decir sobre la pobre infraestructura vial de Colombia?

Para opinar sobre cualquiera de los temas anteriores no se necesita un doctorado en ciencias naturales (y tampoco, creo yo, uno en sociología, medicina, economía o derecho)  Lo único que requiere el arte de opinar es estar debidamente informado (sí, los científicos también leemos la prensa, hablamos con otros profesionales y vemos los noticieros) y contar con una mente que funcione muy bien.  Respecto a este último punto no hay que olvidar que los científicos son probablemente los profesionales que han pasado más tiempo que nadie en “gimnasios cerebrales”.

De modo que yo recomendaría a los científicos que opinaran más y que lo hicieran abiertamente y sin esconder su condición de profesionales de las ciencias (y ojalá a la vista de los tomadores de decisiones).  A todos los demás ciudadanos, incluyendo los mismos científicos, les recomendaría que la próxima vez que escucharan a un científico opinar, prestaran mucha atención.  No tenemos que estar todos de acuerdo con lo que dicen.  Su opinión, como la de muchos otros profesionales, puede ser también producto de inclinaciones irracionales o prejuicios subjetivos.  Pero no deberíamos subestimar experiencias de una o dos décadas resolviendo problemas y defendiendo sus ideas ante otros pares.

Los Muertos que Necesita la Exploración Espacial

Nada peor para la innovación y la exploración que una sociedad extremadamente conservadora.

“Sin algunos muertos, la exploración humana del Sistema Solar no tiene futuro. Esto es lo que tiene estancada a NASA y lo que nos ha retrasado 50 años” 
Septiembre 5 de 2013
http://bit.ly/trino-muertos-necesarios

Demasiado conservadoras.  Eso es en lo que se han convertido todas las grandes agencias espaciales que nos podrían haber llevado muchas veces a la Luna en estas últimas décadas, a Marte en los primeros años del siglo XXI e incluso más allá.  El problema esta en que le damos demasiado valor a la vida de los exploradores.  Si no se puede garantizar que todos regresen vivitos a encontrarse con su madrecita después de su heroico periplo, entonces no se puede organizar y realizar ningún viaje.  ¡Pamplinas!

No es que yo tenga algo contra la vida humana, ni estaría dispuesto a regalarle un hijo a la exploración espacial.  Pero no nos digamos mentiras: sin algunos muertos no hay ninguna empresa heroica que pueda llevarse a feliz término.  ¿Ustedes se imaginan a Cristobal Colón o a Ferdinand de Magallanes reuniendo a un panel de expertos de su época para evaluar la posibilidad de viajar a las indias orientales a través del atlántico o para circunnavegar el globo pero asegurándose de que todos los tripulantes regresen sanos y salvos a su casa?

Naturalmente todos iniciamos un viaje con la esperanza de volver y un buen capitán (como seguramente lo fueron Colón y Magallanes) siempre prometera a sus hombres que volverán con sus esposas e hijos.  Pero no hay que decirse mentiras: los viajes a lugares desconocidos implican probabilidades muy altas de morir en el proceso.

Si queremos ir a Marte hay que convencerse de que mucha gente se tiene que morir.  Punto.  La alternativa, sentarnos a esperar para tener la tecnología espacial adecuada que garantice una probabilidad superior al 99% de traer sanos y salvos los astronautas, es, sencillamente, una cobardía imperdonable que no hace justicia al espíritu de los martires exploradores que nos trajeron al presente.

Se esta hablando mucho ahora de “Mars One”.  Un ingenioso proyecto europeo que pretende llevar “planetonautas” a Marte bajo unas condiciones no vistas en la historia de la exploración del espacio: los valientes exploradores deben firmar un contrato en el que aceptan que posiblemente no van a regresar a la Tierra.  El tiquete a Marte es solo de un trayecto.  No hay todavía ninguna “aerolínea interplanetaria” que los traiga de regreso.  ¡Sencillamente Genial!  Por fin alguien visionario se dio cuenta de que para ir a Marte debemos empezar por admitir que se van a morir algunos seres humanos.  Obviamente ellos no dicen esto, la interpretación es mía, pero cualquiera en sus cabales sabe que esta es una misión suicida.  Esperemos que la empresa aguante las presiones de moralistas y agencias espaciales serias, que imagino trataran de impedir el despegue de los primeros “kamikazes” espaciales de la historia.

Cuando he expresado públicamente esta opinión no falta quien pregunte: “Si se cree tan verraquito, ¿por qué no se va usted en el Mars One?” (tonito más, tonito menos).  Pero no hay que confundirse: ni amenazado me montaría yo en una nave espacial.  No estoy diciendo que todos los humanos se deberían sacrificar para que la exploración humana del espacio siga adelante.  Pero no seamos ingenuos; este mundo esta lleno de mucho loco atrevesado que esta dispuesto a morirse solo por sentir la emoción de montarse en una vehículo espacial o de sufrir las más impensables dificultades en un prolongado viaje metido en una “lavadora interplanetaria”.  Si se arriesgan mortalmente tirándose con un paracaídas en la mano desde lo alto de un puente o de un rascacielos, ¿por qué no dejamos que se maten probando medicinas para tratar los daños genéticos propios de una prolongada exposición a las dañinas radiaciones del espacio interplanetario o que den su vida para perfeccionar los trajes que exploradores más cuerdos, enviados por Agencias Espaciales conservadoras, usarán posiblemente en unas décadas?

Ir a Marte es una experiencia mortal y lo será mientras no se hayan muerto un buen número de “lanetonautas.  Pero también hacer viajes transoceánicos en el renacimiento o volar a principios de los 1900s fueron en su momento empresas solo para los más atrevidos e implicaban un riesgo de muerte imposible de desconocer.  ~500 años después de los primeros viajes alrededor de la Tierra y después de centenares de exploradores muertos por escorbuto, naufragios o accidentes aéreos en frágiles vehículos en los que hoy nadie atrevería a cabalgar, los seres humanos nos movemos con demasiada naturalidad por toda la Tierra.  No hay un rincón del Planeta al que no lleguemos hoy en vehículos en los que la probabilidad de morir es menor que la de ser golpeado por un meteorito.

Reitero entonces mi idea original: en la era de los seguros, la “medicina molecular” y una casi artificial expectativa de vida que en algunos lugares casi triplica la de la España de los 1400s, no podemos dejar de explorar el Universo porque el hijo, el tío e incluso el papá de alguien se puede morir.  La evolución lo tiene claro.  Sin muertos no hay innovación.  Sin muertos no vamos a llegar a ninguna parte.

Actualización: Nada más hoy, mientras escribía esta entrada, se esta hablando mucho en Colombia de que entre los preseleccionados esta un compatriota colombiano.  Un señor oriundo de Pasto que tiene la suerte de estar entre quienes podrían tener a Marte por tumba.   Posiblemente se olvidan los medios que él es apenas uno entre miles y que todavía le espera un prolongado “reality” en la Tierra de casi una década (con pruebas imposibles, chismes, explotación sobrehumana de la imagen de los implicados, etc.)  Creer que este pastuso tendrá la suerte de suicidarse en esa misión es casi lo mismo que creer que cualquiera de los que se mete en la casa estudio de “Protagonistas de Novela” es un buen actor.

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