Trinoceronte

Porque 140 caracteres a veces no son suficientes

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¿Básica o Aplicada? Esa no es la cuestión

Si la Ciencia Básica no es Aplicada entonces ¿para qué?  Si la Ciencia Aplicada no es Básica entonces ¿qué es?  La división entre Ciencia Básica y Aplicada es un embeleco cultural.  Una excusa, tal vez, para no repartir la plata como debería entre líneas de investigación que se adelantan décadas en el futuro.  Toda inversión en “ciencia aplicada” en nuestros países en desarrollo es en realidad una inversión en la aplicación de ciencia básica extranjera (con giro directo a los dueños alemanes y japoneses de las patentes respectivas)  Hay que acabar con este mito y defender a la ciencia en su totalidad unificando las que podrían ser, simplemente, aspectos administrativos o culturales del mismo fenómeno.

“No hay rigurosamente ciencia básica y aplicada. Lo que hay es científicos mal administrados e ingenieros que no saben de ciencia
Marzo 5 de 2014
http://bit.ly/trino-ciencia-aplicada

¿Ciencia Aplicada? Adaptado de http://bit.ly/1ostU9o

¿Ciencia Aplicada? Adaptado de http://bit.ly/1ostU9o

En mi último Trinoceronte plantee una reflexión acerca de la calidad y pertinencia de la formación en ingeniería en Colombia.  Como lo predije precisamente allí, las reacciones no se hicieron esperar.

Ingenieros conscientes de los defectos que tiene la formación profesional en sus disciplinas en el país, reconocieron parcialmente algunas de mis críticas, aunque naturalmente no estuvieron de acuerdo con todas mis apreciaciones (definitivamente no me escogerían como Ministro).

A otros, creo yo, les pudo la crudeza de mis palabras o la manera como formule allí el problema y hoy estoy lejos de engrosar la lista de sus mejores amigos.

Con el temor de parecer un “mono” temático o de empeñarme en acabar con mis últimas amistades en el gremio de la ingeniería (lo que creo es difícil porque los buenos amigos que tengo allí me conocen bien y saben que cuando de la ciencia se trata la diplomacia pasa a un segundo lugar) quiero plantearles aquí otra discusión relacionada con la anterior, o tal vez no,  pero definitivamente igual de importante para lo que será el futuro del desarrollo científico de nuestro país.

Se trata del embeleco de la división entre Ciencia Básica y Ciencia Aplicada, una discusión que también adelantaba en mi entrada sobre la Ingeniería.  Si bien en primera instancia la idea de que el conocimiento o el quehacer científico se pueden dividir en una componente que persigue aumentar nuestro conocimiento del Universo, conocimiento por el conocimiento y en otra que pretende aplicar esos conocimientos para la solución a los (mal llamados) “problemas reales” o de la (supuesta) “vida cotidiana”, un análisis más profundo del asunto deja sin piso una separación como esta, ni siquiera en el nivel semántico.

Dejémoslo bien claro desde el principio: toda Ciencia es básica y al mismo tiempo y “de la misma forma” aplicada.

Creer que hay conocimiento científico que “no sirve” para propósitos “prácticos” tiene dos defectos evidentes.

Primero, desconoce lo que “servir” realmente significa.  No hay ningún desarrollo científico que se persiga sin un propósito, es decir sin servir para un fin concreto.  Si no fuera así, sería prácticamente imposible convencer a cualquier institución, por “alcahueta” que sea, de pagarle a uno para hacer ciencia.  Lo primero que se debe declarar en un proyecto de investigación de ciencia “básica” es para qué diantres van a servir los resultados del proyecto.

Decir que la ciencia “básica” (como la llaman todos esos “yuppies tecnológicos” que hay por ahí), no sirve, es tan injusto como reclamarle a la mamá porque lo regaño a uno cuando estaba chiquito.  Nadie que este vivo y tenga más de 10 años (de edad física o mental) podría contar el cuento sino fuera gracias a la que en algún momento fue “ciencia básica inservible”.

El segundo defecto es pensar que la ciencia no es “práctica”.   Conozco científicos realmente raros.  “Geeks” que gozan con cosas extrañas, algunas tal y como lo vemos en las caricaturas que hacen de ellos en el cine y en la televisión.  Sin embargo, si algo caracteriza a los buenos científicos (los realmente buenos) es su pragmatismo.  Y no es para menos.  ¿De qué le serviría a un personaje que vive de “hackear la realidad” perseguir “pajaritos en el aire”? ¿para qué autoengañarse, como lo hacen… no sé… la teología, la religión, la filosofía o la política, si esto lo va a alejar a largo plazo del objeto último que es entender (lo mejor que puede) la realidad?

Obviamente no todos los científicos somos pragmáticos.  Pero ese es otro problema.  Un problema de educación y formación profesional.  Les aseguro que los científicos que están bien educados o son genuinamente buenos, no se andan con pendejadas.

Si es así, preguntan la mayoría de los “yuppies”, ¿cómo es que se gastan una millonada construyendo un acelerador de partículas para buscar disque la “materia oscura”? A todos quienes se formulan esta importante preguntan día a día les tengo una noticia que les va a permitir conciliar el sueño esta noche: buscar y sobre todo, encontrar la materia oscura, ES MUY IMPORTANTE.  El problema es que para entender este hecho elemental hace falta justamente aquello de lo que adolecen nuestras sociedades: educación científica de calidad.  Solo quién conoce, así sea por cultura general, el contexto general en el que se desarrollan los más grandes proyectos de la ciencia, quién sabe un poco sobre la historia del conocimiento científico, sea porque ha leído o porque ha visto suficiente televisión por cable, sabe que la ciencia es una niña precoz.

Una de las características fundamentales del conocimiento científico (de todo él) y que es quizá la razón más importante para invertir la mayor cantidad de recursos públicos y privados en su desarrollo, es que siempre se anticipa;  los problemas que resuelve se ponen de moda a veces varias décadas después de estar consignados en paper frescos e incomprensibles.  Podríamos decir, en términos coloquiales que “la ciencia básica, inservible e impráctica, de hoy es lo que te mantendrá vivo mañana” Una frase, palabra por palabra, sostenida por sólida evidencia empírica e histórica.

Voy a darles un ejemplo que descaradamente robaré a uno de mis maestros, el Profesor Jorge Mahecha de la Universidad de Antioquia (uno de esos científicos verdaderamente prácticos de los que hablaba arriba).  Se trata de la denominada “magnetoresistencia gigante“.  Este fenómeno, descubierto por un grupo de “geeks” en los años 60s y descrito teóricamente por científicos “puros” en los 80s (científicos básicos, no ingenieros, ni científicos “aplicados”) solo pudo ser utilizado para construir dispositivos cotidianos a finales de los 90s (una hazaña lograda también por científicos puros… pero esta vez pagados por compañías tecnológicas).  En otras palabras, un fenómeno emergente de la materia, solo explicable por la otrora “inservible” mecánica cuántica, permite que todos los yuppies babosos del planeta puedan tener discos duros de varios Giga Bytes en lugar de unos cientos de Mega Bytes.

Otros ejemplos bonitos pueden encontrarse entre las fascinantes páginas del libro El Mundo y sus Demonios, de otro de los científico más prácticos de la historia: Carl Sagan (tan práctico que hasta una celebridad televisiva se volvió)

De modo que me pregunto ¿qué es lo que todo el mundo llama con tanta certeza “ciencia aplicada”? Pues no es más que la misma ciencia, la misma mecánica cuántica, la misma genética, la misma mecánica de fluidos, simplemente puesta en un contexto particular.  Pero hasta donde yo sé, poner en un contexto diferente a una cosa, no lo hace completamente diferente.  En términos muy coloquiales sería como si una arepa puesta al lado de una taza de chocolate fuera diferente fundamentalmente de otra puesta sobre arroz en un plato de comida.

Dejemos de “pendejiar”, pero sobre todo, dejemos de desorientar mas a la gente que administra los recursos que necesitamos los científicos para trabajar.  Todos los científicos.  Hay que recordar que la mayoría de las personas que manejan esos mismos recursos en países como el nuestro poco o nada saben de ciencia (con contadas excepciones) de modo que se creerán cualquier cosa que les digan especialmente si suena a que podrán invertir su dinero en las cosas que les dictan los grandes emporios económicos.

Dejemos de presentar la ciencia que solo nosotros hacemos (la ciencia aplicada, la ciencia para los problemas reales, la ciencia para la gente) cómo la única que realmente sirve y en contraposición con la que hacen esos “marihuaneros del bloque 6”.  Ese no es un juego justo y sobre todo es una mentira rampante.

Volviendo sobre la ingeniería.  Señor estudiante de ingeniería: no deje que le vendan su profesión como una de ciencia “aplicada” con la excusa de no enseñarle casi nada sobre la denominada “ciencia básica”.  Usted esencialmente se esta formando como un científico a secas.  Bueno, esta bien, un científico formado en un contexto diferente, con una sensibilidad diferente por la sociedad; pero al fin y al cabo un científico más.  No se deje quitar lo único que lo hace realmente bueno como profesional, la ciencia y la capacidad que le da para resolver prácticamente cualquier problema.  Exija a sus profesores el más alto nivel académico.  Por algo esta pagando lo que paga (o le paga el gobierno).

Para terminar y abusando de la confianza de un amigo tuitero que me hizo un comentario al Trinoceronte anterior, les cito una frase muy escuchada en los pasillos de las Facultades de “Ciencias Aplicadas” en Colombia: “En la Faculta de ciencias básicas le enseñan qué es, de dónde viene, con qué se come y cómo se demuestra el teorema de pitágoras.  En esta Facultad le vamos a enseñar es para qué sirve ese teorema de verdad”.  La verdad es que si un científico no sabe para que sirve el teorema de Pitagoras, entonces es un mediocre mal educado.  Pero si un ingeniero no sabe “qué es, de dónde viene, con qué se come y cómo se demuestra” el teorema de Pitagoras, sencillamente le robaron la platica en la Universidad.

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La Opinión de los Científicos

Hay un dicho popular que afirma que las opiniones son como las nalgas: todos tienen una.  Pues los científicos, como todos los demás, también tenemos “nalgas”

“Yo creo que la mejor definición de un buen seguidor mío [en twitter] es la de alguien que admite que los científicos también tenemos opinión” 
Septiembre 20 de 2013
http://bit.ly/trino-cientificos-opinion

Soy de esas personas que en twitter, a veces muy a menudo, “escribe antes de pensar”.  Este “defecto” me ha valido un par de vaciadas (algunas  veces, bien merecidas) especialmente cuando expreso fuertes opiniones sobre política, sociedad y religión.  Lo curioso es que de manera sistemática, quienes me han criticado fuertemente por mis opiniones (incluso por aquellas que no son necesariamente producto del calor del momento), comienzan siempre diciendo (palabras más, palabras menos) “yo que lo creía a usted un gran científico”.  Podría, incluso, apostar que una buena fracción de los que reprochan esas mismas opiniones, pero que no manifiestan explícitamente su sentir, piensan en lo mismo mientras presionan el botón de “unfollow”.

Mi respuesta para todos aquellos que ven con recelo que manifieste publicamente mis posiciones sobre la sociedad o la religión es siempre la misma: los científicos también tenemos una opinión y a veces es tan o mas fuerte que la que expresan profesionales de otras áreas.  El hecho de que los hombres de ciencia raramente expresemos en público nuestras opiniones sobre la vida cotidiana, la política o la religión (¡no todos ciertamente!) o que nos restrinjamos a veces solo a temas científicos, incluso dentro de nuestra especialidad particular, no significa que seamos, en temas de opinión, muy diferentes a médicos, periodistas, artistas o abogados para quienes pareciera existir una licencia implícita que les permite manifestar abiertamente sus inclinaciones y preferencias sin que su ocupación sea por ello un inconveniente.

Sorprenderse por el hecho de que un hombre de ciencia exponga una opinión sobre un tema ajeno a su especialidad, refleja, para mí, un prejuicio según el cuál los científicos deberíamos ser ciudadanos apolíticos, irreligiosos o asociales y que por tanto deberíamos mantener la boca cerrada frente a temas supuestamente no científicos.  Esta actitud puede ser también el resultado de la falsa expectativa de que las opiniones de una persona con un alto nivel educativo o una formación científica, deberían mantenerse lejos de terrenos fangosos para la ciencia.  Cualquiera sea la razón, demeritar o criticar la opinión de un científico, solo por su profesión o formación, es casi tan malo como impedir que ponga su conocimiento al servicio de otras áreas de la ciencia en las que su especialidad puede ser de utilidad.

Personalmente no conozco al primer colega Astrónomo o Físico (que son mis áreas de actuación) que no me haya expresado, en privado durante un “coffee break” en un congreso o en un rato de esparcimiento al final de un día agotador, fuertes convicciones de todo tipo; opiniones diversas sobre lo que pasa en el mundo a su alrededor y a veces, incluso, soluciones ingeniosas a problemas de los que otros discuten públicamente.  Todo, otra vez, en privado.

En lugar de reprochar a los pocos científicos que opinamos, nuestras sociedades deberían reclamar que muchos otros lo hagan.  Que opinen sobre casi todo, desde las decisiones gubernamentales hasta las políticas económicas o sociales.  Es más, en las pocas ocasiones en las que se han escuchado públicamente las opiniones de los científicos, la gente ha prestado atención, en especial aquellos que toman las decisiones.

En la otra cara de la moneda esta el hecho de que la figura del científico, aún si es uno joven, despierta en la mayoría una reverencia especial.  Incluso en sociedades en las que su rol es casi mitológico (Colombia es un caso prototípico) tener un doctorado o haber hecho uno o dos posdocs en cualquier disciplina de las ciencias, lo hace a uno una especie de gurú capaz de dar respuestas a preguntas insondables.  Esa extraña posibilidad de obtener la atención de la gente, es justamente la que debería animar a muchos más científicos a hablar de lo sagrado y lo terreno.  No muchos “opinadores” pueden darse el lujo de recibir tanta atención.

Es obvio, sin embargo, que ser científico tampoco hace de tus opiniones verdades absolutas.  Como todo buen hombre de ciencia sabe, para que una idea prospere y se convierta tal vez en parte de la solución a un problema, debe pasar un riguroso e implacable proceso de revisión y crítica por pares.  Las opiniones no son la excepción (aunque los mecanismos para que una opinión sea revisada antes de ver la luz son muy diferentes).  De otro lado es importante reconocer el hecho, también obvio, de que los científicos somos seres humanos sujetos a errores, prejuicios y vicios que pueden afectar la validez de nuestras posiciones.  Una cosa es la ciencia y otra el científico.  No hay que creer tampoco que por ser hombres de ciencia nos hace un dechado de virtudes morales.  Pero hay cosas interesantes que distinguen a científicos de otros profesionales, al menos en lo que respecta al uso de la razón e incluso de la intuición, y que hacen que sus opiniones tengan un valor diferente y muy significativo para la sociedad.

Parafraseando a Einstein (si es que él alguna vez pronuncio la mitad de los aforismos de los que lo acusan), estudiar ciencias no es llenarse la cabeza con conocimientos sino aprender a usar esa misma cabeza para pensar bien.  Son pocos los colegas que conozco que no sean capaces de razonar limpiamente frente a problemas de una complejidad increíble.  La mayoría de los científicos son analíticos, altamente escépticos (inclusos con sus propias ideas), respetuosos de la realidad y muy observadores.  ¿Por qué no usar como sociedad esas mismas habilidades, no para resolver los problemas de ciencia en los que ya están embarcados, sino también para buscar la solución a problemas sociales, educativos o económicos?

¿Qué tendrán los Físicos, por ejemplo, para opinar sobre la legalización de las drogas? ¿Qué dicen los astrónomos sobre el problema del desequilibrio ambiental producto de la industrialización progresiva de las sociedades humanas? Los biólogos ¿qué podrían decir sobre el proceso de paz en Colombia? ¿Podrán los químicos expresarnos sus opiniones sobre la guerra de poderes públicos en el país? o bien ¿tendrán los matemáticos algo para decir sobre la pobre infraestructura vial de Colombia?

Para opinar sobre cualquiera de los temas anteriores no se necesita un doctorado en ciencias naturales (y tampoco, creo yo, uno en sociología, medicina, economía o derecho)  Lo único que requiere el arte de opinar es estar debidamente informado (sí, los científicos también leemos la prensa, hablamos con otros profesionales y vemos los noticieros) y contar con una mente que funcione muy bien.  Respecto a este último punto no hay que olvidar que los científicos son probablemente los profesionales que han pasado más tiempo que nadie en “gimnasios cerebrales”.

De modo que yo recomendaría a los científicos que opinaran más y que lo hicieran abiertamente y sin esconder su condición de profesionales de las ciencias (y ojalá a la vista de los tomadores de decisiones).  A todos los demás ciudadanos, incluyendo los mismos científicos, les recomendaría que la próxima vez que escucharan a un científico opinar, prestaran mucha atención.  No tenemos que estar todos de acuerdo con lo que dicen.  Su opinión, como la de muchos otros profesionales, puede ser también producto de inclinaciones irracionales o prejuicios subjetivos.  Pero no deberíamos subestimar experiencias de una o dos décadas resolviendo problemas y defendiendo sus ideas ante otros pares.

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